
Objetos sexuales
Por Alejandro Di Lazzaro (*)
1 minuto de lectura'
Desde siempre, tuve la fantasía de repetir a los gritos la frase que las "deliciosas criaturas perfumadas" de Nueva York, y también de Hollywood, refregaban en la cara de sus ocasionales pretendientes: "No soy un objeto sexual". En los albores del tercer milenio, la ciencia me da la oportunidad.
El experimento de científicos japoneses -que recientemente lograron hacer nacer ratones sin la participación de genes masculinos- ha sumergido al género, mi género, en la mera tarea de saciar requerimientos de las mujeres. Si el avance de la ciencia continúa al ritmo a que nos tiene acostumbrados, los ratones se transmutarán en humanos y los hombres terminarán por no ser necesarios a la hora de tener hijos. La hipótesis desemboca, claramente, en que seremos meros objetos sexuales.
La cosa no estaría del todo mal si uno tuviera la facha de Brad Pitt o de Tom Cruise. Ahora, ¿qué hacemos los que sentimos que la naturaleza nos fue esquiva? Trataremos de embellecernos, como primera medida. Transitaremos, pues, por andurriales como los que caminó Silvio Soldán. O viajaremos al exterior para solicitar trasplantes de cara, que a esas alturas del milenio quizá sean tan corrientes como una operación de amigdalitis.
Si fracasa el plan A, el paso que seguirá a esa intención cosmética (nunca mejor aplicado el esnobismo) será redoblar el turno en el psicólogo. Y una vez solucionadas estas nimiedades, quedaremos ante la posibilidad de mostrarnos frente al mundo femenino como verdaderos objetos sexuales. Ojalá nos concedan el favor de convocarnos. Por las dudas, les dejo mi teléfono…
(*) Subeditor de la sección Política de LA NACION






