
En el zoológico porteño funciona un programa de recuperación del ave insignia del continente y sagrada para los pueblos originarios. Cómo hicieron para repoblar el cielo patagónico con pichones criados por títeres.
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En la pantalla de la laptop de Luis Jácome hay un mapa satelital que muestra una parte de Río Negro y Chubut, desde el mar hasta la cordillera. Una línea blanca se empieza a mover y dibuja una suerte de estrella sobre el territorio, después hace líneas más largas, que llegan más lejos. Va hasta Chile, vuelve al punto de partida, va hasta la Costa Altántica, se mueve en sentido norte-sur y luego empieza a hacer un ping-pong entre dos puntos cercanos. El garabato es el vuelo de Alcamán, un cóndor de 9 años nacido en el Zoológico de Buenos Aires que ahora habita la Patagonia. Un transmisor satelital en su ala derecha permite a Luis, director del Programa de Preservación del Cóndor Andino, interpretar qué está haciendo y qué le está pasando a una de las cincuenta crías nacidas en el corazón de la ciudad y liberadas en las sierras de Pailemán, en Río Negro.
Esos movimientos que hizo Alcamán los primeros meses en libertad fueron su aprendizaje de vuelo. Fue adonde el viento lo llevó, literalmente. Después de que aprendió a administrar su fuerza y a planear con los tres metros de envergadura que le dan sus alas desplegadas, fue adonde quiso. "Para él, irse hasta Chile o volver a la Costa Atlántica es algo de rutina, lo puede hacer varias veces al día", dice Luis. Pero en marzo algo cambió: su vuelo parecía un peloteo entre dos puntos y llamó la atención del equipo que dirige Luis. "La culpable es Sayhueque, otra que liberamos". La pareja de cóndores anidó, puso un huevo, y ese hijo es uno de los seis pichones que hasta entonces nacieron de padres liberados en una zona donde el cóndor se había ido.
Cada pájaro tiene nombre, se sabe quiénes son los padres, cómo fue su evolución, cómo es su carácter y qué le interesa.
El cóndor es un ave longeva y su estrategia de reproducción es muy lenta. La madurez sexual la alcanzan a los 10 años y, a partir de ese momento, cuando arma su pareja, pone un huevo cada dos o tres años. "Si matás un cóndor adulto, necesitamos veinte años para reponer el lugar biológico que ocupa", dice Luis.
<b>Alto en el cielo</b>
El cóndor es insignia. Está en el logo de Aerolíneas Argentinas, en los escudos de Chile, Colombia, Ecuador y Bolivia. Es el ave voladora más grande del mundo. Y es sagrada para todos los pueblos originarios de América latina: es el mensajero con el cosmos. Mide 1,20 de altura, llega a los tres metros de largo cuando despliega sus alas y pesa alrededor de doce kilos en la adultez. Cuando encuentra un animal grande para alimentarse, puede llevar en el embuche del pecho hasta cuatro kilos de carne y ayunar por siete días. Si tiene ganas, puede volar trescientos kilómetros en un día a 120 kilómetros por hora a muy alta altura.
Cuando comenzó el Programa de Preservación del Cóndor Andino en 1991, la especie estaba amenazada por varios motivos. El principal era la desinformación: los paisanos creían que el cóndor cazaba el ganado, por eso lo mataban. Después de un trabajo de concientización en las zonas que habita, el envenenamiento se convirtió en el problema más grave: los productores tiran agroquímicos a los animales cazados para matar al depredador y, en vez de lograrlo, intoxican a todos los carroñeros.
Para revertir la situación, el Zoo creó dos frentes. Por un lado, aumentar la tasa de reproductividad mediante la incubación artificial en aislamiento humano; y por el otro, replantar la especie en las zonas que abandonó hace cien años, como la Costa Atlántica. ¿Cómo se resuelve lo primero? Con una estrategia organizada y sostenida entre muchas entidades: se creó una base de datos con los cien ejemplares en cautiverio del país y Latinoamérica, se los dividió por sexo, edad, etapa madurativa y carácter. Así, se armaron parejas reproductivas y se estableció un protocolo de acción.
El pájaro le dedica muchos años a la cría de su pichón. Pero en cautiverio hay estrategias para engañar el ciclo natural. La reproducción artificial y la cría en aislamiento humano aceleran los procesos lentos de la naturaleza: la pareja pone un huevo, los biólogos se lo retiran para criarlo en incubadora y, como las aves creen que se rompió, al mes ponen otro. Ese segundo huevo se lo dejan a los padres y el primero se cría en aislamiento. Así se logran dos crías en un mismo momento. Al año siguiente la pareja vuelve a poner un huevo, y se repite el circuito. En el tiempo en que el ciclo natural del cóndor hubiera dado un pichón, con la reproducción artificial se obtienen cuatro crías en dos años.
<b>La nursery</b>
Cuando la pareja pone el primer huevo –que puede ser en otros zoológicos y, en ese caso, el Zoo de Buenos Aires va a buscarlo con la incubadora portátil–, se lo lleva al laboratorio que está oculto entre las jaulas de los monos y los elefantes, a metros del caos de tránsito de las avenidas Sarmiento y Santa Fe. Ahí se lo mide y se lo pesa. Un huevo promedio cabe en una mano: tiene once centímetros de alto y siete de ancho, con trescientos gramos de peso. Se le hace una ovoscopia para chequear que no haya ninguna fractura y al noveno día se sabe si es fértil. Los controles se repiten todos los días durante dos meses, hasta que empieza a cascar.
Este es el momento de mayores cuidados. Los veterinarios y biólogos rotan el huevo tres veces por día, van chequeando la posición del pichón y se preparan para asistirlo en su nacimiento. Eso ocurre el día 56. "Cuando el pichón entra en este proceso, nosotros nos venimos a dormir acá tres noches seguidas para ayudarlo y asistirlo", cuenta la bióloga Vanesa Astore, miembro del equipo que lidera Luis.
Luego lo aíslan del contacto humano y va a la nursery, un box pequeño con vidrio espejado donde usan los títeres de látex que hizo Néstor Segade, escenógrafo del Teatro San Martín. El aislamiento es clave porque es un ave fácilmente domesticable y el objetivo es que no tome cariño con el humano, porque cuando lo liberen el riesgo de que lo maten aumenta.
Hasta los sesenta días los mantienen a oscuras para simular el hábitat natural de la cueva. Después de esa fecha, los llevan a unas jaulas en el exterior y, poco a poco, empiezan a recibir la luz solar. Al quinto mes de nacido, el Zoo de Buenos Aires va a buscar el segundo huevo que puso esa pareja de cóndores, lo junta con el hermano y otros pichones, y así prepara una manada para liberar.
La Costa Patagónica había sido habitada por los cóndores desde siempre, pero no quedaban rastros de ellos cuando Luis y Vanesa salieron a la ruta a buscar su lugar natural. Allí se toparon con la meseta de Somuncurá, una reserva biprovincial entre Chubut y Río Negro. Era una isla que, cuando el mar se retiró, generó endemismos únicos en el mundo. La zona es fértil y hay mucho ganado, las sierras de Pailemán tienen buena altura y están cerca del mar. Las condiciones para reinsertar la especie estaban dadas: allí hicieron su primera liberación.
Dos profesionales que viven en el campo de manera permanente asisten y controlan los ejemplares liberados. Los conocen a la perfección: cada pájaro tiene nombre, se sabe quiénes son los padres, cómo fue su evolución, cómo es su carácter, qué le interesa. En Pailemán ya son cuarenta los cóndores liberados; seis de ellos, como Alcamán y Sayhueque, ya tuvieron crías en libertad.
En el Zoo también hay un Centro de Rehabilitación para los cóndores que se encuentran en el campo, al lado de la ruta, en cualquier parte del país. Junto con Gendarmería, todos los Parques Nacionales, las Direcciones de Fauna y Aerolíneas Argentinas, se activa un mecanismo para trasladarlos a Buenos Aires, recuperarlos y luego liberarlos en el mismo lugar que fueron encontrados.
Antes de las liberaciones que ocurren cada año, el equipo del Plan de Preservación del Cóndor Andino convoca a la comunidad de la zona, organizan una ceremonia mapuche con los chicos de las escuelas rurales y, entre todos, hacen el mismo pedido: que llueva. Y siempre llueve el día de la liberación.






