Recuerdos frescos del rock Chabón

Un país que se abría al mundo y una música que parecía cerrarse. Los 90 y su caleidoscópica formación sentimental.
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5 de abril de 2017  • 10:54

Por Santiago Llach

Quizás como un revival de los 70 –cuando futbolistas argentinos y holandeses lucían luengas cabelleras–, a principios de los 90, en Argentina, empezó a cundir también la obligatoriedad del pelo largo. ¿Cómo olvidar esas obras de arte conceptual que hacían con su pelo Fernando Gamboa, el Turco Mohamed, Amato o Boldrini? Mezcla de hipsters y guerreros indianos, metrosexuales avant la lettre, hacían roncha como héroes de cabotaje en la mente de los jóvenes X que nos lanzábamos a la adultez en las calles de Menem.

Pinar de Rocha, Margarita Rock’n’roll, las playas de Gesell y de la Ilha de Florianopolis se llenaron de pelos largos que ya no eran extraños, que ya no asustaban: todos, grandes y chicos, empezamos a darnos cuenta de que la revolución no era para tanto, que era estética, privada, capilar.

En las catacumbas de San Telmo, obligando al ritual de patear latas en calles empedradas y madrugadas, empezaban a llegar de conurbanos más o menos acomodados o no algunas bandas. Los Piojos, los Caballeros de la Quema, Viejas Locas apareaban el clasicismo beatle y stone con un decir tanguero; la versión de “Yira yira” del disco debut de Los Piojos, yerba de ayer zumbada por guitarras ardientes, era la síntesis de esa búsqueda de una época en la que el rock ya empezaba a ser parte de la tradición heredada.

Divididos y Las Pelotas, con músicos más grandes y de pelo más corto, llegarían a ser mucho más populares y duraderos que la breve y fundacional banda de Luca. Trajeron virtuosismo, corazón y reminiscencias telúricas al rock de la época. El público que los escuchaba se parecía bastante al de las nuevas bandas de pelo largo.

Yo, nacido y criado en la estigmatizada Zona Norte, chico más o menos bien, quería un poco de aventura. En la casi inexistente escena del rock en San Isidro, lo más al alcance eran dos excelentes bandas homenaje: una a Genesis y otra a The Police. Todo rubio.

En aquellas bandas masculinas y rockeras encontré la mezcla de lirismo y crudeza que me dejó tramitar la vida de joven adulto en el capitalismo epicúreo de Carlos Menem.

Aunque ninguna de ellas cultivaba consignas, sí se permitían remitirse a posiciones políticas prudentes, a las del antiautoritarismo tan caro al imaginario del rock: un escenario que permitía a la vez defender libertades básicas y cursar la violencia hormonal.

Una tarde, caminando por el centro, entré en una disquería de culto y leí por primera vez, en un separador de discos, la etiqueta “rock chabón”. Aunque la palabra es previa y lunfarda, dio en una tecla al homenajear implícitamente el angloargentinismo del último disco de Sumo, After Chabon, lanzado dos meses antes de la muerte de Luca. Hiperinflación mediante, como toda etiqueta, por momentos (y luego ya mutada en “rock barrial”) sería un estigma que tardaría en disiparse. Después de la aparición de La Renga, de Callejeros y de La 25 (una especie de escalera estética descendente desde el punto de vista de las tradiciones más vanguardistas del rock), y sobre todo después de Cromañón, sería un lugar del que escapar. En aquellos 90, Hermética presionaba también desde el metal el imaginario de una juventud en busca de sentido.

Presidiendo ese espíritu desde la oscuridad pero cuidándose de no quedar pegados a nada, los Redondos llevaron la música más allá de todo límite. Quienes estuvimos ahí no podemos dejar de recordar esas orgías musicales multitudinarias en Huracán, el Centro de Exposiciones, el Autopista Center: un exceso de testosterona por donde se lo mire, pero sampleado por la poesía adictiva de Patricio Rey, por sus cantos di combattimento. El “chabón”, dirían en la facultad de ciencias de la sarasa, era el sujeto social de esos recitales: el joven argentino, mitad venido de los barcos, mitad de las pampas, en cueros y en jean, transpirado y entregado al choque en el pogo, sorbía masculinidad auspiciado por el marketing (mentira y verdad a la vez) de la rebeldía.

La vida, la vida propia, la propia identidad, es una mezcla de estructura y de ensalada, de influencias caleidoscópicas y basales. Si el rock chabón se regodeaba un poco en lo berreta, los chicos de 1990 recibimos también los influjos de un nuevo sonido mundial: el grunge y su parentela. Las camisas leñadoras encima de remeras y las barbas de Nirvana y Soundgarden jugaban al compás de las luengas cabelleras de ese rock que acá, en un país que se abría al mundo, parecía reaccionar con una tonalidad de encerrona, de repliegue.

Era un mundo de varones. Las guitarras se distorsionaron para acallar el Sentido cuando fuimos jóvenes; toda esa energía fue hermosa; no sé si aportó algo nuevo ni adónde fue a parar.

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