
Pyongyang, la ciudad de la luz y la oscuridad
Un viaje a la misteriosa vida cotidiana de la capital de Corea del Norte, el país más hermético del planeta, que recién ahora comienza a abrirse al turismo
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PYONGYANG, COREA DEL NORTE
-¿De qué país es?
–Argentina.
–Bien. Soy su guía –me dijo en inglés, sin alzar demasiado la voz, al acercarse al borde del andén y tomarme del brazo derecho para indicarme hacia dónde ir. "Me gusta Messi. ¿A usted le gusta Messi o Maradona?" Evidentemente yo no tenía motivos para preocuparme por mi llegada y mi guía no había tenido que esforzarse demasiado para identificarme: no había otro pasajero occidental en el tren verde de siete vagones, que cinco minutos antes había entrado a la estación de Pyongyang después de recorrer en 25 horas los mil y pico de kilómetros que la separan de Pekín.
No era el tipo de guía con que yo había fantaseado conocer en Corea del Norte. Nada en su aspecto general encarnaba el espíritu de la Guerra Fría del que el país se declara orgulloso. No era un hombre del partido, no era un militar, y ni siquiera usaba uno de esos trajes cruzados de color oliva y aspecto castrense que los norcoreanos más jóvenes erradicaron de sus guardarropas por considerarlos pasados de moda. Miss Yu era una joven de pelo muy corto, ojos maquillados y un título oficial en turismo. Usaba sandalias de taco alto y falda apenas por encima de la rodilla, una cartera de cuero colgando del hombro y tenía un gran celular en su mano izquierda del que se desprendió sólo durante las comidas. Al verla, resultaba difícil creer que pocos años atrás esos accesorios hubiesen sido considerados una afrenta ideológica.
Al principio tuve que conformarme con que usara medias de nylon color piel, una costumbre anticuada que las norcoreanas todavía respetan incluso en el verano. Pero respiré aliviada cuando vi que llevaba en su blusa de seda azul un prendedor de fondo rojo y forma de bandera ondeante, con las caras del presidente eterno Kim Il Sung y de su hijo y sucesor, Kim Jong-il; era el mismo pin que, con variantes de forma y color, todos los ciudadanos norcoreanos deben prender en su solapa en señal de respeto a sus líderes.
Mi decepción inicial viró hacia la curiosidad cuando descubrí que los motivos de mi desencanto eran, en realidad, destellos de la relativa modernización que vive Corea del Norte desde que Kim Jong-un, el cuarto hijo de Kim Jong-il, se convirtió en el líder más joven del mundo en 2011 después de la muerte de su padre.
Viernes, 9 PM

A los 28 años, la edad dorada en que las mujeres coreanas deben casarse y formar una familia, mi guía trabajaba doce horas diarias para KITC, la agencia estatal de turismo, y vivía con su madre, que cada noche la esperaba con la ropa limpia para usar al día siguiente sin ocultar su preocupación ante la falta de tiempo libre de su hija para buscar marido. Miss Yu me contó esa noche ante un inevitable platito de kimchi, la comida típica del país, que hacía semanas que no iba al cine, ni a una sala de karaoke, ni a jugar al bowling o tomar una cerveza, los pasatiempos obligados para conseguir una cita romántica en Pyongyang. "Estoy demasiado cansada. Cuando no trabajo sólo quiero dormir o mirar la televisión."
La magra vida privada de mi guía turística está lejos de ser una excepción entre los casi 25 millones de norcoreanos que viven en el país, y es más bien la norma para los tres millones que llevan una existencia privilegiada en la capital. Lo excepcional es que en pocos años, el turismo extranjero en Corea del Norte pasó de ser inexistente a convertirse, junto con la construcción y la industria del entretenimiento, en el negocio más prometedor del Estado y en el que más esperanzas deposita el heredero de la última dinastía comunista del planeta.
Los guías, garantes de que las visitas transcurran sin sobresaltos, son parte del exclusivo grupo de norcoreanos libres de relacionarse con los turistas. Son, como Miss Yu, quienes abren la puerta de entrada a Corea del Norte y quienes la cierran cuando el día termina. Esa noche, como todas las noches, un enjambre de guías merodeaba en la entrada del Yanggakdo, uno de los dos hoteles cinco estrellas de Pyongyang en que pueden alojarse los turistas. Lo hicieron hasta asegurarse de que los extranjeros a su cargo estuvieran listos para irse a dormir o para entregarse a la barra de la cervecería de la planta baja, copada por contingentes chinos.
Miss Yu me despidió en la puerta de uno de los seis ascensores del hotel que llegaban hasta el piso 41°, donde estaba mi habitación. Su celular empezó a sonar antes de que la puerta automática se cerrara y Yu giró sobre sus talones para atender la llamada mientras se alejaba hacia la entrada del hotel. El ringtone de su teléfono resonó en el lobby durante unos segundos, suficientes para que yo pudiera reconocerlo. Era el estribillo de I will be right here waiting for you, la balada con que el cantante Richard Marx se hizo conocido en 1989, el último año de esplendor norcoreano antes de que el mundo se sumiera en la incertidumbre después de la Guerra Fría.
SÁBADO, 9 AM

La mañana siguiente empezó de la misma forma en que había terminado mi primera noche en la ciudad. Como si el tiempo no hubiese pasado, los guías circulaban por el lobby del hotel a la espera de que camadas frescas de extranjeros –la mayoría chinos– terminaran de desayunar y subieran a los micros para hacerles las mismas preguntas que el grupo anterior, y el anterior, y todos los anteriores.
Miss Yu charlaba con sus colegas junto a la puerta giratoria de la entrada, flanqueada por dos inmensos jarrones de porcelana con flores de plástico de colores. Llevaba la misma falda oscura y las medias traslúcidas del día anterior, pero esta vez se había puesto una camisa tornasolada de confección china, con encaje en los hombros, que era su nueva adquisición. Había cambiado su pin con forma de bandera por otro redondo, de fondo blanco y sólo con la cara de Kim Il Sung, en un triunfo del ingenio femenino norcoreano para lograr que la política combine con la ropa del día.
Era evidente que había hecho un esfuerzo discreto por parecerse a las chicas de Moranbong Band, las únicas estrellas pop de un país en el que, antes de Kim Jong-un, no había estrellas ni pop. A ellas, que en sus conciertos usan uniformes de corte militar y minifaldas, les atribuyen el mérito de que las norcoreanas estén modernizando sus peinados y su vestuario. Sin embargo, la disponibilidad de ropa importada y de marca (casi toda falsa) gracias al comercio y el contrabando chino, que abarca desde DVD y reproductores de MP3 hasta autos, tiene un límite en Corea del Norte. Los jeans todavía son considerados una encarnación "de la decadencia y el imperialismo de los Estados Unidos", y ningún norcoreano en sus cabales se atrevería a usarlos en público.
El resto de las reglas tácitas de vestimenta –las mujeres norcoreanas no pueden usar pantalones más que en el trabajo, por ejemplo– es poco más que historia. Durante un paseo por el parque central de Moran Hill esa tarde, unas profesoras jubiladas se mostraron encantadas de que yo quisiera sacarles una foto en el banco donde estaban sentadas a la sombra para resguardarse del sol de verano. Las cuatro cruzaron sus piernas, acomodaron sus carteras sobre el regazo y me sonrieron. Todas usaban pantalones.
Salimos a la vereda, amplia y radiante como todas las veredas de Pyongyang, y recorrí con la mirada los enormes complejos de edificios pintados en colores pastel, que le daban a la ciudad un aire ligeramente infantil. Por la ventana de mi habitación ya había visto que desde las 6 de la mañana cientos de personas caminaban lentamente o pedaleaban hacia el trabajo en sus bicicletas de estilo inglés ensambladas en el país. Pero ni siquiera tres horas más tarde, en pleno horario pico, se habían formado filas de pasajeros intentando subir como fuese a los pocos colectivos y tranvías que circulaban a ritmo de fin de semana. Pyongyang es, sin duda, una ciudad de peatones, me dije a mí misma.
La realidad me desmintió enseguida. Condicionada por la falta crónica de petróleo y las sanciones económicas que el mundo le impuso hace diez años en respuesta a su programa nuclear, Corea del Norte es un país de peatones. Pyongyang, en cambio, es una ciudad donde el transporte es un indicador inequívoco de estatus.
Las bellas señoritas uniformadas que controlan el tránsito ejecutan en silencio y con precisión de gimnastas las señales de paso de los vehículos. Y aunque siguen siendo la autoridad indiscutida de las calles, tienen un competidor inesperado desde que el gobierno empezó a instalar los primeros semáforos del país hace pocos años. Es el efecto colateral de los incipientes embotellamientos causados por los autos importados de China, la mayoría para uso oficial de funcionarios estatales, militares y diplomáticos, y un pequeño resto para el uso privado de la nueva clase media de Pyongyang, forjada al calor del comercio legal, pero sobre todo del ilegal, cada vez más tolerado por el régimen.

Recorrimos unos cincuenta metros y al llegar a la esquina del hotel, dando pitadas a un cigarrillo chino tras otro, nos esperaba el chofer que la agencia estatal me había asignado para recorrer en auto las calles anchas e impolutas de Pyongyang. El señor Pak no hablaba una palabra de inglés, al igual que la mayoría de los norcoreanos. Durante todo el día se limitó a intercambiar algunas frases con Miss Yu y a seguir fumando de forma compulsiva, sin importar dónde estuviésemos. Fumar es un placer barato en Corea del Norte compartido por la mayor parte de los hombres, incluido el propio líder, un gran fumador que no se priva de encender un cigarrillo durante sus visitas oficiales a hospitales, maternidades y orfanatos.
12 PM
El señor Pak terminó su octavo cigarrillo del día mientras pasábamos frente a la Torre Juche, el edificio más emblemático y alto de Pyongyang (sin considerar el hotel Ryugyong de 105 pisos, que está en construcción desde hace 25 años). La noche anterior yo había visto desde el hotel la llama roja encendida de ese monumento de 170 metros en forma de antorcha, y sabía que era una visita ineludible: la torre representa la idea Juche, la base ideológica del país, que Kim Il Sung definió como la autosuficiencia del pueblo norcoreano. O sea que Corea del Norte debe arreglárselas sin los extranjeros.
Miré a Pak durante unos segundos para ver dónde tiraba la colilla y de inmediato escruté la vereda. No había colillas, ni papeles de caramelos, ni caca de perro, ni un mísero rastro de la basura normal que puede verse en las calles de cualquier ciudad. Pensé que seguramente se debía a que en Corea del Norte el consumo es muy moderado –por razones económicas y motivos ideológicos, en partes iguales– y, en consecuencia, el descarte es insignificante. Pero la realidad era, otra vez, mucho más sorprendente.
Pyongyang es una ciudad sin basura, sin publicidad, sin delito y sin mascotas. Todo debe verse impecable, y eso significa que, por ley, todos los vehículos que ingresan a la ciudad deben estar relucientes. Para evitar las multas por circular con el vehículo sucio, por ejemplo, los camioneros que llegan del campo suelen detenerse unos kilómetros antes de la entrada para limpiar sus camiones y dejarlos sin rastros de tierra. El afán de limpieza no termina ahí; las calles también están libres de carteles publicitarios, como si recrearan el paisaje de una ciudad comunista antes de la caída del Muro.
La ausencia de publicidad y la inexistencia de Internet ejercen un efecto tan liberador como inquietante, que le imprime un extraño carácter analógico a la vida en Corea del Norte. Nadie googlea ni chatea ni mira videos de gatos en ese país donde los tres millones de celulares activos sólo se usan para hacer llamadas. Los norcoreanos que, como Miss Yu, saben perfectamente quién es Messi, se informan a través de un limitado sistema de intranet que controla el Estado.
Ese sistema fue lo primero que me mostraron cuando llegamos a la Grand’s People Study House, la biblioteca pública de Pyongyang donde los norcoreanos estudian, aprenden inglés, música y computación. Presenté mis respetos ante la estatua de más diez metros del primer Kim que se erigía en la entrada, una reverencia obligada con la que los extranjeros también deben cumplir, mientras me esforzaba por aclimatar mis ojos a la poca luz que había en el edificio. La ciudad, como el resto del país, vive una crisis crónica de energía, y la escasez de electricidad es parte de la vida diaria incluso en la biblioteca. Aunque ahí, al menos, no suele haber apagones súbitos como sucede en los supermercados y los restaurantes, donde las personas siguen su rutina sin alterarse, confiados en que la luz se restablecerá a los pocos segundos.
Entramos al ascensor, recubierto en madera al igual que en todos los edificios públicos que se construyeron en Pyongyang a fines de la década de 1980, y la ascensorista presionó con solemnidad el botón del segundo piso, donde estaba la sala de música. Era una habitación enorme, presidida por los retratos pequeños de Kim abuelo y Kim padre –los mismos que había en la sala de lectura, en las aulas de los colegios, en los vagones de subte y en las estaciones de tren–. Me senté en uno de los cuarenta escritorios individuales del salón, todos equipados con radiograbadores, a la espera de que mi guía trajera un casete de música argentina para mostrarme cómo estudian los norcoreanos que frecuentan el lugar. Unas adolescentes con aspecto de colegialas antiguas me miraban de reojo, emitían risitas nerviosas y escondían la cara cada vez que yo intentaba sacarles una foto. A diferencia de mi guía, no parecían acostumbradas a tratar con extranjeros.
Cuando volvimos a la calle, Pyongyang me pareció una ciudad imponente e irreal, casi artificial, llena de personas normales viviendo una vida previa a Internet, a la tecnología, el consumo masivo, la publicidad, la ropa deportiva y las selfies. No se escuchaban bocinas ni gritos en las calles, pero de lejos podía oír la melodía de Arirang, una canción tradicional convertida en el himno no oficial norcoreano, interpretada por Chongbong, las rivales de Moranbong. Ambas bandas fueron creadas por Kim Jong-un con la directiva de hacer música para el pueblo, algo que puede traducirse simplemente como propaganda política, pero que en Corea del Norte significa, además, música popular. Es decir, música para bailar.

4 PM
Los norcoreanos aprenden a cantar y bailar desde que son pequeños con la misma naturalidad que un chico argentino empieza a jugar al fútbol. De adultos siguen haciéndolo en los parques todos los fines de semana y feriados de verano. Por la tarde, el parque de Moran Hill, en el centro de Pyongyang, ofrecía esa y otras escenas cotidianas difíciles de asociar con Corea del Norte. Grupos de mujeres bailando coreografías típicas; parejas en uniformes militares tomadas de la mano; chicas con patines comprando helados en pequeños quioscos ambulantes atendidos por sus dueños; abuelos sentados a la sombra con sus nietos. En un país retratado como extraño e incomprensible, lo familiar resultaba inverosímil y lo excepcional, fascinante.
Miss Yu se veía cansada, pero aceptó resignada cuando le pregunté si podíamos acercarnos a la glorieta donde varios hombres, mujeres y niños bailaban al ritmo de canciones coreanas que reproducía un pequeño minicomponente a pilas. Una señora interrumpió su danza, me tomó de la mano, y sin esperar a que terminara de sentarme a su lado agarró dos palitos y arremetió contra los tuppers en los que había sushi, bollos de carne y papa, pollo asado, tomate con azúcar, papa rallada con vegetales, huevos de codorniz, pescado hervido, bizcochuelo, uvas y manzanas. Como si fuera su nieta, intentó hacerme probar un poco de cada una de las comidas que conformaban su picnic mientras yo buscaba la forma de explicarle con señas y sonrisas que no era descortesía, que yo no comía carne ni pescado.
Cuando entendió que no iba a llegar lejos con la comida, en lugar de darse por vencida, me acercó con insistencia vasos con jugo concentrado de limón, naranja y piña, y botellas de soju y cerveza. Al igual que el baile, el alcohol es parte de la vida diaria de los norcoreanos, y el alcoholismo es, probablemente, uno de los mayores problemas sociales desde que los japoneses introdujeron la cerveza en Corea durante la era colonial, entre 1910 y 1945.
Los picnics revelan uno de los aspectos más extraños de esa cultura alcohólica del país: los norcoreanos beben alcohol mientras cocinan con gas en pequeñas hornallas portátiles. Algo que sería peligroso en condiciones normales resulta natural en Corea del Norte, donde la leña y la electricidad son un lujo que ningún picnic podría permitirse.
Pero para asegurarse de que todos los ciudadanos sí puedan permitirse tomar cerveza, el Estado norcoreano compró una cervecería inglesa hace trece años y la trasladó pieza por pieza a Pyongyang. Taedonggang abrió al público en el año 2000, dando por tierra con los temores de que la fábrica era una fachada para producir armas nucleares. Hoy es la cervecería más popular de la ciudad y, por supuesto, sigue en manos del Estado, que hace pocos años emitió el único comercial de la televisión norcoreana para promocionar sus siete variedades: "Taedonggang es el orgullo de Pyongyang. Es parte de nuestras vidas".
Las mujeres casadas están de acuerdo; la cerveza es parte de la vida de cualquier norcoreano que haya terminado el colegio secundario. La señorita de la barra del hotel me explicó más tarde que todas las noches, las cervecerías reciben llamadas de esposas que quieren chequear si sus maridos están ahí tomando cerveza y que piden, por favor, que no los dejen volver demasiado tarde a sus casas.
9 PM
Cada noche, cuando los hombres vuelven a sus hogares, las mujeres salen de hacer las compras en alguno de los flamantes supermercados y los más jóvenes terminan su último partido de bowling, Pyongyang vuelve a ser una ciudad de peatones. Es una ciudad a oscuras, sin luces en las calles, donde la llama roja encendida de la Torre Juche orienta a quienes no viajan en auto ni tienen linternas en sus teléfonos celulares. Para los extranjeros, que contemplamos perplejos la rutina del país más hermético del mundo, es el final de un día desconcertante. Pero es apenas el final de otro día común para los norcoreanos de Pyongyang que, como Miss Yu, siguen adelante como si sus vidas, ajenas a los extranjeros, a la tecnología y a la publicidad, no fueran lo más extraordinario del país más misterioso del planeta.
Fotos Corbis, AP y Florencia Greco
Florencia Grieco






