Resucitar

Muerte y resurrección son los ejes de este exquisito relato que celebra la vida. Lejos de la grandilocuencia de ángeles y demonios, Vicent rescata cada momento como un instante de gloria, y lo acompaña con un verso de Ovidio
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4 de mayo de 2003  

El año de mi muerte los ataúdes aún los fabricaba de encargo el carpintero, después de tomar las medidas. Cuando alguien moría por la tarde, se oía en todo el pueblo a altas horas de la madrugada la sierra mecánica del señor Trinitario cortando los tablones de pino.

Esta vez aquel sonido estremecedor se debía a mi persona. Era un día de primavera, un Viernes Santo, creo saber. Yo jugaba en un jardín donde había una alberca vacía, en uno de cuyos ángulos se levantaba una pilastra cubierta de hiedra. Al tratar de subirme a ella, caí de espaldas hasta el fondo y fui a dar con el cogote contra la base de hormigón.

Con el golpe llegó la oscuridad instantánea a mi cerebro. Quedé en coma profundo tres días. En su último parte, el médico dijo a la familia: "Si mañana no resucita es que ya está muerto. Avisen a Trinitario".

Sin ser Dios, sino un niño de siete años, después de bajar a los infiernos, yo también resucité el Domingo de Gloria. De pronto, de buena mañana, mientras el primer sol de Pascua iluminaba a los jilgueros, abrí los ojos, me agarré a la barandilla de la cama metálica y, según me han contado, pedí lo primero a mi madre que me hiciera una tarta de merengue.

Durante esa breve excursión por el otro mundo, aunque después no recordara nada, hice amistad con algunos ángeles y demonios; también conocí personalmente a varios dioses de la antigüedad y departí con otros muertos como yo que, al parecer, no tenían ningún interés por volver de nuevo a esta vida ordinaria.

Pensé que resucitar era una obligación y desde entonces creo que vivir consiste en resucitar a cada instante. Los héroes levantan la tapa de la tumba y salen disparados como el corcho de una botella de cava, pero los de a pie resucitamos como podemos. La muerte es lo que ya hemos vivido. Aquella niña de primera comunión, aquel bachiller, el soldado, el licenciado de la orla, aquella radiante novia, todos los seres que fuimos en los retratos a lo largo de los años, han muerto. Están sumergidos junto con los ángeles y los demonios en la oscura región de Hades. A ellos hemos sobrevivido. Puesto que nuestra vida viene de esa muerte, cada momento que uno vive es un instante de gloria.

Si de niño, recién subido del infierno, pedí una tarta de merengue para celebrarlo, esta continua resurrección que consiste en estar vivo habrá que acompañarla siempre con este verso de Ovidio: He vencido y conmigo viaja mi pasión. Y así hasta que el carpintero Trinitario venga a tomarnos las últimas medidas.

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