
Quien calla no siempre otorga
Sería mejor no darle entidad a la pavada ni hablar sin estar realmente informado. Pero eso es tomado por una parte de la sociedad como cobardía o tibieza
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A veces callar no es necesariamente otorgar, como dice el refrán, sino optar por un silencio que reemplaza con ventaja al comentario superficial y epidérmico de temas que requieren mayor grado de reflexión y conocimiento teórico o empírico de los temas en cuestión.
Es claro que la libertad es libre, como se decía en tiempos de mi infancia, pero cuando se dan opiniones terminantes que pueden comprometer vidas ajenas lo menos que se les debe pedir a los declarantes es conocimiento y seriedad.
Pero ya se sabe que los seres humanos muchas veces cometemos el pecado del loro borracho, como llama el que esto escribe al borbotón de sentencias, refranes y lugares comunes que, como seres imperfectos que somos, solemos emitir estentóreamente. Esos comentarios irreflexivos desnudan nuestros prejuicios y falencias en forma contundente y muchísimas veces no están dichos con mala intención, pero pueden causar daños irreparables. Esto se pone muy en evidencia en estas épocas donde de la farándula a la política, pasando por el deporte y los casos policiales, cientos de personas capacitadas o no arriesgan teorías, conspiraciones, escandalosos comentarios sobre conductas privadas y tratamientos sensacionalistas y apocalípticos sobre todo, sobre todos. La vida íntima de los conocidos ha dejado de ser íntima por obra y gracia de los mismos protagonistas y por la difusión masiva de romances, infidelidades, negociados, dolos, estafas y supuestas bombas que en más de una ocasión han sido cortinas de humo, desmentidas a veces, o directamente olvidadas al ser relegadas por nuevas revelaciones sensacionales. Estas últimas se diluyen con el sagrado eslogan esto se aclarará en la justicia, y la señora Justicia está sepultada por expedientes que la paralizan más de lo que sería de desear con demandas que van desde lavado de dinero, narcotráfico, crímenes aberrantes, asesinatos, robos, estafas legales, cuentos del tío y vivezas criollas hasta conflictos entre figuras, figuritas, figurones y figuretis. Cuestiones como: demando a los que han dicho que mi cola está operada o bozal legal para los que me llamaron prostituta con el apodo de gato al que agregaron el calificativo cascoteado para aumentar la injuria. ¡No quiero dinero, pero si me dan alguna indemnización pienso donarlo a "comedores de villas de emergencia".
Ante tanto alboroto, sería mejor callar y no darle entidad a la pavada ni hablar sin estar realmente informado sobre cuestiones más trascendentes. Pero eso es tomado por una parte de la sociedad como cobardía o tibieza, sí, porque hoy en día quien piensa un poco antes de hablar al pedo es tratado de tibio. Y pensar que cuando yo era un niño la tibieza era otra cosa, era agradable sensación de bienestar. Era el término medio ideal entre lo gélido y lo caliente, era lo que te refrescaba sin darte un escalofrío, lo que permitía no quemarte lengua y paladar. Hoy, no, hoy es sinónimo de no se juega, no se arriesga, quiere quedar bien con Dios y con el diablo. O sea que dudar, evaluar, reflexionar, tener memoria y recordar qué cosas decían antes de los que hoy detestan muchos loros borrachos que cambian de opinión con más frecuencia de la que cambian de camisa, recordar de quiénes eran amigos los que hoy son enemigos y tomarse el tiempo para sopesar las cosas y no meterse en guerras que no son de uno, eso es cobarde y ruin. ¡Ay, ay, ay! ¡Qué épocas! Ya cambiarán y se olvidarán enconos y rencores, ya verás darse besitos a los que hoy se juran odio eterno y si Dios te da vida, vas a ver como el blanco y el negro cambian de lugar y lo más interesante y rico está en la infinita gama de grises.
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