
Pájaros de mal agüero
El desastre de las inundaciones debería atraer la atención del poder no sólo por solidaridad, sino también por razones económicas
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Son dos, o al menos así lo creo, porque no puede ser que dos pájaros digan lo mismo, o casi, a distintas horas y de modos distintos.
El primero canta al amanecer, alrededor de las 5.30, justo cuando traen el diario, que no leo hasta dos horas después, dado que, para intuir su contenido, con la proclama ornitológica me basta y sobra.
El segundo se inspira en el momento mismo en que me entero de las noticias, como si, más intelectual, esperara ponerse al tanto de lo que pasa para zamparnos su sermón.
No conozco sus nombres. No sabría reconocerlos de entre los cientos de grandes pájaros bonaerenses que revolotean por aquí, coloridos, robustos, vigorosos y, como enseguida se verá, proféticos. Me ha llevado un tiempo entenderlos y, en vista del resultado, casi lamento haberlo conseguido.
Como sucede con el sonsonete del tren una vez que convertimos el ritmo en palabras, sus cantos se me han vuelto obsesión, tan enloquecedora que la única salida consiste en transmitirla a las visitas.
“Escuchá a ese pajarito –le pido alzando un dedo al desprevenido viandante que atina a atravesar la tranquera– y contame qué dice.” El visitante escucha, al principio sonriente, abriendo la boca como si escuchara con ella, pero de a poco se va poniendo serio.
“No sé cómo hacés para aguantarlo –termina por mascullar–. Yo ya lo habría bajado de un hondazo.” Y eso es todo. Que ha comprendido, se le nota en la cara. Sin embargo, por no sentirse ridículo traduciendo a un pajarito, es raro que lo exprese por medio del lenguaje.
Así pues, y a modo de aporte al conocimiento de nuestras pampas, opto por descodificar aquí y ahora los mensajes.
El que comienza a las 5.30, no sin continuar con su monserga a lo largo del día, repite hasta el cansancio: “Decía yo, decía yo, decía yo”. Y el no por más tardío menos reiterativo: “Te lo decía, te lo decía, te lo decía”.
Es tal la irritación de aquellos a quienes he cargado con la maldición del ritornelo (inútil olvidar su martilleo, a partir del instante en que se le prestan oídos), que nunca me dan tiempo para enriquecer el hallazgo con una última observación: los dos sermoneadores, ambos de canto poderoso, articulan tres o cuatro veces su alocución bien modulada, pero terminan chapoteando.
Sí, es un chapoteo sonoro, una suerte de pla pla pla que parece desmitificar lo declarado, restándole importancia y solemnidad.
Por si no fuera suficiente con recordarnos que ellos ya desde el vamos lo habían dicho todo, esta distancia autoirónica, prueba de superior sabiduría, convierte sus gorjeos en modelo de discurso político. Nuestros dirigentes cuentan con pocos motivos para machacar con que ya lo dijeron, pero tendrían muchos, en cambio, para burlarse de sí mismos. Lo peor es que la maldición del ritornelo no sólo está en su carácter obsesionante; también o sobre todo está en su tristeza. Antes de volver a las andadas recordándome que lo dicho, dicho estaba, mis dos profetas con alas han debido sobrevolar sin sorpresa inmensas tierras anegadas donde la gente chapotea de verdad, en agua y barro, y donde las vacas avanzan dejando estelas como si fueran ballenas.
Ellos ya lo sabían, por desgracia: han aprendido desde hace rato a atravesar el toldo de gas irrespirable y gris que tapa el cielo, y a abandonar la búsqueda de aquellos bosques desaparecidos donde quizás alguna vez cantaron otra cosa.
Sus insistentes cantos admiten otras acepciones, que acaso el segundo pájaro, el más intelectual, el de ya entrada la mañana, conozca por el diario: efecto invernadero, tala salvaje. El historiador Arnold Toynbee decía (cito de memoria): “El hombre sólo dejará de martirizar al planeta cuando comprenda que su interés económico está en preservarlo”.
“Te lo decía, te lo decía, pla pla pla.” Nadie escuchará por gusto, buen criterio o sentimientos solidarios a un pájaro de mal agüero, pero ya es hora de que, al menos, lo haga por salvar la plata.
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