
1 minuto de lectura'
En los últimos tiempos he recibido unos cuantos libros. Es una prolongación de mi vieja profesión, cuando escribía reseñas de cine y literatura. Nunca me resultó sencillo deshacerme de ellos, aunque llevaran en su portada la firma de Ken Follet o Sidney Sheldon. Uno de mis mayores placeres hasta no hace mucho tiempo era llevar libros a casa. No leerlos, no siempre, sino depositarlo en algún rincón sobre las pilas de otros libros que, irremediablemente, a falta de más bibliotecas, iban elevándose en cada cuarto de la casa e interrumpían el paso. Lo que me entusiasma no es la posibilidad de leerlos algún día (es al revés: me angustia la certeza de que jamás podré hincarles el diente a todos), sino saber que en el futuro mis hijos encontrarán en esas historias ventanas que los alentará a espiar mundos nuevos, alimento imperecedero para su imaginación. Siempre me emocionó verlos leer. No tengo ya ese privilegio con Micaela, pero disfruto de observar a Sebastián asomarse a otras vidas, observarlo cuando espadea furibundo para conquistar castillos medievales o cuando intenta seducir a una princesa montado en su caballo blanco o cuando se trepa en buques piratas dándose a la mar en busca a aventura. En esos momentos de rara intimidad, cuando lee amodorrado en un sillón o en el calor de su cama, indiferente a los ruidos o aun a mi llamado, entregado a la ilusión del relato, siento que se vuelve un poco más libres. Solía contarle alguna historia antes de que se durmiera, casi siempre la misma, con variaciones sólo percibidas por ese agudísimo oído infantil que detecta, aun en la soñolencia de la medianoche, los desvíos más imperceptibles de un relato que debe ser necesariamente el mismo. “No, pá, son gnomos, no enanos”, me advertía, sobresaltado por un matiz nuevo que para él cambiaba el sentido de la historia, porque los niños siempre precisan que los hechos vuelvan a ser los mismos, y los mismos los rostros y los nombres de los personajes, y las mismas las palabras que evocan esas historias: en el fondo, la lectura es un refugio, un lugar inmutable en el que estamos a resguardo de todo. Es también un lugar de maravilla, una ensoñación, y es por eso que a menudo los niños lectores terminan prefiriendo las aventuras de los libros a los juegos o las conversaciones que comparten con sus amigos. Es esa fascinación la que, como lo dice por ahí Alberto Manguel, hace que no leamos los libros de un tirón, sino que nos demoremos en ellos, los habitemos, nos quedemos prendidos entre sus líneas, atrapados en esa ambiguedad que nos mueve a leerlos en apenas una noche, ansiosos de conocer el desenlace de la historia para entonces ingresar en mundos nuevos, pero también deseosos de preservar el enigma, volviendo dos o tres páginas atrás para recobrar una imagen o un diálogo perdidos, dispuestos a quedarnos en ese espacio de juego (a guarecernos en la infancia) para siempre.






