Primero le pareció patético pero algo llamó su atención y luego se sorprendió
¿Por qué un señor casado no estaba un sábado a la tarde con su familia? No quiso meterse en su vida, aunque el amor fue más fuerte.
5 minutos de lectura'

Lo conoció cuando todavía estaba enamorada de un novio anterior. Pero ese verano, él (59) y ella (53), habían descubierto y coincidido en un pasatiempo de fin de semana: navegar en un velero con una persona que hacía paseos y daba clases de timonel en la zona de San Isidro, en la zona norte de la Provincia de Buenos Aires, por una módica suma de dinero. Era el plan perfecto para desconectarse de la rutina laboral y cambiar el aire. A cielo abierto y junto al río el programa no podía fallar.
Ella lo había visto desde esa primera tarde. Y algo no le cerraba en la situación mental que se había hecho de aquel hombre. “¿Por qué un señor casado pasaba toda la tarde del sábado alejado de su familia como quien no tiene un lugar donde lo esperan para regresar?”, pensaba. Tampoco quería meterse en la vida de los demás. Por eso no quiso preguntar nada ni saber demasiado. Separada hacía ya bastante tiempo, podía entender que en la relaciones no todo es lo que parece.
Pasaron las semanas y, un atardecer de verano, él la sorprendió cuando se acercó, se presentó, le pidió el teléfono y la invitó a almorzar. “¿Almorzar? Eso significa libertad condicional en mi diccionario de la vida”, pensó ella en silencio. Pero de todos modos aceptó la propuesta. Le gustaba ese hombre más bien callado y observador que había escuchado y estaba al tanto de sus penas y desengaños amorosas a través de conversaciones de navegación.
Un almuerzo sospechoso
El almuerzo no resultó como esperaba. A ella le pareció todo patético. Él no pudo decir de frente por qué la había invitado y a ella las imposturas no le gustaban, le molestaban demasiado. La imagen que se había hecho de él era la de un hombre triste y aburrido con una pantufla debajo de cada brazo y hablando de lo mal que estaba su matrimonio. Ella no estaba para eso. Quería divertirse y pasarla bien. Cuando se despidieron, él amagó con darle un beso y ella le dejó los labios inertes. No tenía sentido alguno hacerlo de otra forma. Para fin de año, él la llamó para saludarla, otra actitud que ella interpretó como fuera de lugar.
Pasó el verano, los primeros días fríos de otoño llegaron. Ella estaba cansada. Había trabajado mucho durante la temporada porque alquilaba semanas de vacaciones en la costa argentina. Sin tiempo para el amor o la diversión, sintió que necesitaba despejarse, conectarse con la energía del río y volvió a navegar. Allí estaba él y algo sucedió en ese momento porque de pronto se dio cuenta de que hacía mucho tiempo -más del que hubiera querido- que nadie la acariciaba, nadie le preguntaba cómo estaba ni si necesitaba algo.
Entonces se acercó para iniciar una conversación. Él estaba reacio, lógico, pensaba que ella estaba jugando. Ya lo había rechazado en oportunidades anteriores. ¿Por qué ahora, de pronto, lo buscaba? Finalmente esa noche hablaron por teléfono y se encontraron a cenar.
Pidieron unos tragos. Charlaron. Hasta que él no aguantó y le hizo exactamente la misma pregunta que, meses atrás, él mismo no se había animado a responder.
- ¿Vos qué querés conmigo?
- Meterme en la cama con vos, dijo ella bien a su estilo claro y sin rodeos.

¿Lo bueno dura poco?
A partir de allí y por un año se convirtieron en amantes. Todo era nuevo y sorprendente. Ella no recordaba haber sido tocada como él lo hacía, tenía libertad y nadie la celaba. Él seguía con su matrimonio y le daba todo tipo de gustos a ella, su amante perfecta. Era un negocio redondo. Sin embargo, algo hizo que ella no se abriera a otras relaciones. Y, por su lado, él apostaba cada vez más seriamente a la frecuencia y la pasión de los encuentros. En la superficie, el vínculo carecía de etiquetas, pero los corazones latían a su propio ritmo y empezaron a llevar la relación hacia un nuevo destino.
Pronto a ella se le encendió la alarma. No quería compromisos, eso lo tenía claro. Entonces pensó que había llegado el tiempo de poner fin a esa relación. Tenía un viaje programado a Uruguay por una semana. La distancia le iba a dar el espacio necesario para enfriarse y, a la vuelta, le diría que ya no quería estar más con él. Después de mucho tiempo finalmente había logrado olvidar a su antiguo novio y ahora corría el riesgo de enamorarse de nuevo. Ella no se lo podía permitir. Porque estaba claro que lo que él planteaba sobre su malestar en el matrimonio y la posibilidad de separarse no era algo real.
Pero esa noche, ya de regreso desde Uruguay, el barco llegó a la terminal demorado. Jamás lo hubiera imaginado. Él la estaba esperando entre el tumulto de gente. Cuando la saludó, lo primero que le dijo fue que se había separado. Y entonces, como una ola, llegó el amor. Desplegaron sus alas y se dejaron llevar. Todo era perfecto. Pero la cuarentena los alejó y no lograron reencontrarse hasta mucho tiempo después. La separación teñida de angustia y recriminaciones y el temor a enfermar y morir los arrojaron en otros brazos, no amados, pero cercanos. Hoy, a la distancia, ella lo extraña, confiesa que quiere seducirlo, abrazarlo. Pero solo el tiempo dirá si la historia que comenzó entre ellos, una tarde de verano junto al río, continuará.
Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos aquí.
1Se enamoró del hijo del dueño pero los prejuicios no tardaron en llegar: “Era la enfermera rapidita”
2Diseño, servicio y un entorno fuera de serie: conocé la historia centenaria del hotel mejor ubicado de la Patagonia
3Dijo que era vidente y le hizo una predicción a una mujer, pero lo que pasó después descolocó a todos
4Cuatro beneficios del magnesio que seguro que no sabías, según un nutricionista






