Empezaron siendo cinco ardillas simpáticas que llegaron a nuestro país desde el sudeste asiático. Hoy son cientos de miles. Se hicieron plaga en Luján poniendo en jaque su sistema eléctrico y avanzan hacia el Delta del Paraná. Cuando la globalización animal es una amenaza.
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Por Gabriel Reches
Un mes antes de que empezara el verano, medio Luján se quedó sin luz. Muchos lugareños lo interpretaron como una premonición de los tradicionales cortes de energía que sufrimos los argentinos cuando llega el calor. Pero no, no fue a causa del verano. Fue un sabotaje a la red. La Cooperativa Eléctrica y de Servicios Públicos Lujanense explicó que el enemigo había atacado de nuevo. Esta vez, produjo un cortocircuito en el transformador de una estación eléctrica, a plena luz del día, burlando todos los controles. Y después no se adjudicó el hecho. Es más, no se enteró siquiera de su responsabilidad ni del daño que produjo. El enemigo era, otra vez, una ardilla asiática, hermosa, con panza colorada y dientes capaces de trastornar, en un abrir y cerrar de ojos, la vida cotidiana de los habitantes de Open Door, Carlos Keen, Villa Ruiz, Zapiola, Ameghino, Los Laureles y otros tantos barrios de la zona.
Probablemente, la ardilla en cuestión haya muerto en el involuntario atentado. Pero junto a ella, hay cientos de miles trepadas a los árboles del noroeste del Gran Buenos Aires. En pocos años, sin saberlo, consiguieron que se las declarara plaga, originaron una ley del Concejo Deliberante de Luján que permite cazarlas, lograron que un grupo de biólogos de la Universidad de Luján estudiara sus hábitos y el impacto que generan en la zona, posaron como modelos para fotografías de folletos de reservas ecológicas, fueron motivo de charlas y campañas de concientización en partidos vecinos, dañaron algunas cortezas, destruyeron varias cosechas, estresaron a todas las aves de la región, motivaron alertas en otras provincias argentinas y, para compensar el rechazo que sin querer generaron, motivaron a varios cientos de usuarios de Facebook a crear dos o tres grupos que las defienden, aunque cada vez con menos entusiasmo. Ajenas a todo esto, si pudieran hablar y alguien les preguntara cómo están, seguramente las ardillas dirían: ¿Nosotras? Bien, gracias.
LA NATURALEZA NO ES DISNEY
Corría 1928. Hacía cuatro años que Julio Steverlynck, un hijo de empresarios belgas, había fundado en Valentín Alsina una filial local de la fábrica textil de su familia. La llamó Algodonera Sudamericana Flandria. Pero como Steverlynck quería mudar la empresa al campo, trasladó todo a Jáuregui, un poblado cercano a Luján, donde tenía un molino.
Steverlynck se hizo adulto en una época de pleno desarrollo industrial en la que los seres humanos éramos muy distintos de esto que somos ahora. Creíamos que la naturaleza podía ser al mismo tiempo un proveedor eterno de alimentos y un parque de diversiones cuyos componentes podíamos manejar según nuestro deseo del día. La noción de equilibrio ecológico parecía un delirio de fanáticos.
Después de una vida consagrada a sus fábricas y a la comunidad, Steverlynck quiso recrear en los jardines de su estancia algo parecido a su paraíso infantil: reencontrarse con paisajes y animales que había disfrutado cuando era chico. Fue así que en 1970 mandó a traer de diferentes partes del mundo pavos reales, ciervos, árboles exóticos y diez simpáticas ardillas de vientre rojo. Pero las ardillas, caprichosas, no se adaptaban a sus jaulas. Parecían empeñadas en mantenerse fieles a su –hoy los biólogos nos ayudan– metabolismo activo, que las obliga a moverse todo el día. Encerradas se estresaron, comenzaron a lastimarse y, al verlas morir, el empresario se apiadó: cuando solo quedaban cinco, las dejó en libertad. Desconocía que en ese momento, en Bélgica, su país natal, estaban tratando de erradicarlas. No eran originarias de ese lugar y estaban causando más de un problema también en Francia, Holanda y Japón.
Cualquier hijo de vecino podría asegurar que cinco ardillas solas y lejos de su hábitat no iban a durar mucho. Con menos, a una especie se la declara en peligro de extinción. Pero al salir de sus jaulas, las ardillas se treparon a los árboles y se encontraron con que estos eran los mismos que aquellos del sudeste asiático de donde eran originarias.
Es que la pampa argentina –habrase visto– ya tenía un 80% de árboles exóticos, introducidos desde otras regiones de la tierra, entre ellas, Asia. Había una diferencia: los frutos que las ardillas comen ahí estaban, pero las águilas y las serpientes arborícolas que se las comen a ellas no. Hábitat con alimentos y sin depredadores. Por algo –podrían haber pensado– estos árboles aquí se llaman paraísos.
Las ardillas comenzaron a vivir, alimentarse y reproducirse arriba de los árboles, y así con los años, silenciosamente, formaron un imperio. Hoy hay cientos de miles –a razón de entre diez y quince por hectárea– en Luján, Exaltación de la Cruz, Moreno y también pequeños focos en Campana, Santa Fe (Cañada de Gómez) y Córdoba (La Cumbrecita).

LOS CAZAARDILLAS
En el año 2000, la bióloga María Laura Guichón colocó unas trampas en la zona próxima a la Universidad de Luján. Estaban destinadas a encontrar unos pequeños castores o nutrias autóctonas, llamados coipos. Ellos eran el motivo de su tesis doctoral. Pero junto a los coipos, empezaron a caer, inadvertidas, algunas ardillas asiáticas, confirmando las observaciones informales de algunos naturalistas.
Así, las especies invasoras desplazaron a las autóctonas hasta como objeto de estudio científico. Un mamífero invadía la Argentina debido a causas desconocidas y no había una investigación sobre el tema. El asunto prometía ser interesante.
En 2004, con algunas charlas entre vecinos y observaciones, comenzaron los primeros trabajos del grupo de profesionales y estudiantes de la universidad que hoy ya tiene nombre: Grupo de Ecología de Mamíferos Introducidos.
Mariela Borgnia trabaja junto a Guichón, como codirectora del grupo de aproximadamente diez profesionales que, de manera constante, estudian, divulgan y concientizan sobre el problema de las ardillas.
A Borgnia suelen preguntarle vecinos y también periodistas incautos: ¿Por qué las ardillas son una amenaza? ¿No hay otros animales de la zona que también dañen las cosechas? Entonces Borgnia se pone seria y explica paciente: "Para las especies exóticas invasoras es al revés que en la ley. Las ardillas son culpables de todo hasta que se demuestre lo contrario".
Esta afirmación no es una ocurrencia de Borgnia. Nace de un protocolo internacional, de la comunidad científica, firmado en Río de Janeiro en 1992, que reconoce numerosas experiencias en que animales o plantas exóticas terminaron desplazando y extinguiendo a las plantas y a los animales propios de distintos lugares (ver recuadro).
Mientras Guichón, Borgnia y equipo escriben folletos, organizan charlas y concientizan a las autoridades, las ardillas rompen alambrados y sistemas de riego, comen de las cosechas de cítricos, peras, ciruelas y kiwis sin depredadores eficientes a la vista.
"Hace poco supimos que un gavilán atacó a una ardilla. Pero es solo una excepción. Cuarenta años no es suficiente tiempo para que un animal aprenda a cazar una nueva especie. Las ardillas son muy escurridizas y, en general, los animales cazadores se inclinan por las presas conocidas", lamenta Borgnia.
–Pero más allá de las incomodidades para la siembra y la cosecha, ¿qué daño causan realmente a la fauna y flora autóctona?
–Son daños potenciales. Hace poco vi a una pareja de esos pajaritos que se llaman vulgarmente ratoncitos picoteándola. Evidentemente se sentían agredidos. Ella no les hacía nada, pero su sola presencia los estresaba, los alteraba. Y una pareja de pájaros tendría que utilizar su energía para formar un nido y conseguir alimento. No para defenderse de presencias extrañas.
Pero para los científicos y las autoridades no es un trabajo fácil combatir a un animal de cara amigable, protagonista de dibujos animados, modelo de rompecabezas infantiles. Aunque transmita leptospirosis, la misma enfermedad que las ratas.
A fines de 2011, el municipio de Luján liberó la caza para controlar la población de ardillas. Esto motivó la reacción de un grupo de vecinos y ambientalistas que salieron en su defensa a través de grupos de Facebook, que se volvieron un escenario de enfrentamiento virtual entre detractores y ardillistas. Aún hoy pueden leerse conversaciones como esta:
Comentarista 1: "Yo quisiera saber quién cuernos me metió en este grupo para defender a esos bichos asquerosos que merecen morir o estar en Central Park, que es peor".
Comentarista 2: "Son unas ratas con cola… ¡¡pero dan ternura!!".
Comentarista 3: "Cuánto dolor producen estas palabras".
Comentarista 1: "¡¡Qué me importa!!".
LA ARGENTINA COMO BANQUETE
En los comentarios de un sitio de internet dedicado a la caza y a la pesca, puede leerse cómo un grupo de lugareños se vanaglorian de haber esparcido cincuenta colas de ardilla que ellos mismos cazaron frente a las puertas de un casco de estancia.
Mientras los cazadores, como es debido, cazan, otra gente adinerada pasa por Luján y, a la vuelta, se lleva un par de ardillitas para saciar su tendencia al "mascotismo" o para ornamentar los jardines de sus estancias y fincas. Así, literalmente, como quien no quiere la cosa, nacieron nuevas colonias de ardillas de vientre rojo en la Argentina, una de ellas en Campana, a menos de diez kilómetros de la Reserva Natural de Otamendi. Se cree que con la cantidad de áreas boscosas naturales y comerciales que la rodean, pronto podrían poblar el Delta del Paraná.
El mayor temor es que lleguen a Misiones o Salta y Jujuy. Allí, en las selvas húmedas del norte del país, hay dos especies de ardillas nativas: la roja y la misionera. Y es altamente probable que "las nuestras" no puedan competir al mismo tiempo con sus colegas asiáticas y con los depredadores de los que viven escapando.
ARRIBA DEL PARAÍSO
Aire libre. Entre las canchas de tenis, la bajada de canoa, un quincho y unas carpas, hay un sector con mesas y bancos de cemento, donde familias suelen pasar las horas de un día libre, asado o picnic mediante. Es un lugar cómodo, apacible, gracias a la sombra que ofrece un pequeño bosque.
Todavía es temprano y los humanos no llegaron, al menos de manera masiva. Los pájaros se muestran ingenuamente al observador, van de un lado a otro, no parece haber más. Pero quien fije la vista en las ramas de uno de los tantos paraísos asiáticos –que vaya a saber por qué algún bien pensante sembró en el pasado– podrá ver, de un color muy parecido a la corteza, a una ardilla que desciende de lo alto de la copa, sigue por el tronco y ya en el pasto, creyendo no ser vista por nadie, toma un pedazo de pan con sus pequeñas garras y luego lo sujeta con la boca para volver a trepar.
Ya en lo alto, como los monos de la selva, la ardilla salta de rama en rama, de árbol en árbol, con una destreza imposible para quien la observe. Junto a otra ardilla que va a su encuentro. Y otra, y otra, y diez más.
Todo esto sucede a las ocho de la mañana en el Club Náutico El Timón a orillas del río Luján, en pleno poblado de Jáuregui, a metros del club Flandria y de la estancia donde hace 45 años comenzó accidentalmente esto que hoy nadie sabe cómo termina.
<b>VECINOS INVASORES</b>
La conservación de las especies nativas es un tema que preocupa a la comunidad científica de todo el mundo. En 1992, en Río de Janeiro, representantes de todos los países, con excepción de Estados Unidos, firmaron el Convenio sobre Diversidad Biológica, que en la Argentina se volvió ley dos años más tarde.
En el convenio, los países se declaran conscientes de lo importante que resulta la diversidad biológica "para la evolución y para el mantenimiento de los sistemas necesarios para la vida" y aseguran que se trata de un tema de "interés común de toda la humanidad".
Esta afirmación intenta erradicar de la biografía futura del planeta experiencias increíbles que durante los dos últimos siglos demostraron que las especies exóticas se vuelven invasoras enseguida, porque se introducen en lugares donde no tienen predadores ni parásitos que las controlen. Se transforman en competidores y cazadores eficientes y, rápidamente y sin querer, se dedican a desplazar y extinguir especies nativas, gracias a las ventajas que encuentran.
Para muestra bastaría Guam, una pequeña isla del Pacífico, entre China y Oceanía, incorporada a Estados Unidos. A Guam llegó, cuando la Segunda Guerra Mundial terminaba, un barco repleto de material militar.
Pero las bombas y ametralladoras no causaron tanto daño como la serpiente que accidentalmente viajó en la embarcación. Algunos creen que se trató de una hembra embarazada; todos coinciden en que fue la primera serpiente que reptó por la isla.
No habían terminado los años 50 y la Culebra Arbórea Café –así prefiere que la llamen– ya se había extendido por todo el territorio. Hoy se la culpa de haber exterminado a doce especies de aves y a doce animales vertebrados de Guam, mientras amenaza con llegar a Hawái.

Para quien desee explorar decisiones ridículas a lo largo de la historia, la lista de casos resulta interminable. Un grupo de amantes de Shakespeare introdujo cisnes negros y sesenta estorninos en Nueva York para ambientar el Central Park con la atmósfera de su literatura. Hoy el estornino es una de las aves más abundantes en todo el continente, en detrimento de otras que ya estaban. Lo mismo sucedió con cazadores fanáticos que llevaron conejos y ciervos colorados a Chile y a la Patagonia argentina, o conejos británicos en Australia, o granjeros preocupados por las ratas que arruinaron la ecología de Nueva Zelanda o las islas de Juan Fernández introduciendo comadrejas y coatíes. El cuento termina siempre con una invasión descontrolada y la desaparición de plantas y animales de la zona.
Con estos antecedentes, en el convenio firmado en el 92, los estados establecen que "cuando exista una amenaza de reducción o pérdida sustancial de la diversidad biológica, no debe alegarse la falta de pruebas científicas inequívocas como razón para aplazar las medidas encaminadas a evitar o reducir al mínimo esa amenaza".
Si las ardillas asiáticas consiguieran un abogado defensor que intentara protegerlas fuera de su territorio de origen, este no tendría demasiados argumentos.
<b>EN EL PRINCIPIO ERA FLANDRIA</b>
El belga Julio Steverlynck –o más precisamente Jules– se volvió célebre en la Argentina mucho antes de introducir un par de ardillas que causarían estragos en la tierra que eligió habitar.
Fue un empresario audaz, atípico y querido por la comunidad. En 1926, fundó en Valentín Alsina la empresa textil Algodonera Flandria. Pero como quería organizar una comunidad rural en torno a la fábrica, dos años más tarde trasladó las instalaciones a Jáuregui, un pueblo muy cercano a Luján, donde su familia tenía un molino. A la fábrica fue sumando una tintorería, una hilandería de algodón, una empresa dedicada a los tejidos de lino y otra a la fibra sintética. Y, para lograrlo, organizó la construcción de canales de riego, de puentes, de una represa y de obras viales.
Jáuregui pasó a llamarse, por un largo tiempo, Villa Flandria. Allí Steverlynck construyó también parroquias, una escuela y abrió el Club Náutico El Timón, con una pileta olímpica que se climatizaba con la caldera de una de las fábricas. De El Timón surgieron representantes argentinos del remo y la natación. Más tarde, para promover la práctica de deportes entre los trabajadores, fundó el Club Social y Deportivo Flandria, cuyo equipo de fútbol hoy milita en la Primera B.
Fue el primer empresario en la Argentina que reconoció en los trabajadores derechos que aún no habían sido consagrados por la ley, concediendo vacaciones pagas, aguinaldo y premios por producción. Y, ya grande, en 1970, cinco años antes de morir, se trajo un par de ardillas, quizá la peor decisión de su vida.
Más info:
Es posible contactarse con el grupo de Ecología de Mamíferos Introducidos, consultando su página de internet www.emi.unlu.edu.ar o escribiendo un correo a informes@unlu.edu.ar









