QUIJOTE Y DULCINEA LLEGAN DE MADRID
Paloma San Basilio y José Sacristán debutan el 31 en el Gran Rex con El hombre de la Mancha. Antes de volar a Buenos Aires hablaron con la Revista del espectacular éxito que cosechó el musical entre la audiencia madrileña tras trece meses de presentaciones
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MADRID.- Trece meses de éxito en el teatro Lope de Vega, en la Gran Vía de Madrid, avalan a El hombre de la Mancha, el musical que, protagonizado por Paloma San Basilio y José Sacristán, se estrenará en pocos días más en Buenos Aires. Con cifras espectaculares en España (recaudación de 2070 millones de pesetas para 429 funciones, y 450.000 espectadores), la compañía decidió dar un paso más y viajar a Barcelona y Buenos Aires.
Serán 36 representaciones en Buenos Aires y se verá a un Sacristán instalado muy cómodamente en un espectáculo multitudinario, encarnando a Cervantes y a su antihéroe, y a una San Basilio con todo el poderío de su voz en el doble papel de Aldonza-Dulcinea.
El hombre de la Mancha es uno de los musicales de mayor éxito en la historia del género, por cifras de recaudación y gran respuesta del público tanto en Broadway como en Londres. El desaparecido Raúl Juliá y Sheane Easton protagonizaron la versión de Broadway, y Plácido Domingo y Julia Migenes grabaron una versión en CD.
La obra es una recreación del personaje de Miguel de Cervantes, en la que se funden pasajes de El Quijote con hechos reales de la vida del autor. La trama se desarrolla en la España de finales del siglo XVI. Con libreto de Dale Wasserman, música de Mitch Leigh y letra de Joe Darion, fue estrenada el 22 de noviembre de 1926 en el Auta Washington Square Theatre de Nueva York, con Richard Kiley, Irving Jacobson y Joan Diener. Y aunque al principio muy pocos apostaban a ella, se ha representado en 50 lenguas y la han visto más de cien millones de espectadores en el mundo. Entre las celebradas piezas que componen la partitura se destaca El sueño imposible, del que se han hecho muchas versiones en música pop y bel canto. La versión en castellano ha sido realizada por Nacho Artime y Roger Peña. La escenografía es obra de Gerardo Trotti y la dirección ha estado a cargo de Gustavo Tambascio, ambos argentinos radicados desde hace tiempo en España.
Paloma y Pepe, pareja con muy buena química, volverán a actuar y cantar sin que se note un segundo de cansancio. Ellos hablan de lealtad, de complicidad, de un misterioso hilo conductor que los relaciona con total naturalidad sobre el escenario (y fuera de él también). Habrá que verlo.
Paloma como Evita
Paloma San Basilio tiene 48 años y es soltera, porque, aunque estuvo casada, anuló su matrimonio. Tiene una hija de 25 años que quiere dedicarse a la música. Ha cantado con Plácido Domingo y con José Carreras. Confiesa ser la protagonista de muchas de las letras que compuso (La fuerza de amar, Hay un largo camino, Por qué me abandonaste) y reconoce que tal vez descuidó su vida sentimental en pos de su profesión.
Su casa es amplia, luminosa, acogedora. Me reciben tres perros. Y luego su hermana, amistosa y cálida, que nos da conversación y ofrece un exquisito café. Enseguida llega su representante, Fernando Alvarez, y comienza la entrevista. Por suerte, tengo mi grabador. Si hubiera querido tomar apuntes, hubiera sido imposible. Paloma es locuaz, comunicativa y habla velozmente.
-¿Cómo programó esta gira a la Argentina?
-Con mucha ilusión. No puedo evitar la excitación de encontrarme con otra gente y todo lo que significa el cambio de estar en otro país, tropezarte con otro acento y otras costumbres. Unamuno y Ortega decían que el nacionalismo se quitaba viajando, y es así. La Argentina es un país que tanto Pepe como yo conocemos mucho. Hemos estado varias veces; el público nos trata muy bien y resulta apetecible que los dos nos juntemos para mostrar este proyecto con el que nos ha ido tan bien en España y en el que hemos puesto todo el cuerpo y todo el corazón.
-¿Qué le pasa a usted por el cuerpo cuando hace este musical?
-Como mi espíritu es un espíritu libre congenio muy bien con la libertad del musical, que es un género difícil de entender, de encasillar y de definir, porque es muy abierto. Lo quería hacer desde hacía tiempo, pero lamentablemente a veces no encuentras ni el personaje ni la música que te atraigan. Y, lógicamente, tienes que contar con más ingredientes suficientemente atractivos como para meterte en un teatro, estar todos los días en el mismo sitio y parar un poco toda otra actividad. Lo que me pasa por el cuerpo cuando hago un musical es una especie de regeneración maravillosa, me identifico mucho con mi personaje.
-Identificarse... ¿Por qué?
-Porque para mí sería muy difícil hacer un personaje con el que no tuviera nada que ver. Y lo bonito de Aldonza es que es una mujer de esas que me gustan. De alguna forma, tiene mucho que ver con Evita. Es curioso porque son dos personajes un poco paralelos, gente que viene de clases desarraigadas, en distintas épocas de la historia del hombre, pero que son mujeres fuertes, que luchan y que a través de un hombre consiguen buscar una salida a su existencia. Creo que Aldonza es una mujer muy de nuestro tiempo, que puede estar en cualquier parte del mundo, con los talibanes, los kurdos o quien quieras; una mujer maltratada a quien no han dado oportunidades de ser nada, simplemente un objeto de uso y desuso, pero que intenta mantener la distancia y la dignidad dentro de la situación en la que se encuentra. Es un personaje muy bello, con un punto de inocencia muy maravillosa.
-Sí, hay toda una carga de idealismo en esta historia, tal vez con una actitud un poco ingenua.
-No creo que sea ingenua. Es una ilusión auténtica. Yo creo que lo más bonito de este personaje y de este musical es que estamos jugando con la utopía, con la búsqueda de los sueños imposibles y con la idea de que se pueden conseguir. La confianza en uno mismo, el no rendirse, no tirar la toalla, el no conformarse con la realidad. Eso es lo que nos dice.
- El hombre de la Mancha en España no sólo ha sido un boom, sino una verdadera punta de lanza dentro del género.
-Nosotros somos un país con un punto de masoquismo y siempre pensamos que las cosas no van a funcionar y que todo va a ser más difícil que afuera. Mis dos experiencias fueron los mayores éxitos teatrales de todo el país en las últimas décadas. Una fue Evita, y otra El hombre de la Mancha. Siempre he defendido al musical como el multimedia del futuro al que no podrán sustituir otros géneros. El teatro y la ópera son más minoritarios. El musical puede venir a verlo un padre con un abuelo y un nieto; se aglutina a una familia en torno de un espectáculo. Pero el musical hay que hacerlo con un nivel de inversión muy fuerte, con gran imaginación, apostando y estimulando a la gente para que salga de su casa a ver una oferta totalmente distinta que no va a encontrar en ningún otro sitio.
-También implica una formación específica en cuanto a la interpretación.
-Hoy hay escuelas donde los jóvenes pueden formarse pensando que hay un futuro posible. La gente no se preparaba porque no había musicales. En los últimos castings se ve gente muy preparada y, además, son multitudinarios. Esto permitirá a la gente hacer esas pruebas una o dos veces al año, generará escuela y hará que viajen por el mundo haciendo casting en Londres, Nueva York o Buenos Aires. A los que empiezan a cantar yo les recomiendo que se metan en el teatro porque van a conocer una forma de comunicarse con el público muy distinta. Como cantante, tú sales y cantas a la gente y le hablas casi mirándole a los ojos. En cambio el actor hace su trabajo independientemente del público.
-Como espectadora, ¿también es fan del género?
-Soy una enamorada del musical y de las películas musicales desde pequeña. Me crié en Andalucía, en el sur de España, y la música allí es una forma de lenguaje muy especial; los niños cantan y bailan en las calles de manera natural. Es una forma espontánea de comunicarse. Una vez que me dediqué profesionalmente a cantar, cada vez que he viajado he ido a ver Chicago, Cats, Cantando bajo la lluvia, hasta dos o tres veces.
-Parece que después habrá otra obra junto a Sacristán.
-Sí, hay propuestas para hacer con Pepe Mi bella dama a fines de este año. Estamos muy a gusto trabajando. Aparentemente somos muy distintos, pero damos mucha credibilidad arriba del escenario y entonces, ¿por qué no aprovechar ese juego?
-¿Dejaría por esto su carrera como solista?
-Me he apartado. Estoy totalmente manchada. Hasta que comiencen las funciones en Buenos Aires estoy preparando el material de un nuevo disco para, después de mayo, meterme de lleno en la grabación. En verano tendré conciertos, una gira por América, y en septiembre presentaré mi último trabajo. No lo he dejado, simplemente estoy compaginando tareas diferentes.
-Usted tiene una hija de 25 años. ¿Cómo es su relación con ella?
-Es la relación de una madre de este tiempo, la que me ha tocado vivir y la que he elegido. Estoy encantada. En otra época de la historia me hubiera sentido fatal, porque la mujer siempre ha tenido que luchar con un montón de esquemas sociales y roles predeterminados, con un destino muy pautado. Una de las grandes conquistas del siglo XX ha sido -ojo, todavía hay naciones que esto ni lo huelen- que el hombre y la mujer puedan trabajar codo con codo y estar juntos como compañeros, cómplices y pareja. Todos hemos salido ganando. Mi relación con mi hija pasa por esas coordenadas abiertas. Hay un gran acercamiento, complicidad, capacidad de hablar de cosas y, al mismo tiempo, la dificultad de la pérdida de la jerarquía, que era cómoda para todos. Aunque sea difícil yo reivindico una maternidad más rica, íntegra. Creo que los hijos salen beneficiados.
-Y ella también quiere dedicarse a la música.
-Se lo está tomando en serio. Sabe música, toca el piano y es probable que yo colabore con ella en el primer trabajo que haga. Pero quiero dejarle su espacio.
-¿Son importantes los apoyos familiares en una carrera como la suya?
-Indispensables. Pero no soy de las madres que quieren una versión de sí misma, clónica, pero en versión superada, mejor.
-¿Es de las personas que hacen balances?
-No creo en absolutos ni creo en la perfección y si existe, seguro que no me va gustar. Doy por hecho que hay un montón de cosas que he hecho mal y que las he intentado hacer mejor aunque no hayan salido a veces como yo quería. Sí me siento orgullosa de todo el aprendizaje que me han dado esas equivocaciones. Creo que he cambiado para mejor a lo largo de los años, he ido ganando mis propias batallas y, sencillamente, he dejado de pelearme con las batallas que no tenían por qué existir. Si hago balances el resultado es bastante bueno; hay armonía entre lo que era, cuando nací, lo que soy y lo que quise ser. Y si hiciera un recuento de lo que hice mal, seguro que sería muy largo. Cuando empezaba mi carrera yo decía: quiero ser la número uno. Hoy me río mucho de eso, porque venía de una especie de prepotencia que tienes en cierta etapa de tu vida. Con el tiempo te das cuenta de que lo importante no es competir, sino desarrollar lo que tú puedes hacer y seguir buscando, creciendo.
Las utopías de José
No podía fallar. José Sacristán, recuperado de una gripe culpa de la insistente ola de frío europea -llegó el euro y también las heladas-, pero con la bufanda al cuello, me cita en el Café de los Austrias. A un paso de su casa, este típico café del Madrid antiguo, en la plaza de Ramales, junto al Palacio de Oriente y el Teatro Real, se ha convertido desde tiempo atrás casi en su segundo hogar. O su tercero, si pensamos en la maravillosa casa de campo que tiene en Peralejo (la que con tanto detalle y dedicación había decorado Leonor Benedetto, durante aquellos felices años), a 40 kilómetros de Madrid. Pero es en los Austrias donde Sacristán, en época de temporada teatral, desayuna, lee el periódico, toma el cafelito de la tarde, se encuentra con amigos, convoca a los periodistas. Un lujo ver cómo el sol entra tibio por los cristales, pero nos ubicamos finalmente en el fondo del local, lejos de la gente y el ruido.
"Yo soy más fatalista que Don Quijote y no tengo tanta fe en los ideales como él -subraya-. Pero, en fin, aquí estoy y mi lugar en el mundo es aquel donde tengo amigos, trabajo y complicidades, repartido entre Madrid y Buenos Aires, ésa es la verdad. Hace cuatro años que no voy allí y espero ansioso reencontrarme con gente que quiero mucho."
-¿Qué resortes ha puesto en juego para esta aventura de actuar y cantar?
-Cuando me lo ofrecieron, hace ya más de dos años, pensé que era una oportunidad. El papel era una maravilla y no tenía claro que podía volver a cantar, pero tomé clases de canto, dejé de fumar... Algo que pensé que sería un sacrificio y, sin embargo, ya ves, aquí estoy, muy íntegro... Pero ha sido una aventura de trabajo que ha excedido los límites del ámbito profesional dado el éxito con carácter casi de acontecimiento. Por lo tanto era muy gratificante no sólo para el actor, sino también para el ciudadano Sacristán hacerse cargo de don Miguel de Cervantes y de su criatura, Don Quijote.
-¿Cuáles son los temas que atrapan al público de hoy?
-No se sabe. Si se supiera, no se harían tantas porquerías en Hollywood. El mundo del espectáculo es un misterio y hasta último momento, ¿quién acierta? Por eso lo de El hombre de la Mancha es curioso. Pensamos que en estos tiempos de la Europa de hoy, del euro y los mercaderes, por llamarlos de una manera más o menos amable, rescatar los sueños imposibles, las utopías, es válido para la gente. Fíjate, el punto de venta de este producto era uno, el teatro Lope de Vega, en un momento en que en los hipermercados regalan productos y están llenos los domingos a la tarde, y ha tenido más público que la película más taquillera de España.
-¿Cómo se acercó al género?
-De cabeza, con toda la ilusión del mundo y con sentido de la responsabilidad. Yo no acepté hasta que mi profesora, Inés Rivadeneyra, me dijo que podía cantar, después de un mes de tomar clases. Sé que mi voz no es maravillosa, pero la uso con dignidad.
-Pero, ¿no le asustaba un poco el contrapunto con la rotundidad de San Basilio?
-Al contrario. Era un reto y tiré palante, con la certeza de que iba a salir bien. Podía pensar que iba a hacer el ridículo al lado de Paloma, pero al contrario, me he sentido acompañado por ella y por la compañía. Además, en este oficio, como en cualquiera, si te estancas y no apuestas, no intentas cambiar... no creo que valga la pena. Parafraseando los libros de caballería, diría que cumplo dignamente la misión que se me ha encomendado.
-Lleva 40 años de profesión. ¿Ve a los jóvenes actores con genuinas ganas de lanzarse a la escena o un poco contaminados por la televisión y el cine?
-La correa transmisora de estados de emoción que son las actrices y actores no desaparece. Trabajas para medios distintos y ahora las series de televisión son las que más dan de comer... Eso no es lo ideal para un actor, porque se trabaja contra reloj y no hay tiempo de estudiarse el personaje ni saberse los diálogos, pero la gente vive con dignidad.
-En un reportaje, comentó que ser actor en España es una temeridad.
-Ser artista es un accidente. Siempre digo que un actor en España es como un torero en Suecia o Islandia. En realidad, todo se ha domesticado mucho, demasiado... Entiendo este trabajo de una manera dinámica, siempre exigiendo y exigiéndome, que cada personaje me inquiete, me sorprenda. Y como estamos en la ley de la oferta y la demanda, he hecho algunas veces cosas que no me convencían demasiado. Hoy puedo decir que mi vida y mi trabajo han sido y siguen siendo muy interesantes.
-¿Sigue contando cuántos años cumple? Acaba de cumplir 61.
-No tengo problemas. Yo nunca he tenido eso que se llama crisis de la edad, pero me doy cuenta de que hay una cuenta atrás, de que hay cosas que no voy a vivir, ciudades que tal vez no conoceré. Pero no lo vivo de manera dramática.
-¿Dónde se siente más cómodo?
-Vivo entre Madrid y Peralejo. Voy a menudo a Chinchón, donde vive mi padre, que cumple 89 años y está fantástico. Ese es mi ambiente, con Venancio, la tía Nati, la gente que siempre ha sido la mía. Por eso, de mi carrera lo que me satisface es haber encarnado al españolito típico, ni muy tonto ni muy listo, ni feo ni guapo.
-Hay un proyecto de cine entre manos, ¿no?
Una película dirigida por Aristarain, en España, y con Federico Luppi, Eusebio Poncela y Sancho Gracia. Se está trabajando el guión y creo que se llamará Una furtiva lágrima. Una propuesta muy cautivante para un actor. Ves, no me puedo quejar aunque el mundo vaya como va.
-Y de amores, ¿cómo andamos?
-Ya hace cuatro que tengo una historia que funciona, con la que estoy bien. (Nota: ella es Amparo Pascual, una treintañera y atractiva actriz española.) El amor... no hay manera de medirlo. -¿Qué le diría al público argentino para que vaya a ver El hombre de la Mancha?
-Que es un espectáculo formidable, como no es habitual, que tiene un contenido respetuoso y de conocimiento del trabajo de Cervantes. La idea es que el sueño imposible del que habla la obra no es más que el reflejo de la utopía y responde a una de mis preocupaciones personales: por qué vivir la vida tal cual es y no como debería ser.
Mucho, bueno y caro
Luis Ramírez, de 34 años, es el productor y el inversor de los 400 millones que costó la puesta. La escenografía es espectacular y los decorados son un alarde de tramoya. Se requieren 30 cambios por función. Hay una muralla de 3000 kilos que sube y baja con gente encima y en su elaboración, hecha a mano, han trabajado más de treinta personas. Se usan 20 motores y poleas para mover el decorado que pesa alrededor de 15.000 kilos.
Toda la ropa blanca de cada función se lava y plancha a diario.
Hay en juego 280.000 vatios por función, 42 focos móviles y cuatro cañones controlados por los técnicos. Se han diseñado 1000 movimientos de luces y cuatrocientos cambios de luz por función.
Paloma San Basilio tiene nueve cambios de vestuario. Se necesitaron 70 personas para confeccionar el traje de Dulcinea, bordado con hilo de oro y lentejuelas metálicas de arriba abajo. El vestido pesa 20 kilos. La actriz cambia enaguas, vestidos y peinados en 4 minutos y hay un cambio récord de 15 segundos.
El diseñador de vestuario Jesús Ruiz ha creado los 200 trajes para los 37 actores. A esto se suman 90 pares de zapatos, 40 sombreros y 25 cascos. Todo ha sido hecho a mano y han participado en su confección ocho talleres y cuatro sastrerías.
El diseño de peluquería también es sorprendente, casi moldeados escultóricos. Se hicieron 55 pelucas y postizos utilizando, en algunos casos, pelo natural y, según han comentado, auténtico pelo chino. El presupuesto en este rubro ha sido de unas 3.500.000 pesetas, llegando a costar algunas pelucas 150.000 pesetas.
Trotti, un argentino en el decorado
El escenógrafo y realizador de los grandiosos decorados de El hombre de la Mancha es un argentino que vive desde hace casi veinte años en Madrid.
Nacido en Santa Fe, en una colonia de piamonteses, Gerardo Trotti se trasladó en su adolescencia a la ciudad de Córdoba y estudió arquitectura en la Universidad Católica de Córdoba, de donde egresó con el Premio Universidad como mejor arquitecto de su promoción. El entusiasmo por hacer un máster en su especialidad lo llevó en 1981 a Londres, pero el ambiente y el cambio de vida lo llevaron a dedicarse a la pintura en vez de estudiar. De ahí dio otro salto a París, donde participó en varias exposiciones individuales y colectivas, hasta que en 1985 probó suerte en Madrid. Instalado definitivamente, creó su propio taller de realización escenográfica -hoy uno de los más importantes en España- e inició su trayectoria como diseñador de espectáculos teatrales.
"Desde el comienzo la crítica me apoyó y así, sin darme cuenta, de pintar telones y lienzos me convertí en escenógrafo."
La escenografía de El hombre de la Mancha se trabajó en tres niveles de espacios: la realidad de Cervantes, la realidad del Quijote y sus sueños.
"Como todos los musicales con gran cantidad de movimientos, tiene una escala majestuosa, monumental, porque con un pequeño formato no se iba a lograr el efecto que se quería. Trabajamos con falsas perspectivas y bajos relieves gigantes", explica Trotti.
El hecho es que han conseguido, por ejemplo, que un muro parezca cruzado en diagonal sobre el escenario cuando en realidad está plano. La casa parece tener 3 o 4 metros de profundidad y tiene sólo 80 cm reales, un espacio mínimo en el que apenas cabe Paloma San Basilio y que luce como gran terraza. "Esta propuesta nos metió en una dinámica de estudiar perspectivas muy forzadas, pero que en ningún momento las detectas. Esa es la característica de esta escenografía. El desafío es ver cómo los espacios que uno diseña producen en escena fenómenos más interesantes de los que pensabas."






