
Por amor a las plantas
Hay gente que les habla, las reta, las mima y les pone música, o que se confiesa adicta al extremo de locura al género vegetal. Sin llegar tan lejos, la relación con lo verde parece aconsejable, y puede suplir costosas terapias. A continuación, casos, anécdotas, secretos y consejos
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L as plantas no son únicamente una conjunción de células y agua cuya función es adornar. Son, vaya novedad, seres vivos. Y hay otros seres vivos, los humanos, que gustan de convivir con ellas. Y entre esos seres humanos que gustan de las plantas hay de todo, como se verá: desde aquel coleccionista de orquídeas que admite haberse transformado en un tipo especial de idiota hasta aquella señora que todos los días les habla a sus plantas, pasando por ese señor que siempre que sale de su casa deja música sonando para regocijo de sus ficus y potus.
La relación entre los humanos y las plantas del hogar puede tener problemas, como suele ocurrir con los vínculos entre seres vivos. Si usted tiene un azahar que no florece nunca, ahí puede aparecer el conflicto. Betty Infantino, por ejemplo, se hartó. Hace cuatro años que su azahar no da flores, por más que ella lo ha cuidado siempre con absoluto esmero. A los gritos, Infantino le reprochó al azahar su actitud negligente. Cualquiera puede verlo: esa planta siempre lozana, en un jardín cuidado, es la única con varias hojas secas.
-Se puso mal porque le grité -dice Infantino-. Pero nos reconciliamos y ahora está mejorando.
El azahar integra un jardín módico, pero muy bonito, de un muy lindo chalet. Infantino es profesora de matemáticas; tiene tres hijos y un esposo, de profesión contador, que bromean con su afición por las plantas. "Me dicen que lo mío es locura total. Que estoy chiflada", ríe Infantino, y su hija adolescente no lo niega.
Las bromas familiares parecen ser una característica común entre los fanáticos del verde: uno de los hijos del matrimonio de Gabino y Adela Cueli, coleccionistas de suculentas (plantas que almacenan agua), decidió hacer, en tren de chanza, un inventario de todos los ejemplares que tienen en su casa. La cuenta dio tres mil doscientos quince.
Los Cueli no les hablan a sus plantas. No creen en eso. Pero saben que hay varios con tal costumbre. En realidad, mucha gente les habla a sus plantas. Todos los propietarios o empleados de viveros dicen lo mismo: que conocen numerosos casos de gente que charla con begonias, rosales, helechos, gomeros, perejiles y demás. Y hay otros que no les hablan, pero sí les ponen música. José Chueke es corredor de lencería. Hay muchas cosas llamativas en su casa. Hay unas doscientas luces en todo el living. Hay cuatro parlantes profesionales instalados, al igual que la mayoría de las lamparitas, en el cielo raso.
-Cuando salgo de casa, les dejo música a mis plantas -dice Chueke-. La música las alegra. Les gusta.
Lo del efecto benéfico de la música sobre las plantas no lo aprendió solo. Fue hace años, en el vivero de un japonés donde había ido a comprar. Chueke vio que el hombre les ponía música todo el tiempo.
-¿Por qué les pone música? -le preguntó Chueke. Pero el japonés se hizo el tonto.
-Si no me lo dice, no compro nada -amenazó Chueke.
-Esta bien, señor -contestó el japonés-. Les pongo música porque les hace bien.
-¿Es seguro esto, o es mentira? -dudó Chueke.
-Es verdad, señor -respondió el japonés.
Hay gente que nunca se cansa de las plantas. Ana María Malloni tiene cerca de cuatrocientas en su casa, de todo tipo y color, y es propietaria de un vivero. Sale de un mundo de macetas y entra en un mundo de macetas. A las del vivero no les habla, quizá porque es un trato más comercial, pero sí a las de su casa.
-Les digo cosas mientras las riego. Qué linda que estás o vamos a sacarte esas hojitas amarillas. Cosas así. Es como si fueran bebes que no hablan -dice Malloni-. También las toco, les acaricio las hojas.
Diariamente, Malloni atiende a todas sus plantas. Riega, quita hojas amarillas y aniquila yuyos. Le lleva unas dos horas. Y no tiene preferencia por ninguna. Todas deben recibir el mismo trato. Pero no todas reaccionan de la misma manera ante las mismas situaciones.
-Yo tenía un spatifilium hacía como dos años y medio. Nunca tuvo ningún problema -evoca Malloni-. Cuando murió mi papá estuve fuera de casa durante una semana. Cuando volví, las hojas se habían arqueado. Y se murió.
Malloni no tiene duda de que el spatifilium, abrumado por la situación, se dejó morir. La anécdota les da argumentos a los que sostienen que entre los humanos y las plantas hay una relación estrecha.
¿Más argumentos? Escuchen a Betty Infantino:
-Yo tuve mucho tiempo un bonsai de ombú al que amaba. Estaba junto al teléfono. Yo estaba embarazada y no se sabía si el feto vivía o no. Esto fue hace diecisiete años. Yo hablaba por teléfono y lloraba a mares. Y el bonsai caía y caía. Un mes duró la incertidumbre. Me hicieron nuevos análisis y se confirmó que mi bebe estaba muerto. Me internaron para sacármelo. Al otro día volví a casa y el ombú estaba muerto. Completamente seco. No hubo ninguna manera de recuperarlo, a pesar de que lo llevé a especialistas. Creo que él sufrió todo el proceso conmigo. Eso es lo que sentí siempre.
Se podría pensar que una persona que trabaja con plantas todo el día sólo pretende, al final de la jornada, metal, asfalto, smog, cemento. No es tan así. Vean el caso de Malloni o, sin ir más lejos, el de los empleados del vivero La Campana Japonesa, de Belgrano. Todos tienen plantas en sus casas y se declaran apasionados por ellas.
Con un dejo de indignación, dicen que también existen aquellos que compran una planta y no les importa para nada si vivirá o no. En algunos casos, agregan, se les recomienda que pongan plantas de plástico.
-A veces nos da lástima venderle una planta a alguien sabiendo que la planta se va a morir -confían.
Ocurre que la planta de plástico es una solución para el que está empecinado en vivir entre el verde. Se puede discutir, en el nivel de charla de café y no de simposio internacional, si la planta de plástico es o no algo sumamente berreta, pero constituye un fenómeno crucial del mundo moderno y como tal hay que aceptarlo.
Ahí está el caso de Chueke: durante años puso plantas en sus dos baños, que están desprovistos hasta del más exiguo ventiluz. Son dos cuevas azulejadas. Y las plantas, a las que no se las engaña con bombitas de cien vatios, murieron una tras otra. Cuando Chueke finalmente advirtió la causa de las muertes, puso plantas de plástico, que se ven muy lozanas.
El mismo problema tuvo en el living, que es bastante espacioso y muy blanco. Las plantas se le morían, y el seguía comprando otras y mandándolas a las tinieblas y a la muerte. Hasta que, hace dos meses, consiguió el jardinero justo y las lámparas justas. El jardinero lo proveyó de plantas y le dio la idea de poner unas lámparas alemanas que suplen la luz del sol. Misterio develado: parte de esas lámparas que hay en el techo son un sol falso.
-Hay que prenderlas cuatro horas por día, y suficiente -dice Chueke-. Con esto, las plantas ya no se mueren. Mirá cómo están.
Si bien predominan las mujeres entre los amantes de las plantas, también hay muchos hombres con esa pasión. Es más: los hombres heterosexuales a los que les gustan las plantas son obsesivos y meticulosos en exceso, casi insoportables. Eso opina la paisajista Alejandra Vignera. Y son más pesados que las mujeres a las que les gustan las plantas, agrega. "Los hombres te preguntan hasta lo último de lo último", dice con gesto de fastidio. Y tira un dato sociológico previsible: "A los de la comunidad gay les gustan mucho las plantas. Y son menos pesados y obsesivos que los heterosexuales con la misma afición".
El argentino medio no tiene una gran pasión por las plantas. Hágame la gauchada: fíjese a su alrededor y pregunte a quién le gustan las plantas. Las respuestas serán poco enfáticas o puro bla bla. Esto quizá tenga que ver con la fuerza de la cultura española, que no es de las más propensas al verde.
"La casa típica española es con patio, lo cual no permite desarrollar un jardín exuberante", dice Koichi Yasui, un experto en plantas japonés que está en la Argentina para asesorar al INTA.
Los japoneses, ya que estamos, sí son propensos a las plantas, al igual que holandeses, ingleses y alemanes, por caso. "El patrón común de las casas japonesas es con un jardín en derredor", dice Ken-Ichi Arisumi, colega de Yasui en el INTA. Y agrega: "Entonces, en el Japón casi todos tienen sus plantas y sus flores".
A ambos les ha llamado la atención que en la Argentina el consumo de plantas y flores para el hogar sea alto. "En Japón, el veinte por ciento de lo que se produce va para el hogar y el resto para hechos sociales, como fiestas, casamientos, convenciones, etcétera", dicen. ¿El argentino, entonces, es un gran consumidor de plantas? "No es eso. Lo que ocurre es que el consumo hogareño es bajo en Japón porque existe la costumbre de hacer uno mismo los propios ejemplares", explican.
También les ha llamado la atención, en la Argentina, la costumbre de tirar una planta moribunda y reemplazarla por otra. Como un objeto cualquiera. Este concepto de la planta como mero adorno, como objeto descartable, pone de muy mal humor a varios. Entre ellos, a los que viven de venderlas. Ya hemos escuchado a los muchachos de La Campana Japonesa; ahora escuchemos a Malloni.
-Me revientan los que compran una planta para adorno. Es un ser vivo. Que compren una lámpara -se indigna.
Háganos otra gauchada, amigo lector: si va a un restaurante de aceptable para arriba, vea esos ficus que están iluminados a dicroica. Conduélase por ellos. Forzados a adornar y a vivir en un medio absolutamente inadecuado, de a poco se irán poniendo feos hasta que, en uno o dos meses, el viverista los cambiará por otros.
Pero Malloni no se puede quejar del valor ornamental de las plantas. Antes de mudarse a la casa en la que vive, provista de quincho y terraza, habitaba un departamento pequeño. Por supuesto, lo tenía repleto de verde. Cuando lo puso en venta, consiguió comprador el mismo día en que publicó el aviso. El tipo quedó subyugado con las plantas, que habían tornado especial un departamento común.
Las plantas, por lo que se ve, son benéficas para el negocio inmobiliario. También son benéficas para tratar ciertos problemas humanos; Yasui y Arisumi cuentan que en Japón hay terapias basadas en el trabajo de jardinería. Como si esto fuera poco, las plantas propician las relaciones entre la gente. Gabino Cueli fue, durante ocho años, presidente del Círculo de Coleccionistas de Cactus y Crasas de la República Argentina, y Adela Cueli es su actual vicepresidenta.
-Lo que nos gusta de las plantas es el conocer mucha gente con intereses afines -explica el matrimonio-. Cuando nos juntamos con la gente del Círculo, charlamos de plantas, de nuestras cosas, tomamos algo.
Para los Cueli, el trabajo con las plantas también es una forma de terapia. "Significa un desenchufe total -dicen-. Cuando vamos a la terraza nos olvidamos del mundo. Nos olvidamos de la radio, de la televisión, de las malas y de las buenas. Además, este hobby implica saber cosas elementales de botánica, para no cometer errores, y eso nos ha fomentado el nivel intelectual. Incluso, ahora andamos con Internet."
Pero las plantas son peligrosas, y no hablamos de las plantas carnívoras. Son peligrosas porque pueden tornarse una pasión agotadora. Y tienen la capacidad de transformar en idiota al más pintado. John Christie, ex cirujano, ya se confiesa un completo idiota. Un idiota específico:
-Soy un orquidiota -asegura Christie.
En algún momento fue un orquidiólogo, es decir, un aficionado a las orquídeas, pero pasó del otro lado. Su casa de Acassuso es indescriptible, como todo lo excesivamente bello; el parque es eterno y cae en una barranca de vegetación montaraz. Ahí, a tiro de escopeta, está el Río de la Plata. Y encima de todo, asidas de los árboles o montadas en palos y troncos, hay más de 300 variedades de orquídeas.
-La afición por las orquídeas es una cosa paulatina, insidiosa, en la que uno se mete y ya no puede salir. Es como un pantano, un pantano placentero.
Aunque en su parque tiene todo tipo de plantas y árboles, las orquídeas se roban el protagonismo. Dentro de la casa, que es austera y discretamente elegante, no hay ni una planta. Ni un mísero potus. "Sufrirían acá adentro", dice Christie, a pesar de que tiene lugares con mucha luz. Cierto buen gusto, quizá provisto por sus antepasados sajones, le ha impedido poner plantas de plástico.
-Que la planta responde cuando la tratás bien, no hay ninguna duda -opina Christie, que no habla con sus plantas-. Pero no sé si hablarles influye; más bien me parece una manera de desahogo de la gente. En este sentido, soy escéptico.
Ninguno de los que les hablan a las plantas tiene una explicación racional para tal actitud. El argumento es: son seres vivos y sienten.
Ellos tienen, dentro y fuera del consultorio, plantas de plástico. Chueke, que se atiende con ellos, les preguntó la razón de tanto material sintético. Los Quemehuencho le dijeron que a ellos les gustaban mucho las plantas naturales, pero que todas se morían, adentro y afuera. ¿La razón? Que la onda de la gente que llegaba al consultorio no era muy buena que digamos, como es lógico, y que esa onda se transmitía a las plantas. Ninguna sobrevive en el consultorio de los Quemehuencho.
Las explicaciones de los occidentales respecto de la charla con plantas son muy difusas. Habrá que recurrir nuevamente a Yoiki y Arisumi, que son ideales para aportar algo concreto sobre este tema: conjugan, como todo buen japonés, sensibilidad para la plantas y también para el microchip. Naturaleza y tecnología. Malvón y licuadora.
En principio, hay que decir que Yasui y Arisumi no hablan con sus plantas. Ni un saludito al bambú. Es más: no tienen bambú en sus casas japonesas. La realidad es otra.
-Yo casi no tenía plantas en mi casa de Japón. Hasta que mi señora me dijo que no podía ser que yo me dedicara a esto y no tuviera plantas. Ahora tengo -dice Yasui.
Arisumi vive en una zona muy urbana de Japón y no tiene demasiado espacio para el verde. Pocas plantas y nada de charla con ellas. ¿Qué saben de experimentos científicos vinculados con la relación hombre- planta? Ellos, como Christie, son escépticos. Explican que sería muy difícil, por no decir imposible, evaluar los efectos que pueden producir la charla o la música en las plantas. Dicen que conocen algún atisbo de estudio en tal sentido, pero sin resultados concretos.
-En el Japón hay un cultivador de orquídeas muy importante que les pone música a las plantas todo el día -señala Yasui-. Le preguntaron por qué lo hacía y él respondió que la música era del gusto de los trabajadores, y que por eso tenía buenas plantas.
-A la sandía le gusta el ruido de los pies -Arisumi aporta un poco de sabiduría milenaria-. Es una frase japonesa y significa que a la sandía le gusta oír los pasos del jardinero, porque es el que la cuida.
Las plantas, ya es bien sabido, también se mueren. Chueke, hasta la aparición de sus lámparas alemanas, mató varias. Malloni sería un caso opuesto, porque no sólo es incapaz de dejar que una planta se muera, sino que acostumbra a hospedar a las que encuentra tiradas, agonizantes, en la calle.
Es común en los viveros que aparezcan personas con las hojas de sus plantas enfermas. A veces, como cuentan los empleados de La Campana Japonesa, esos clientes están un tanto desesperados porque la planta es un recuerdo irreemplazable.
-Hay una señora que lava las plantas hoja por hoja, les habla, les pone música clásica -relatan-. Vino hace poco porque se le estaban cayendo hojas a una planta. En una semana vino como cinco veces; cada día con una nueva hojita que se había caído. La mujer tiene sólo cuatro o cinco plantas, pero las cuida muchísimo. Es como si fueran sus mascotas.
Sucede que las plantas dan muchas alegrías. Malloni hace un paralelo entre el crecimiento de la planta y los logros de un hijo. Y el momento cumbre es cuando corta las flores que dispondrá por todo su hogar. Dice que esa tarea la fascina de manera increíble.
-Yo cuido a mis plantas para que me den satisfacciones. Y la satisfacción mayor es la flor.
El regalo más grande de una planta es la flor. De acuerdo, pero puede haber alegrías mayores aún. Infantino tiene una planta llamada kalanchoe. Cuando se acerca el 4 de septiembre, Infantino empieza.
-No te olvides, ¿eh? -le recuerda.
Y no falla. Con extraña exactitud, desde hace años el kalanchoe florece todos los 4 de septiembre. Ni un día antes ni un día después. Justo el 4 de septiembre, fecha en que Infantino cumple años.
No hay coleccionistas de yucas ni de ficus ni de cretonas. Tampoco de potus o malvones. Y es fácil darse cuenta de las razones con sólo visitar la casa de John Christie. Tiene orquídeas por todos lados, y la orquídea no sólo es muy hermosa, sino que es todo un caso: muchas variedades crecen colgadas de los árboles o de las rocas. Extienden sus raíces sobre la madera o la piedra y no solicitan nada a su huésped. Viven del aire, literalmente; de él, y del agua de lluvia sintetizan los nutrientes que necesitan.
Los árboles del parque de Christie están llenos de orquídeas. Ahora, con 85 años, no está como para hacer lo que hacía antes. Provisto de una escalera, se trepaba a los árboles y, con alambre o hilo de nylon, fijaba los ejemplares a los troncos. Ese trabajo lo hace ahora una persona a quien Christie llama El Gorila, en una alusión zoológica y no política. Así Christie pudo ir reuniendo las trescientas variedades de orquídeas que hay en su parque. Y que son un ínfimo muestrario, porque es la familia botánica más numerosa: en el mundo hay 70.000 variedades, la mitad creadas por la naturaleza y la otra mitad por el hombre, instrumento del que se vale la naturaleza para tal fin.
La orquídea es una planta rara. Tanto, que hay gente que no repara en gastos para hacerse de ellas. En los Estados Unidos, Christie vio cómo tres japoneses pagaron, por la compra de orquídeas, cien mil dólares en media hora. Por uno de los ejemplares pagaron diez mil dólares. Otro caso límite que Christie conoció es el de un corredor de Bolsa de Nueva York que se jubiló y se fue a vivir a California, para lo cual fletó un avión con sus dos mil ejemplares de orquídeas. La pasión por estas plantas no tiene límites.
Otra planta que ha generado coleccionismo es el cacto. Gabino Cueli, que es marino retirado, acompañó a su mujer a una reunión de aficionados, sólo la acompañó, y terminó tan entusiasmado como su esposa. Eso fue hace más de diez años. El Círculo de Coleccionistas de Cactus y Crasas de la República Argentina tiene hoy, entre socios activos y adherentes, más de cien integrantes -jóvenes y gente mayor- que se reúnen de manera periódica.
Los cactos no son especies muy difundidas y los viveros, en general, tienen poco y nada. "No hay un mercado de producción y comercialización para estas plantas -explican-. No hay dónde comprarlas." Por supuesto, pertenecer al Círculo tiene sus privilegios, y uno de ellos es la posibilidad de intercambiar, además de conocimiento, gajos o semillas de nuevas variedades para así acrecentar la colección.
-Yo planto mucho por semilla -dice Gabino-, y es algo muy gratificante ver nacer y crecer la planta. Es un proceso que lleva meses, a veces años, pero cuando florecen es una alegría total.
En la terraza de su casa el paisaje es pródigo en macetas pequeñas. Allí hay, por caso, un ejemplar de blossfeldia liliputana, un cacto argentino que se destaca por ser mínimo: un centímetro y medio de diámetro. También hay una suculenta, la sempervivum arachnoidium, que proviene de las cadenas montañosas europeas y que tiene la particularidad de estar cubierta por una especie de tela de araña. La sempervivum de los Cueli es la única que ha florecido en Buenos Aires. Otro ejemplar interesante es el cacto conocido como peyote, cuyo fruto contiene sustancias alucinógenas muy utilizadas por los indígenas mexicanos y por más de un delirante urbano.
Abecé para manos verdes
Si usted no tiene plantas y posee un sitio en su casa con buena luz, haga el favor de poner algo verde. No es nada complicado y es muy placentero, aunque no tanto como un viaje a Europa o como unos días en los pícaros salones reservados de la Casa Blanca. Si no tiene plantas, podrá comprarlas o, más lindo aún, podrá hacerlas usted mismo, tal como se explica en un aparte de este informe periodístico. En cualquiera de los casos, tenga en cuenta los siguientes consejos.
- Cuando compre una planta, asegúrese de que tenga buen follaje y cuide que el ejemplar no se haya estirado. Eso significa que los tallos se hacen largos y con pocas hojas, lo cual ocurre por falta de espacio o de luz. Como bucaneros hay en cualquier parte, tenga cuidado, sobre todo si va a comprar algún arbolito. No faltan casos de árboles comprados que eran sólo una rama enterrada, casi sin raíces.
- Es fundamental que la tierra tenga buen drenaje. Para eso, además de los agujeros en el fondo de la maceta, es necesario que ese fondo lo cubra con piedras antes de llenarla de tierra. Si usted no pone esas piedras, el agua puede acumularse y pudrir la raíz.
- Sea cuidadoso con el riego. Tenga en cuenta que es más fácil que la planta se muera por exceso de agua que por su falta; por lo tanto, es conveniente que riegue las plantas cuando la tierra esté bien seca.
- Tenga mucho cuidado con las plagas y bichos de todo tipo, que en Buenos Aires abundan. Si alguna de sus plantas ha sido tomada por estos vividores para nada simpáticos, lleve a su especialista una hoja del ejemplar afectado que él le dirá el remedio. Hay una gran variedad de productos químicos para combatir ácaros, hongos, cochinillas, hormigas, etcétera. En algunos casos, como el de los pulgones, puede recurrir a un remedio casero: de noche, o en un día nublado, pulverice sobre ellos alcohol fino y morirán.
- Use fertilizantes. Lo mejor de todo es el humus de lombriz: si usted se pasa de la cantidad no hay problema. Existe una gran variedad de fertilizantes, todos con diferentes dosis y modos de aplicación. En el caso de los fertilizantes químicos, si se excede con la dosis puede llegar a quemar la planta. Aunque es bueno fertilizar, lo mejor es cambiar la tierra de la maceta todos los años; esa tarea debe realizarse en agosto, para que la planta empiece la primavera en condiciones óptimas.
- Si usted quiere aprovechar los restos secos de sus plantas que caen en el patio o en el jardín, puede ponerlos en un tacho grande con tierra y agregarles lombrices. Ellas se encargarán de transformar hojas secas en abono gratuito y de primera calidad. ¡Reduzca costos de la canasta familiar!
- Prepare la tierra para sus plantas. Siempre realice una mezcla de tierra negra y compost, que es un preparado con mucho contenido orgánico. En el caso de las plantas de interior, como palo de agua, crotón, potus, cyngonio o helecho, conviene que sólo utilice compost.
- Puede hablarles, cantarles, proyectarles videos un poco chanchos o recitarles algo de Amado Nervo, pero lo que seguro que sus plantas agradecerán será la luz, el agua, los nutrientes y la ausencia de plagas.
- Es muy fácil ir al vivero, pagar y llevarse una planta. Así cualquiera. Pero no sea remolón y pruebe hacer sus propios ejemplares, que es mucho más gratificante. Las maneras no son muchas: puede ser por semillas, ya sea compradas o recolectadas por usted mismo, o por gajos. Además, en los viveros venden unas hormonas en forma de polvo que, espolvoreadas en la parte del gajo que irá en tierra, aceleran el proceso de enraizamiento.
- En todos los viveros venden semillas. Las compra, las siembra según las indicaciones y etcétera. Pero una posibilidad seductora es que usted mismo las recoja. Puede ir, por ejemplo, a la Reserva Ecológica de Buenos Aires, donde podrá surtirse, en esta época, de semillas variadas. Lo mismo en Tigre, en algún country o por las calles de cualquier ciudad. Elija las semillas más grandes y en mejor estado, y siempre de los mejores ejemplares. Entiérrelas y riéguelas. Y ya está. Aunque, claro, no todas germinan. Si no obtiene resultados, insista, y si no, reflote apuntes de la escuela primaria y vuelva a probar con la germinación del poroto, que ésa no fallaba.
- Si usted quiere hacer ejemplares a partir de gajos, desde estas líneas queremos proponerle una actividad ligeramente delictiva: corte gajos pequeños -entre siete y diez centímetros- de canteros y jardines, siempre que ese simpático hurto no sea notorio en el conjunto verde. También, por supuesto, puede cortar gajos de sus propias plantas. Luego, póngalos en tierra (si quiere, agrégueles las hormonas). Disponga las plantas en lugares con muy buena luz y nada de sol, manténgalas con mucha agua y de a poco irán echando raíces. En el caso de las plantas de hojas gordas, llamadas suculentas, cúbrales la parte interna del tallo que queda expuesta cuando lo corta con esmalte para uñas. Una vez seco el esmalte, que impide la entrada de hongos, póngalas en tierra y no las riegue durante un mes, más o menos. Al cabo de ese lapso habrán enraizado y ya sí podrá regarlas.
- Otra posibilidad es la huerta hogareña. Si usted posee un balcón o una terraza o lo que sea en el que haya un poco de sol, puede tener en macetas desde zapallo hasta menta, pasando por cebolla de verdeo, zanahoria o papa. No tiene más que comprar las semillas, que son muy baratas, sembrarlas, y a esperar. Si el espacio de que dispone es considerable -digamos, de cien hectáreas para arriba-, hágase miembro de la Sociedad Rural y pruebe encarar todos estos cultivos como un medio de vida.



