Nosotras y el primer rayo de sol: reflexiones insomnes de los 31 días como mamá

De lo que nunca pensé que iba a hacer a las historias que quiero escuchar una y otra vez
De lo que nunca pensé que iba a hacer a las historias que quiero escuchar una y otra vez Crédito: Paula Salischiker
Paula Salischiker
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18 de septiembre de 2018  • 17:43

Escribo en los ratos libres que me quedan, que son pocos. Sobre la cama, con una mano, mientras la otra sostiene la teta, con la compu apoyada en almohadones que ya no sé de donde salieron. Son muchos. La casa es un caos de ropa dividida en dos pilas: bebé y todo lo demás. Hay toallitas húmedas y alcohol en gel en varias presentaciones y tamaños al lado de llaves y listas de cosas para hacer; son pocas mis actividades estos días, pero estoy desmemoriada. Siento que si pierdo algo seguramente lo vaya a encontrar en una esquina: en el centro de las habitaciones están las cosas del bebé, que ocupa cien veces menos que todas sus pertenencias. En qué momento recibimos tantos aparatos, mecedoras, mantas, juguetes, ropa? No recuerdo haber comprado casi nada de todo esto. Lo de alrededor parece haberse achicado o expandido, pero es claro que nada quedó en su lugar. El corrimiento de los adultos de la casa es visual y también simbólico: padre y madre ocupamos hoy los márgenes. Desde ese lugar extendemos los brazos hacia el centro, nuestro centro: ella.

El bebé nace y su vida se cuenta en días. Ahora que estamos a punto de cumplir un mes de ese momento, me veo cruzando un umbral: dejar de medir el tiempo en semanas me demuestra que ella crece mientras yo trato de desenmarañar y entender nuestro recién estrenado vínculo. Desde el día en que descubrí que estaba embarazada desaparecieron los meses y ahora me tengo que despedir también de las semanas. A partir del sábado voy a tener una hija de un mes, para después ser madre de una hija de X cantidad de años. Sencillamente me parece algo increíble.

Quizás la palabra incredulidad sea la que mejor describe mi sensación en este último mes. Sigo sorprendida por haber podido completar el proceso embarazo/nacimiento y asombrada de haber tenido una persona dentro mío. Por nueve meses fui un cuerpo con otro cuerpo adentro: dos cerebros, dos corazones, cuatro manos y cuatro pies. Un alien hermoso.

Las tareas de cuidado de Lena no me dejan mucho tiempo para poder detenerme a reflexionar y pensar en lo recorrido: el hacer me mantiene en el hoy, pero mi personalidad melancólica necesita narrar(se) en voz baja y hacia adentro cómo fue todo. A veces, a la noche, repaso las horas previas al nacimiento: el dolor, los mensajes, el viaje en auto, las calles llenas de gente en un día como cualquier otro [para ellos]. Me conforta saber que esta historia tiene principio, nudo y desenlace. Le pido a mi novio y a mi mamá que me cuenten cómo estaba yo ese día y anoto cosas que que pasaron en el sanatorio de las que no tengo registro. Me gusta escuchar la historia contada por otros una y otra vez.

Las noches son muy largas y se convirtieron en el casi único momento en el que estamos solas. Nosotras y el ruidoso colectivo 168. Nosotras y los pajaritos de las 4:30am –muy distintos de los de las 6:00 am. Nosotras y el primer rayo de sol. Antes de parir tenía varias ideas sobre lo que no quería hacer durante esas noches, con el bebé en brazos. No cumplí casi ninguna de mis propias reglas. Me parecía horrible tener cerca un celular en momentos del vínculo con mi bebé. El teléfono resultó ser, junto con el amado Kindle, un aliado de los primeros tiempos. Repaso noticias, leo libros, miro fotos (de la bebé), escribo (sobre la bebé) y, de vez en cuando, hago búsquedas de cosas para comprar en internet (para la bebé). Una amiga me advirtió sobre la adicción al online shopping de las puérperas, y hoy puedo entender cómo comienza ese pasatiempo: la noche es larga, y comprar cosas inútiles no despierta a nadie.

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