Ponchos: Patrimonio Cultural

Abrigo del gaucho y señal inconfundible de una cultura mestiza, el poncho es la materia elegida por la investigadora Ruth Corcuera en un libro de gran atractivo visual
Abrigo del gaucho y señal inconfundible de una cultura mestiza, el poncho es la materia elegida por la investigadora Ruth Corcuera en un libro de gran atractivo visual
Alicia de Arteaga
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20 de agosto de 2000  

Un día alguien dijo poncho y no capa, y nació la prenda del gaucho que es símbolo por excelencia del mestizaje cultural. De esta cuestión trata el libro de Ruth Corcuera, editado por Verstraeten y el Fondo Nacional de las Artes.

Investigadora rigurosa, pasó los últimos treinta años recorriendo talleres, pueblos y museos para hilvanar, puntada a puntada, la historia de los Ponchos de las Tierras del Plata. Para saber, por ejemplo, el que fue el holandés Caspar Schmalkanden que primero incorporó un poncho en su relevamiento iconográfico de las Indias, por encargo de Mauricio de Nassaui, integrante de la casa de Orange, y dueño y señor de las costas de Recife durante la ocupación holandesa a comienzos del siglo XVII.

El poncho fue uno de los temas favoritos de los pintores viajeros como Rugendas, Monvoisin y Pallière. "Son suaves, livianos, tiernos y querendones", dice Félix Luna refiriéndose a esa textura sublime que es el tejido de vicuña, especie finísisima, cotizada y cada vez más escasa; sólo comparable con las populares, difundidas y también caras, pashminas de la India.

Como la cabra de cachemira y la angora del Tíbet, la vicuña habita en las alturas de los Andes, a 3000 metros sobre el nivel del mar, y ha sido considerada desde tiempos inmemoriales como el animal sagrado del incario. Esta creencia no frenó el contrabando, el abuso y alguna singular exportación. Como el embarque fletado a Francia en el siglo XIX, por encargo de la bella Josefina Bonaparte. El curioso cargamento incluía cinco vicuñas, cuatro alpacas, una llama y tres híbridos de alpaca y vicuña.

De vicuña era el poncho de Marcelo T. de Alvear, tejido en Catamarca en 1920 por encargo de Regina Paccini de Alvear. Nunca como en el caso de Marcelo T., el poncho resultó una señal de identidad.

No sólo el color, la textura, la guarda y el estado de conservación trazan una radiografía de su dueño. También la forma de llevarlo. La actitud. Como la de Los Capataces, pintados por Prilidiano Pueyrredón, o el gaucho de Blanes que marcha con el andar tranquilo a conquistar la inmensidad de la pampa.

Es en Belén de Catamarca, tierra natal de Ruth Corcuera, donde la tradición del poncho encuentra sus más devotos seguidores. La vicuña belenista es de calidad excepcional, como las tejedoras que no bajan los brazos, aunque la máquina apure los cambios, y terminar una pieza de gran calidad sea un trabajo de años. "Al igual que una copla o una tonada regional, los ponchos son obras anónimas, producto de la imaginación", dice Corcuera mientras recorre la producción de las distintas regiones de las Tierras del Plata, en América del Sur, que ha sido desde siempre el centro de producción por excelencia de ponchos de lana de oveja, vicuña, alpaca, lana y algodón, bordados, teñidos, sobrios o lujosos, como el de San Martín, original del Perú, teñido de azul índigo con bordados de seda; o el Lucio Mansilla, con su guarda, propiedad del Museo José Hernández. Nunca como en los tiempos globalizados la búsqueda de las raíces y de lo propio fue reclamada con tanta urgencia.

Es gratificante descubrirlas en las luminosas imágenes captadas por Xavier Verstraeten, que les ponen color y forma a las palabras del texto erudito. Objeto de la investigación, el poncho es también, para la historiadora Ruth Corcuera, la mejor coartada, para indagar en nuestro pasado y nuestras raíces.

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