
Palermo: el soho porteño
Enmarcado por dos plazas con vida propia, el corazón moderno de Palermo Viejo dejó atrás un pasado de talleres mecánicos para convertirse en el epicentro del diseño en la ciudad
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El corazón fashion de Palermo, que algunos llaman Soho y otros odian que se le diga así, no tuvo una fundación tan mítica como Palermo Viejo. Sin embargo, su crecimiento fue mucho más voraz que el de la mayoría de los barrios porteños.
Ahora es un brevaje que combina el olor a nafta de los talleres mecánicos con el perfume de las velas aromáticas, y un halo de pan tostado y maní crocante que exhalan los bares. Condimentos que gestaron una metamorfosis: en los últimos nueve años la cantidad de negocios creció el 64%, según datos de la Secretaría de Desarrollo Económico de la Ciudad, sobre la base del Censo Económico de 1994 y un relevamiento propio.
Los sábados por la mañana, Palermo Viejo sigue amaneciendo en chinelas. Poco les importa a las señoras que compran verduras en la feria las botas plateadas que se ofrecen a 500 pesos en las vidrieras, el planito de colores que guía a los novatos por sus pasajes, o las ferias de diseño que venden bombachitas de colores.
-Nadie quería vivir acá porque había un gasómetro que se iba levantando a medida que aumentaba la presión del gas -cuenta Carlos Niro, que vive desde hace 50 años en una casa tipo chorizo de Nicaragua, entre Malabia y Armenia-. Las casas eran muy baratas, ahora piden cualquier cosa. Todo el tiempo vienen a preguntar de las inmobiliarias, están desesperados, dice riendo con la mitad de la boca bajo una mata de bigotes oscuros.
Carlos hizo lo mismo que otros vecinos: convirtió el frente de su casa en un quiosco y ahora escucha jazz en su living mientras vende cigarrillos y gaseosas.
Como si cambiara de dueños, el mapa del barrio tiene varios públicos a lo largo del día. A la mañana, los vecinos tradicionales y los modernos cruzan comentarios domésticos mientras compran las medialunas y el diario; cerca del mediodía empiezan a llegar los jóvenes, los turistas, los diseñadores, los arquitectos, los pintores, los € chicos... y cuando cae la tarde las calles recuperan un aire más cotidiano, con luces bajas en los restaurantes, llaves en las puertas y autos que hacen el tour por la zona roja.
Sofía tiene un cuerpo de Barbie y la cara pintada con énfasis. Durante el día pasea a su perro collie por las mismas calles donde a la noche pasea sus piernas sobre 20 centímetros de tacos.
-Vivo con unas amigas acá a cinco cuadras -dice mientras mira los autos que pasan por Uriarte-. Al principio los vecinos si podían te escupían, pero ahora entienden que éste es nuestro trabajo, ¿viste?
Para Raquel también es un trabajo llegar todos los fines de semana desde José C. Paz con tres de sus 11 hijos: Jacqueline (de 5 años), Gastón (de 11) y Norma (de 7), para mendigar en bares que ofrecen comida mediterránea, marroquí y otros exotismos. Porque el barrio no sólo es fashion, también es caro y, a veces, generoso.
La moda polirrubro
En mayo de 1996, Carla y Diego compraron un viejo taller mecánico en diagonal a la plaza Cortázar. En la cuadra, el paisaje era de casas con ventanas escoltando puertas de madera, había un bar en la esquina, una zapatillería y un local de compostura de calzado.
-Palermo está bien ubicado y los precios no eran los de Santa Fe y Callao -dice Carla, que estudió diseño industrial, textil y Bellas Artes, se casó con Diego (su actual socio) y juntos crearon Calma Chicha, un distintivo del nuevo Palermo.
-La idea era diseñar cosas que fueron parte de la historia, y en un momento que la Argentina dejó de gustar de sí misma no se produjeron más. Como la jarra pingüino o la pelota Pulpo (esa marrón de goma con rayitas beige). La gente viene, agarra la pelota, la huele y dice: Mmm... el recreo -cuenta Carla, haciendo el gesto de acariciar la pelota cerca de la nariz.
La idea de resucitar iconos locales más tarde se contagió en otros negocios donde ahora se pueden conseguir desde vasitos plegables como los que se usaban en el colegio hasta un tiqui-taca.
A diferencia de otros barrios, que se especializan en resucitar antigüedades, Palermo impregna sus productos con un toque moderno y los muestra de una manera nueva, en polirrubros donde se puede vestir toda la familia, comprar cosas para la casa y tomar algo.
Una prueba de que hasta lo viejo parece fashion en Palermo es el restaurante, bar y club social Eros. Mientras los socios vitalicios miran carreras de caballos por televisión y clavan el tenedor en bifes mariposa, comensales con ropas multicolores se dejan seducir por el ritual del vino con soda y los ravioles servidos sobre una mesa de fórmica sin estridencias ni velitas.
Una Historia redonda
Cuando la democracia se desperezaba, la plaza Cortázar todavía no se conocía con su diminutivo de la placita y un bar pintado de gris y beige empezaba a cambiar el contorno de la esquina de Serrano y Honduras.
Pedro Aznar, Las Gambas al Ajillo, Charly García y los Redonditos de Ricota se dejaron hechizar por la atmósfera entre cultural y bohemia de aquellas noches y forjaron el mito de El Taller, un bar que más tarde se pintó de colores y provocó un efecto dominó de nuevos bares y cafés alrededor de la placita.
No era raro que Charly cayera sin aviso a tocar, o que los Redondos dieran una entrevista en el primer piso mientras abajo circulaban tostados y maní.
Para fin de año, El Taller era una fiesta. La gente bailaba en la plaza, había música en vivo, muñecos ardiendo y, alguna vez, también botellas volando. En una ocasión, hubo 5000 personas y algunos consideraron que era poco estética la reja que había hecho colocar Fernando de la Rúa alrededor de la plaza. Y la tiraron.
-Las fiestas empezaron por iniciativa nuestra, venían 100, 200 personas, pero en un momento no las pudimos controlar -recuerda Eugenio Ramírez, dueño de El Taller.
Para saber más
www.buenosaires.gov.ar
www.palermonline.com.ar





