
Moria no se entrega
Está otra vez en la revista, y dice que se ve en actividad hasta pasados los 80 años. Para ella, lo más importante es Moria Casán, y la mayor tarea, preservar ciertas regiones de su propia persona a las que nadie -ni su hija, dice- tiene acceso
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L lueve. Un zapato salta los charcos. El hombre que va dentro del zapato siente que las medias se le humedecen y se detiene un momento frente a las marquesinas lustrosas del teatro, bajo el reparo del alero. Levanta la vista y mira los carteles gigantes desde los que una mujer opulenta con un vestido ceñido ("Como la piel de un dálmata", piensa) se abraza a dos hombres sonrientes. El hombre reconoce el paisaje. Ha estado dentro de ese teatro hace un par de horas, apenas antes de cenar, antes de correr mojándose para ir a buscar el auto. Distraído, saca un papel del bolsillo. Es el programa. Lo abolla, lo tira al piso, toma coraje y corre otra cuadra bajo la lluvia. En el papel que el hombre ha tirado, la cara y el cuerpo de la mujer vestida de dálmata se contorsionan en el agua. Una cuadra más allá el hombre pone la llave en el arranque. Sonríe un instante al recordar algo. "Mejor me apuro", piensa después, y pone primera y va a buscar a su mujer, que espera en el restaurante para no mojarse.
-Mirá. ¿Vos viste alguna vez un par de zapatos más maricones que éstos?
Moria Casán es bonita por las mañanas. Tiene una belleza desprevenida, tomada por asalto. Baja descalza las escaleras de la casa sin aires de vedette y habla susurrando para no despertar a su hija, Sofía Gala, que todavía duerme. El zapato maricón está en el piso, es italiano, de toalla, celeste, con florcitas. Pero ya hemos dicho que esta mañana está descalza, intentando explicar por qué la gente llena el teatro noche tras noche ahora que ella ha decidido volver a la revista.
-La gente te va a ver porque te quiere, porque tenés convocatoria, pero también te olvida todo el tiempo. Cuando salen del teatro tiran el programa con mi foto a un tacho de basura, lo pisotean, charlan un ratito más de mí mientras comen, y después se duermen, y se olvidan y al otro día ya no se acuerdan de Moria Casán. La gente te olvida todo el tiempo. Entonces por qué Moria Casán no se va a olvidar del público al otro día.
Lleva la cara limpia de todo maquillaje. Tiene las uñas pintadas de un color difícil: naranja flúo. La del meñique es de oro, con un diamante engarzado.
-Lo más difícil de esta profesión ha sido no creérmela. Porque es muy fácil creerte la luz, el escenario, los aplausos.
Ella, que pasó once años sin hacer teatro de revista, ha vuelto al ruedo y después de todo ese tiempo nadie parece haberla olvidado. Nadie olvida fácilmente a un metro setenta y cinco de mujer, caderas como mares, pechos de italiana voluptuosa. Nadie olvida a la muchacha que hizo su carrera junto a todos los capocómicos de este país, que filmó cantidad de películas con Olmedo y Porcel con los títulos de, por ejemplo, Expertos en pinchazos y Así no hay cama que aguante , que tuvo un ramillete de programas de televisión con su nombre engarzado en el título ( El club privado de Moria, Monumental Moria, Las tretas de Moria, Moria marca registrada, Morias noches, A la cama con Moria, Moria Banana, Amor y Moria ), que abrió un boliche gay en Mar del Plata (Gaysoline), que se atrevió a poner una playa nudista (Playa Franka) camino de Santa Clara del Mar, que se alzó con premios importantes cuando actuó en Brujas y que intentó sin éxito hacer un programa con secretarias en topless por la tele.
Ahora ha vuelto a su primer amor: la revista. El espectáculo se llama La dama y los vagabundos , y fue el más taquillero de la temporada pasada en Mar del Plata. Se estrenó el 16 de diciembre de 1997 junto a Nito Artaza y Miguel Angel Cherutti, hizo dos funciones por día de lunes a lunes, y terminó el 15 de marzo, pero desde abril volvió a montar el tinglado en Buenos Aires.
-Creo que la revista se terminó por el bastardeo de la mujer, porque los cómicos usaban a la mujer para rematar chistes. Yo nunca permití que un cómico me usara para rematar un chiste, y eso figuraba en mis contratos. Con Porcel y Olmedo, los sketches los terminaba yo o no había trato. Ahora la gente va a ver una trayectoria, la mirada no va tanto al cuerpo como antes. Pero cuando iba al cuerpo no me molestaba, porque yo lo elegí como desafío. Aunque me miraran como un objeto yo tenía muy claro que era un sujeto. Nunca me creí esa cosa de símbolo sexual.
Sobre el escenario cumple una metamorfosis extraña: es vedette y capocómico al mismo tiempo. Bromea con su propio cuerpo, disfruta de ese mundo de escaleras que no llevan a ningún lado, riéndose un poquito de sí misma, sabiendo que todavía la espontaneidad sigue siendo el valor-Moria que más cotiza en la Bolsa. Entonces se planta ante el público, se toca la panza y dice: "¿Vieron que hay mujeres que tienen huesos en la panza? Yo no entiendo cómo alguien puede tener huesos acá. ¿Qué es esta moda percha del fémur fashion?"
-Nunca fui flaca ni quise ser flaca, siempre tuve talle 42. Tengo un cuerpo barroco. Ahora por suerte los diseñadores están volviendo a eso y del talle 40 para arriba empieza a no ser una mala palabra. La mayoría de los seres humanos tiene de 42 para arriba, no 36 o 38. Hay una época para tener 36, pero yo nunca lo tuve y siempre estuve feliz con mis formas y mi pancita y mi rollito, y me parece sexy. Lo que me parece peligroso es la tiranía, que te obliguen a un talle 36. Yo no entiendo cómo la gente va a la playa y no se saca el pareo porque le da vergüenza lo que puede pensar el compañero de carpa de su cuerpo. ¡Les importa lo que pueda pensar alguien que no conocen!
En La dama y los vagabundos , Moria se ríe de sus propias abundancias. Sabe que allí, en la platea, hay cantidad de señores que jadean por sus piernas en crudo, su cadera expandida, sus pechos robustos.
-A mí el paso del tiempo no me preocupa. Si tengo canas, me las cubro. Me hago masajes diarios, jacuzzi, pero el cuerpo en algún momento se cae. Si se cae, se lo acomoda con gimnasia, o con un cuchillito mínimo, pero que sean cosas para estar bien. No me preocupa, porque a medida que pasa el tiempo me voy viendo mejor. Cuando tenga 85 me imagino igual que ahora, con las uñas pintadas, coqueta, con mi teta balcón, más creativa, porque supongo que la edad me va a dar mayor alegría y sabiduría. Yo creo que soy atemporal. Me veo arriba de un escenario. Y rodeada de mariquitas.
Una servilleta de papel asoma el cogotito pálido entre sus manos contundentes. Ella, Ana María Casanova, hija de don Juan Casanova y de doña Rosa de Casanova, chica independiente desde los 13 años, alguna vez estudiante de Derecho, ahora compra sus casas, viaja, se muda, cría a una hija y gasta plata en ropa y zapatos gracias al talento para resumir en la misma persona a una chica independiente, una actriz, una conductora de TV y una vedette histórica que insiste en asegurar que lo suyo no es sólo el cuerpo.
-Mirá, hasta cuando tenía 20 años y era despampanante, la gente compraba el cuerpo, pero yo conseguía venderles un poco de mi cabeza. Entonces los reportajes empezaron a titularse Etica y estética de Moria Casán . ¡Como si yo fuera filósofa! Juega como un gato inteligente con la mezcla: chica que se gana la vida con el cuerpo y mujer que se declara inteligente y feminista. Tiene un cuerpo de crucero que mueve como si fuera mimbre. Todo empezó por ahí.
-Siempre tuve cara de yo no fui y cuerpo de yo fui, cara angelical y cuerpo muy minón. Siempre supe que elegía una cosa donde la mirada va al cuerpo y yo no podía tener la pretensión de que se interesaran por si yo leía a Borges o no. Pero esta cosa de que a la revista la gente va a ver un pedazo de carne me divierte. Me gusta esta exposición de carnicería desmesurada, como si fuera ganado.
Es hija de un militar de carrera. Todavía recuerda cuando era chica y le pedía a papá Casanova que la llevara al regimiento para ver cómo los soldados hacían la venia y bailaba en el casino de oficiales. Pero ella asegura que don Juan Casanova era también un melómano que tocaba el saxo, amaba la música clásica, tenía abono en el Colón y acostumbraba a la hija a escuchar discos a la hora de la siesta. El le enseñó teoría y solfeo y la hizo recibir en la más tierna infancia de profesora de piano.
-Mi papá ejercía la bohemia y la autoridad al mismo tiempo. Pero yo no tuve una educación rígida. A mí siempre me gustó bailar delante de los espejos. Ponía música clásica y bailaba. Era una pesada... Cuando mi padre estaba haciendo construir parte de mi casa, había albañiles, y mientras ellos almorzaban yo ponía un disco y les bailaba. Tenía 9, 10 añitos y quería que todos me miraran.
A los 13 años decidió que la independencia económica era un anillo que le caía bien. Vio un par de zapatos apetecibles y por comprárselos empezó a trabajar. Le pidió a don Juan que en vez de seguir usando el garaje para guardar el auto, le instalara una barra de ejercicios y un espejo para dar clases de danza. Desde entonces no le pide dinero a nadie.
-Siempre digo que tengo mi parte travestida, que soy Rocky Casanova porque siempre fui al frente, a pelearla. Siempre fui una mujer-hombre. Yo no me siento identificada con esa frase nosotras las mujeres. No me siento como las demás. No podría encontarme jamás con mujeres para tomar el té y jugar a las cartas y hablar mal de hombres. Las mujeres son tan quejosas... Y yo odio la queja. Mientras esas mujeres juegan a las cartas yo salgo con el hombre, a ver cómo es.
A las ocho de la mañana del día de 1971 en que debutó en la revista, la chica Casanova era una simple estudiante de abogacía, pero a las nueve menos cuarto de la noche de ese mismo martes estaba revoleando tacos, plumas y biquini sobre el escenario del teatro Nacional, sin haberlo pensado siquiera diez minutos.
-Había ido a ver un domingo una función en el Nacional. Era la primera vez que iba a un teatro de revista. La persona con la que iba era amiga de Carlos A. Petit. Me lo presentó y el señor Petit dijo: "Qué mujer espléndida. ¿No le gustaría trabajar en el teatro? La espero el martes, a las 19". El martes fui a la Facultad temprano, y me puse a pensar: ¿qué hago? ¿voy o no voy? Al final me decidí, pero llegué tarde. Me estaban esperando. Lo primero que me dijo Petit fue: "Empieza mal, señorita, llega tarde, vaya a ponerse una malla de baile". Una de las chicas me presta una malla de baile, me marcan unos pasos y los hago. Le avisan a Petit que me queda todo bárbaro y Petit dice: "Bueno, debuta a las nueve menos cuarto". Eran las ocho y veinte. No tenía maquillaje, nada, la chica que me prestó la malla me prestó Pancake Max Factor 29 y unas pestañas de cartón. Yo fui a comprar una maquinita de depilar, porque no estaba depilada. No me dio nada de pudor el debut. Me dio ardor. Tenía que hacer dos funciones, y llegué a mi casa con pestañas de cartón, un taco de 10 centímetros y explicándoles a mis viejos que de la Facultad había ido al Nacional.
En dos años, y ni siquiera trabajando tiempo completo, llegó a ser primera vedette. Debutó como primera figura en el Astros, en un momento en que la competencia era rabiosa.
-Yo fui bailarina de la Lobato. Ella me decía que yo tenía mucho ángel y que todos le preguntaban: "¿Quién es esa morocha?" La Loba incorporó el virtuosismo a la revista. En esa época, la competencia era con gente con méritos. Yo siempre digo que nunca tuve lista del supermercado. Siempre tuve lista de metas, pero nunca creí haber llegado a ningún lado, porque haber llegado es tirar la toalla. Ahora siento que estoy en plenitud. Pero no que haya llegado a algún lado.
Su vida está tejida con una trama de pasos raros. Se casó por civil a los 20 vestida de negro de pies a cabeza. Su marido, sin que ella supiera, había convenido el casamiento por Iglesia y allá fueron, novio ilusionado, novia pensando que iba a la recepción poscivil, y terminó en una iglesia desierta, vestida de negro, con minifalda y botas largas. Casándose.
-Mirá qué curioso el karma, casarte de negro. En realidad yo odio el blanco, me parece una heladera. No me parece un lindo color como símbolo para casarte, o festejar tus quince años.
Tiene un lugar en el olimpo dudoso de los símbolos nacionales, y cada vez que habla de su padre, los ojos se le desdibujan de ternura. La única vez que este soldado del escenario faltó al teatro fue por causa de padre.
-El día que falleció, y el día que lo enterré. Después, nunca más.
Antes de volver a la revista hizo junto a cuatro actrices y durante siete años el megaéxito de Brujas . Ahora, durante un monólogo de La dama y los vagabundos , confiesa que en Brujas la contrataron para ser la frutillita de la obra. Acto seguido se burla, cruel: "Y este adornito rodeado de actrices prestigiosas se comió la obrita y me dieron todos los premios: ACE, Martín Fierro, todos, todos. ¿Por qué? Porque decía: Diez minutos de mi culo valen mil dólares . Me dieron los premios porque lo dije en una comedia. Si lo decía en una revista era chabacana". La sala estalla.
-En Brujas había cosas mucho más duras que la frase que yo digo ahora, que soy la frutillita de la torta que se comió la obrita. Es una frase irónica una vez que una cosa terminó y fue un éxito. Jamás lo hubiera dicho mientras lo hacíamos. Se comentaba que las cosas no andaban bien, pero eso siempre se preservó. Ahora no hay que preservar nada. De parte de alguna de mis compañeras había muchas miradas cargadas de descalificación, de intención, de soberbia y de envidia que yo me banqué durante siete años. Me iba muchas veces con dolor de estómago y contracturada. No sabés las veces que no me han dado bocadillo en plena función para que yo rematara y me he tenido que inventar la letra. Decidí dejar Brujas porque le di todo, me dio todo y no nos debemos nada, ni siquiera un recuerdo. No tengo recuerdos de mi vida. El pasado no es ni pisado. Cuando me mudé a Parque Leloir había una habitación llena de cajas con recortes míos, viejos. Viene el casero y me dice: "¿Qué hago con esto, señora?" Estaba todo húmedo, todo color sepia. Le digo: "Lo quema todo". Agarré la primera tapa de Radiolandia, de Siete Días y Gente, y algunas cosas de cuando nació mi hija. Mi vida no es lo que fui cuando hacía Radiolandia. Mi vida es ahora.
Ahora alterna sus dos pasiones, la tele y el teatro. De lunes a viernes por la tarde conduce Amor y Moria por América, y a la noche se trepa disfrazada de faraona, de Rita Turdero, de Moria más que nunca, a las escaleras de mentira y los brillos fatuos de la revista.
-Te diría que esto es lo más importante que me pasó en mi carrera. Yo no pontifico, los escucho. Odio a toda esa gente que tiene un espacio televisivo y se entrona en una cosa de control, de pontificación. Se ponen en maestros ciruelas y en dueños de la vida y moral ajena. Este año voy a hacer un refugio para mujeres golpeadas, que será la Fundación Amor y Moria. A mí lo único que me queda claro con este programa es una pregunta: cómo estas mujeres eligieron la cosa oscura, sórdida, el no quererse. Porque a mí me pasó todo lo que les pasó y nunca pensé que lo que me había pasado era para quebrarme la vida. Tuve un marido golpeador, pero la primera piña me la dio, la segunda se la devolví y a la tercera me separé. Lo único que no me pasó es que me haya violado mi papá, pero tuve abuso de un familiar, me pasó de todo. Lo que pasa es que yo desdramaticé todo eso. Yo nunca he sido una mujer fatua, pero si tenía algún tipo de vanidad o fatuidad, desde que hago este programa no me puedo permitir ni un costado frívolo. Yo le diría a una mujer que si tiene ganas de hacer algo, que no lo deje de hacer por los demás, porque los demás siempre te van a defraudar.
Su mejor arte es el de no disimular. Cuenta con la alianza de las mujeres, que no sienten frente a ella la rabia de la competencia.
-Yo no tengo la pretensión de tener seguidoras, pero si mi forma de vida -que tiene que ver con la libertad, con la no sumisión y en contra del mandato machista- tiene seguidoras, me encantaría. Hay muchas mujeres que me tienen una gran simpatía. Nunca me vieron competitiva.
Los datos que terminan de conformar su personalidad compleja aseguran que Moria tiene muy pocos amigos, casi todos varones, que nunca fue a un analista y que lleva leídas varias bibliotecas.
-Nunca hice análisis, aunque a veces tengo una manera de hablar un poco psicoanalítica. Pero sí he leído mucho psicoanálisis, mucha filosofía, y el resto ha sido conocerme mucho sin boicotearme. Asignaturas pendientes en lo personal no tengo, y en lo artístico me gustaría hacer una película al estilo del neorrealismo italiano, un estilo Sofía Loren en su primera época, cuando hacía películas con Vittorio De Sica.
-Pero se dice que tu próximo proyecto es una película que se llamaría Tetanic , y eso no tiene mucho que ver con el neorrealismo italiano.
Moria se ríe y se encoge de hombros. Deja la tacita de té inocentona sobre la mesa.
-Totalmente, totalmente. Pero a mí me divierte hacer eso.
La divierte. Esa es la explicación para que alguien que lee a Borges y a Cortázar, dice amar a los estoicos griegos y es capaz de hablar sobre el cine de Woody Allen con soltura filme una película con semejante nombre. Ahora sí las cosas se complican. Moria ha sorteado el prejuicio de la vedette sin un dedo de cerebro, y ahora es un animalito de ninguna parte. Demasiado inteligente para ser una más entre las vedettes, demasiado vedette para ser una más entre los inteligentes. Después de todo, en un mundo de camarines rápidos, ¿con quién puede comentar esos descubrimientos literarios que hizo últimamente? -Con pocos. Con algún amigo, con mi pareja. No. Sí. La verdad que no sé. Yo trato de pasar un tiempo sola y... Ahora, la verdad es que leo menos. Entre la tele y el teatro llego muerta a la noche, y cuando voy a la cama tengo que hacer otras cosas más interesantes que leer.
Bueno, es ella, qué esperaban. Sobre una mesita del living se apilan los libros. Entre ellos, Los conjurados , de Borges, y El mundo de Sofie , de Jostein Gaardner. Luis Vadalá, su pareja, se asoma a la ventana y le pregunta: "Perdón, ¿usted no es la señora Moria?" "Sí, papito", dice la señora Moria. La hija de la señora Moria, la señorita Sofía Gala, también le dice papi a Vadalá. Vadalá es un hombre amable, altísimo, discreto.
-Sí, es muy bueno -dice Moria-. Y él me ama y me entiende. No dice la loca, porque le prohíbo la descalificación, pero dice: "Loca la madre, loca la abuela, loca la hija". Pero bueno, ésa es una cosa que siempre nos dicen los hombres y él me lo dice en broma.
Sofía Gala es hija de Moria Casán y de Mario Castiglione. La nena tiene 11 años y un carácter, la piel muy blanca y una altura considerable para su incipiente adolescencia. Durante la sesión de fotos con Moria, la nenita ha hecho un comentario gracioso: "Suerte, ma, ojalá te salgan todas veladas". Moria se ríe. Se ríe sin tapujos, sincera, de diente a diente, y dice: "Qué guachita".
-Ese es un plato fuerte. La educación de Sofía. A Sofía la crío... En realidad se cría ella sola, porque yo no tengo paciencia para darle indicaciones. Tengo muchas carencias como mamá. Le doy mucho amor y soy muy permisiva, entonces la chica se cría de manera medio anárquica, hace lo que se le canta, y yo sé que no está bien pero, la verdad, no tengo ganas de ponerle límites. No sé qué es ponerle límites a alguien. En realidad, el que le pone límites es Luis. Ella lo ama. Lo ama y él la tiene todo el día no, no, no, no. Yo no sé hacer eso. El único límite que tiene la chica es que sabe que cuando me hincha mucho se tiene que callar. Pero yo sé que va a ser una adolescente feliz.
El embarazo cambió un par de cosas en su vida.
-Yo soy de las que creen que una mujer puede estar realizada sin tener un hijo y yo me sentía plena y realizada sin un hijo. Con el nacimiento de Sofía dejé de ser racional y empecé a ser una persona que se movía solamente por emociones. Con el nacimiento de la chica la razón se borró. Hice crisis de edad, de carrera, de vida, de todo. Yo había sido independiente y ésta es la dependencia de por vida. Es una persona que te sacan de adentro. Yo no lo puedo creer. No existe nada más raro en el mundo. Cuando sentís que te sacan piernas y brazos decís: "¿Qué es esto, un alien?" Cuando el doctor me mostró y me dijo "Acá está su bebé" hice ahhhhhhhh y me desmayé. Eso que me hice cesárea con día programado, 24 de enero, porque caía sábado y tenía tiempo de ir a la peluquería el viernes. Sufrir parto natural, ni un minuto. Yo pedí quedarme sola en la habitación y ahí lloré dos horas porque mientras tenía la panza fue la única vez que la gente me decía: "Cuidado con la escalera". Me daban la mano, porque si no a mí nadie me ayuda, se creen que soy la mujer maravilla, y cuando tenía la panza todos me cuidaban.
Cuidar no es un término que ella mencione mucho. Después de todo, por qué alguien sentiría deseos de cuidar a una mujer que dice que lo único que necesita en la vida es a sí misma.
-Lo más importante que tengo soy yo. Muy adentro mío tengo una cosa que me la guardo para mí y que es muy hermética, como si fuera un cajoncito de cosas mías que no se las quiero dar a nadie, ni a mi hija ni a mi pareja ni a nadie. Doy mucho, pero una parte mía me la reservo. Una sola vez en mi vida di muchísimo, pero cuando me di cuenta de lo que estaba pasando di el manotón y salvé lo último que me quedaba de mí, para que no me destrozaran.
La relación con los hombres es cosa rara. Nunca estuvo sola. No conoce la ausencia de hombre ni la imagina.
-Me gusta vivir con un hombre, pero hay una cosa que no la termino de entregar nunca. Yo en las parejas tuve una época de ser mamá, de ser hermana. Ahora no quiero ser mamá, ni terapeuta, ni hermana de nadie, y mucho menos mujer de. No quiero ser de nadie. Menos de un hombre. Yo en la pareja doy todo, y que aprenda cómo me gusta vivir viviendo conmigo. Si no, yo doy un corte que el otro casi nunca se lo espera. Yo me voy haciendo mi duelo sola, y cuando me rompiste mucho la paciencia digo: "Agarrás todo y te vas". Los tipos son jodidos. Te conocen, se enamoran de vos como sos y al mes te quieren cambiar. Y a mí no me van a cambiar, porque trabajé todo el tiempo para ser quien soy. Siempre he tenido una vida sexual activísima. Creo que vivo con un hombre por eso, entre otras cosas. Para tener sexo a mano. Totalmente.
Esta mañana los ojos claros de esta mujer hacen comentarios en voz baja. Extraño péndulo su vida, con uno de los extremos clavado para siempre en el humor chabacano, en los personajes gritones, en las películas de poca ropa y escaso vuelo imaginativo. El otro, asegura, está clavado en un sitio más profundo. En el mismo lugar, a lo mejor, en el que se guarda su tesoro. Su recuerdo. Su bálsamo. El mejor lugar del mundo, que todavía está entre los brazos de su padre. -Yo sé cuál es mi momento feliz. La primera vez que vine a Mar del Plata y conocí el mar tendría 5 añitos y me metí en el mar con mi viejo, que medía como uno noventa y cinco, y me abrazó y una ola nos cubrió...
Finalmente sí existe el pasado. La alcanza, la cubre, la aplasta y la protege. Llora lejos de las escaleras de la revista, lejos de todo brillo. La servilletita oficia de pañuelo, de pedacito blanco de consuelo.
-...y nunca más me olvidé y cada vez que lo cuento lloro, porque es como que lo vivo todavía, es como que me sentía dueña del mar, me dio una cosa de protección tan fuerte. Maravilloso. Es un bálsamo, divino. Y lo otro que me acuerdo es el olor del tuco que hacía mi abuela. El olor a albahaca con laurel, tomillo, tomate. Yo me levantaba para ir a misa de 11 y mi abuela hacía el tuco y cuando bajaba yo metía el pan en la olla. Esos son los dos recuerdos felices que tengo de mi infancia. Uno de tacto y otro de aroma.
Pero claro. Es Moria. Mientras la mañana se alza allá afuera y se hace mediodía, vuelve a vestirse de sí misma y remata.
-Mis cinco sentidos los tengo como si hubiera perdido uno. ¿Viste que dicen que si perdés un sentido se te potencia otro? Yo tengo todos tan potenciados, que parece que hubiera perdido alguno. Debo haber perdido el sentido común.
Y se ríe. Se ríe tanto que debe ser verdad.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Daniel Caldirola






