
Nazareno Casero: sólo se trata de crecer
El hijo del Gordo Casero cumplió 18 años. Lanzado decididamente a la actuación, demuestra que es un digno heredero del talento de su progenitor. "Mi viejo es un tipo indescifrable, pero es un padre piola", dice
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Las cámaras le son familiares desde su más tierna infancia: con sólo siete años ya hacía desopilantes intervenciones en el aún más desopilante Chachachá, aquel programa televisivo que lanzó al estrellato a Alfredo Casero, su padre. Poco tiempo después vendría Buenos Aires viceversa, la película de Alejandro Agresti. Así, Nazareno fue creciendo entre tablas, sets de cine y estudios de TV. También entre calles de barrio, salidas con amigos e inolvidables viajes a Tokio, París y Madrid.
Hoy, a los 18, se nota que todas esas experiencias comenzaron a decantar. Como a tantos otros chicos de su edad, las palabras "autonomía" y "futuro" le empiezan a sonar distinto. A diferencia de la gran mayoría, le tocaron un apellido famoso y una infancia estimulada –estimuladísima– por el arte, unos cuantos adultos poco convencionales, desparpajo y mucho underground porteño.
Actuar, claro, le gusta. Mucho. "No sé si es vocación o es que lo absorbí desde chiquito. La actuación es lo que más conozco, en lo que más energías puse. No tengo idea de si alguna vez haré otra cosa. Después de todo, siempre lo acompañé a mi viejo", asegura Nazareno, con una entonación que, decididamente, recuerda a la de Casero grande.
–Sé sincero, ¿cuál es el karma de ser el hijo de tu padre?
–Y, es un tipo raro. Indescifrable. Creo que eso se ve a simple vista. Uno no sabe por dónde puede explotar, qué te puede llegar a decir, qué puede llegar a molestarle. Jamás fue de ponerse de muy malhumor, de gritar o pegarme. Nunca. En realidad, no creo que haya mucho karma que pagar con él. Estoy contento, me tocó un padre piola.
–Así que te portaste bien en las vidas anteriores.
–Eh… pago por otro lado.
–¿Por dónde?
–Ah, no, ésas son cosas mías. Karma personal. Ni loco te cuento. Me lo guardo.
Acostumbrado como está a los juegos de palabras, Nazareno se divierte con la metáfora karmática. Pero no larga prenda.
–¿Tenés recuerdos de tus apariciones en Chachachá?
–Era una cosa así: fuera de cámaras, mi viejo me decía "vitrola envenenada" y alguna palabra más. Ahí nomás me largaban al estudio, y me empezaban a hacer preguntas. Yo sanateaba, mandaba fruta. Tenía siete, ocho años, y decía lo primero que se me pasaba por la cabeza. Hoy en día me ponés a improvisar así y lo haría sin gracia. El que me viera diría: "¿Qué hace este tipo ahí?"
–Era como un juego.
–Sí, una locura. Decía cualquier cosa y todos me seguían. Claro, yo estaba feliz, ¡era bárbaro!
–Hablando con vos se sospecha que te educaron de una manera mucho más tradicional de lo que se supondría.
–O quizá mi viejo me enseñó a mentir bien…
–O estás actuando bárbaro…
–¡No lo sabremos jamás! –se ríe, ladea un poco la cara, vuelve a ponerse un poco serio–. No, la verdad, los dos, mi viejo y mi vieja, fueron muy buenos padres. Aunque él empleaba algunos métodos poco ortodoxos. Te cuento un ejemplo. Yo tenía tres años; mi hermana, cuatro. Estábamos jugando con un ventilador que no tenía la carcasa de adelante. Riesgo total de que algún dedo nos quedara hecho un moño. Para horrorizarnos, y asegurarse de que jamás lo tocásemos, metió una zanahoria mientras el equipo estaba andando. Obvio, la despedazó. Moraleja: desde ese día supe que no eran conveniente meter los dedos en el ventilador.
Termina la frase con un tono didáctico, admonitorio, de severísimo director de escuela. Medio segundo después, suaviza el gesto y vuelve a ser un risueño chico de 18 años. Hoy Nazareno tiene un día de confesado bajo perfil. Así y todo, despliega pequeñas actuaciones a cada frase, con cada recuerdo. Se mantiene en equilibrio entre la euforia y la calma. Cuestión de términos medios. Como con la fama. O el trabajo.
–Pero este año, cuando Canal 9 te convocó para hacer Paraíso rock, el panorama cambió.
–Sí, cuando me llamaron me interesó. Mucho training, trabajar 12 horas, todos los días, ganar pantalla. Aunque también es bravo, ¿eh? Como ir a la escuela, doble turno, pero más duro.
–Y del rating, ¿qué pensás? ¿Es una tiranía?
–Yo siempre digo esto: a mí el fútbol me encanta. Me gusta verlo, pase lo que pase. El tema es que el resultado se mide por goles. Con el rating pasa lo mismo. Un programa puede ser muy bueno, pero si no hay rating, afuera. No sé cómo se mide, quiénes lo hacen. Tampoco creo que me interese mucho saberlo. Pero no hay dudas: es el que pone las reglas del juego.
–¿Cómo te llevás con la fama?
–De más chico me quería matar cuando salía con mi viejo y todo el mundo se acercaba a saludar. Durante mucho tiempo a mí no me reconocían. Ahora me empieza a pasar. Y me da un poco de vergüenza. No sé cómo actuar cuando vienen a hablarme o a pedirme un autógrafo. Es una situación extraña.
–¿Planes de acá a un año o dos?
–Trato de vivir bastante al día. Me ha pasado de planificar cosas que después no salieron. Eso no está nada bueno. Es una frustración.
–¿Qué cosas harías sí o sí, pese al miedo de frustrarte?
–Trato de sorprenderme siempre. Que todo me vuele un poco la peluca. Pero no sé si hay algo por lo que me jugaría sin dudarlo. Como gustarme… ¡una película de guerra!
–¿Dirigirla o actuarla?
–¡Actuarla! Pero no ser el héroe. Ser el personaje que sufre. Estar tirado en una trinchera, lleno de barro, llorando, con un tiro… ¡Me encanta!
Otra vez, Nazareno se transforma y recrea, sin escenografías ni reflectores, la escena de un desdichado soldado herido. Se ríe de su arranque de humor negro. Como también se ríe de su próxima mudanza. "Sí, me voy a vivir solo. Basta de decoración de otros. Ahora sí que voy a ir y decir "bueno, me gusta este florero acá. Allá, una butaca. Y acá… una cotorra. Listo". Al instante se pone serio y confiesa: "Irme a la nueva casa es irme a crecer. Tengo pensado cambiar muchas cosas en mí".
Del estallido de risa a la seriedad; del desenfado a algo parecido a la timidez. Del papá popular e histriónico a la mamá de bajo perfil y profundamente reacia a todo lo vinculado con la fama. ¿Contradicciones? "Para nada. Digamos que son cosas que te templan la personalidad. Soy entero. Uno de una vez."
Agradecimiento: calesita de la plaza Palermo Viejo.
Toda una vida
Digno hijo de un artista multifacético, a sus 18 años Nazareno Casero transitó los más diversos espacios. A mediados de los 90 realizó sus primeras apariciones en televisión. Fue de la mano de su padre, en Chachachá. Luego, actuó en el film Buenos Aires viceversa, de Alejandro Agresti.
Las pantallas televisivas lo volvieron a convocar en 2001. Apareció en Culpables y, un año después, en un episodio de Los simuladores. En cine, actuó en Todas las azafatas van al cielo, de Daniel Burman, y en la realización colectiva 18-J. También participó en Arizona Sur, de Daniel Pensa y Miguel Angel Rocca. Y trabajó en teatro con su padre, además de atender durante seis meses la barra del Chachachá Club (el bar que el Gordo Casero abrió en San Telmo). Este mes hasta se permitió modelar en un desfile de John Foos.
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