Montevideo. Parque Rodó, autocine y elogio de la lentitud

Nicolás Artusi
Nicolás Artusi PARA LA NACION
En Montevideo, la nostalgia no parece un gesto de evocación.
En Montevideo, la nostalgia no parece un gesto de evocación. Fuente: Archivo
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22 de octubre de 2019  

Merece un lugar como este una ciudad así. Está en medio del parque Rodó: "Como el Palermo de ustedes", me dice un uruguayo y sé que la comparación tiene una vocación didáctica, pero que también tuerce la idea de ciudades gemelas, una con el Palacio Salvo y otra con el Barolo, que se duplican en espejo a cada lado del río. Pero eso no es cierto. Montevideo no tiene infinidad de cosas que sí tiene Buenos Aires y Buenos Aires no tiene playa ni un parque como el Rodó, no por su parecido con nuestro bosquecito de Palermo, sino por sus atracciones principales: una feria de diversiones que en invierno está con los juegos desarmados, un "cine 12D" que anima a preguntar cuáles serán las 12 dimensiones desconocidas que echan a rodar con cada película, y un prodigio gastronómico: el autocine de pizzas.

Fuente: Brando - Crédito: Ilustración de Nicolás Bolasini

Algunos turistas tardan en advertir que el restaurante Rodelú debe su nombre a las iniciales del país: República Oriental del Uruguay (¿hay un trauma de lateralidad en el bautismo? ¿El paisito se llama así porque está al costado del río?). Fundado en octubre de 1916 como pizzería ancla del Parque Urbano, un hermoso solar de 42 hectáreas que después rindió tributo al maestro José Enrique Rodó (creador del arielismo, "corriente ideológica basada en un aprecio de la tradición grecolatina", dice la enciclopedia), el Rodelú derrocha uruguayismo: ajeno a las urgencias de la comida rápida, desborda de pizzas, frankfurters y chivitos canadienses que otorgan nuevos ingredientes a la slow food. Porque uno llega en auto, apaga el motor y espera: al rato, el mozo trae una bandeja, los cubiertos, la bebida y la comida, y la única destreza que se exige al conductor es evitar el lamparón. El autocine de pizzas es nostálgico como el autocine fílmico, un híbrido de la época en que el coche se anunciaba como medio y fin: todos querían uno. Y lo querían tanto que en la intimidad de su cabina tapizada se miraban películas, se comía o se amaba.

Recuerdos de Montevideo: pico máximo de la ingeniería alimentaria, el requesón uruguayo es un souvenir que hay que traer, aunque se corte la cadena de frío.

Soy de los que piensan que los argentinos queremos a los uruguayos más de lo que ellos a nosotros. Hay cariño fraternal, sí, pero también paternalismo cada vez que decimos que Montevideo es como Buenos Aires hace 40 años. Es mucho más que eso. En Montevideo, la nostalgia no parece un gesto de evocación, como el de esos bares de Palermo falsamente añejados. Desde la mesa que está junto a la ventana del Café Brasilero, o a través del parabrisas mientras espera la pizza, el porteño en Montevideo añora y envidia: como en un autocine existencial, mira la película de la vida en esta ciudad y descubre dimensiones que ni siquiera imaginaba.

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