¿Por qué recordamos más la Revolución de Mayo?

Daniel Balmaceda
Daniel Balmaceda PARA LA NACION
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8 de julio de 2019  • 17:56

Los argentinos conmemoramos dos fechas patrias: el 25 de Mayo de 1810 y el 9 de Julio de 1816. Tratar de establecer cuál ha sido más importante que la otra significa otorgarles cualidades más apropiadas para el mundo lúdico o deportivo. No tiene por qué haber una fecha con mayor peso que la otra. En todo caso, se complementan.

Si en 1810 logramos la autonomía (por primera vez, el gobernante no era impuesto desde España, sino que la elección la hacíamos nosotros mismos), en 1816, lo que conseguimos fue convertirnos en un Estado soberano.

Pero, ¿por qué solemos recordar con más detalle la primera fecha? Para comprenderlo, debemos retroceder a los tiempos de nuestro aprendizaje escolar. Sentíamos mayor empatía con la fecha de Mayo debido a cuestiones cognitivas que intentaremos aclarar.

Por empezar, la Revolución de Mayo determinó un hecho concreto, palpable, la formación de un gobierno nuevo. Mientras que lo resuelto en Tucumán derivó en una situación abstracta, la Independencia.

Por otra parte, siendo pequeños estudiantes nos resultaba mucho más fácil comprender los hechos ocurridos durante una semana, la de Mayo, respecto de los diez meses que estuvo actuando el Congreso en Tucumán.

El conocimiento de los protagonistas era otro aspecto fundamental. Nos resultaba más fácil retener los nombres de los nueve integrantes de la Primera Junta que los de los veintinueve que declararon la Independencia. Incluso, el hecho de que tuvieran cargos nos facilitaba el aprendizaje. Había un presidente (Cornelio Saavedra), dos secretarios (Juan José Paso y Mariano Moreno) y cinco vocales (Manuel Alberti, Miguel de Azcuénaga, Manuel Belgrano, Juan Larrea y Domingo Matheu).

En cambio los que actuaban en Tucumán eran todos diputados. Y no solo eso, en las lecciones, debíamos recordar a qué provincia representaban. Es decir, el nombre de cada uno venía acompañado de su representación. Es una buena oportunidad para recordarlos: Pedro Miguel Aráoz, José Ignacio Thames, diputados por Tucumán. Mariano Boedo, José Ignacio de Gorriti por Salta. Teodoro Sánchez de Bustamante, por Jujuy. Pedro León Gallo, Pedro Francisco Uriarte, por Santiago del Estero. Manuel Antonio Acevedo y José Eusebio Colombres, por Catamarca. Pedro Ignacio de Castro Barros, por La Rioja. José Severo Feliciano Malabia, Mariano Sánchez de Loria y José Mariano Serrano, por Charcas (Alto Perú). José Andrés Pacheco de Melo, por Chichas (Potosí, Alto Perú). Pedro Ignacio de Rivera Diputado, por Mizque (Alto Perú). José Darregueira, Esteban Agustín Gascón, Pedro Medrano, Juan José Paso, Cayetano Rodríguez, Antonio Sáenz y Tomás Manuel Anchorena, por Buenos Aires. Eduardo Pérez Bulnes, José Antonio Cabrera y Jerónimo Salguero, por Córdoba. Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza, por Mendoza. Francisco Narciso de Laprida y Justo Santa María de Oro, por San Juan.

Debemos aclarar que formaron parte de las deliberaciones previas Miguel Calixto del Corro, representante de Córdoba, quien se encontraba ausente el 9 de Julio por una comisión que debió cumplir; y Juan Martín de Pueyrredon, diputado por San Luis que, al ser nombrado Director Supremo por el propio Congreso en mayo, ya no integraba el cuerpo colegiado.

Si regresamos a nuestros tiempo escolar, reconoceremos mayor familiaridad con los integrantes de la Junta de 1810 que con los hombres del Congreso del 16, cuyo sacrificio y valentía siempre deberían ser ponderados. A lo sumo, en aquellos años jóvenes recordaríamos más a Laprida porque fue el diputado al cual le tocó presidir el Congreso durante el mes de julio y su cargo lo diferenciaba del resto. Más aún. Ayudaba a reconocer los Hombres de Mayo los acontecimientos posteriores a su actuación durante aquella semana. Por ejemplo, Belgrano, quien después de la Revolución, comandó la Campaña al Paraguay, creó la Bandera, llevó adelante la Segunda Campaña al Norte y venció a los realistas en Tucumán y en Salta.

De la misma manera, podríamos mencionar a Moreno, cuya actuación como secretario fue siempre muy estudiada y divulgada. Incluso, casos como Castelli, quien continuaba en los manuales de historia por haber llevado adelante la primera Expedición al Norte. Lo mismo nos ocurría con Paso, quien estuvo presente no solo en la Primera Junta, sino también en la Junta Grande, en los dos Triunviratos, en la Asamblea del año XIII y en el Congreso de Tucumán.

Vemos que estos hombres tenían una trayectoria posterior conocida en los manuales escolares. En cambio, ¿qué podríamos decir del cordobés Cabrera? ¿Qué hizo después de declarar la independencia? ¿Y Gorriti? Es el mismo caso de Laprida, por no apuntar al mismísimo Paso, a quien lo ubicamos claramente entre 1810 y 1816 y, sin embargo, después nos cuesta decir cuál fue su destino. Todos ellos no volvían a ser mencionados en las clases de historia.

Uno de los grandes desafíos en la actualidad es ubicar en contexto la dramática situación de las Provincias Unidas y el patriotismo de estos hombres que, despojándose de sus enfrentadas posiciones políticas, dieron el paso fundamental para lograr la institucionalidad que reclamaba la nueva y gloriosa nación.

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