
Roxana Carrara: entre bambalinas
Es la protagonista joven de El misántropo, de Molière, en el Teatro San Martín. La eligió en sus audiciones el director francés Jacques Lassalle. Tiene 26 años y es una actriz para seguir muy de cerca
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No es, ni mucho menos, su primer trabajo. Pero sí representa una oportunidad única para una actriz. Roxana Carrara, de 26 años. Le ha tocado en suerte –suerte por esa cuota de azar que juega las cartas– ser Celimena en la puesta que el francés Jacques Lassalle ha hecho de El misántropo, de Molière, en el Teatro San Martín.Y Celimena no es un personaje menor. Hay quien dice que es una de las criaturas teatrales más complejas de la dramaturgia universal. Si a eso se agrega el haber sido elegida por un señor actor, puestista y director teatral como Lassalle, y la inmensidad de la sala Martín Coronado, el contexto no podría ser más tentador y a la vez desafiante para una actriz joven.Roxana tiene los ojos más claros que se hayan visto. La piel como alabastro. Una boca rosada que sabe reírse con gracia. Bien podría haber dedicado su esfuerzo a la apariencia. Pero no. Eligió ser actriz en un país cuyos constantes vaivenes institucionales no suelen ser precisamente benefactores de la cultura.Los porqués de su elección yacen en el alma de la protagonista de esta nota. “Me ocurrió muy chica. Mi abuela siempre me orientaba hacia las actividades artísticas –cuenta–. Su primer objetivo fue que mi madre y sus hermanos tuvieran educación universitaria y conmigo le dio por lo artístico. Mi mamá se recibió de abogada y yo estudiaba canto, danza, guitarra, flauta, dibujo, pintura. Hasta que un día largué todo y dije: Quiero hacer teatro.” Así de simple. Por supuesto eligió la única de las artes por las que su familia no mostraba mayores inclinaciones. “Esa elección fue sin mandato familiar”, asegura.Y como su familia no tenía ningún vínculo con lo teatral, la pesquisa materna en busca de un profesor para la criatura terminó en la escuela de Alejandra Boero, maestra de maestros, de inquebrantable extracción independiente. “Mi mamá sólo tenía datos de los profesores del barrio, así que tuvo que hacer averiguaciones para encontrarme un lugar donde estudiar. Y empecé en la escuela de Alejandra.” Por ese entonces, la actriz que es hoy tenía apenas 14 años. En la escuela de la Boero no se aprende sólo actuación. Lo más importante que la Boero les deja a sus alumnos es una actitud. Durante los años de estudio, los polluelos de actor hacen de todo en su teatro. El Andamio ‘90 es el lugar donde la muchachada barre, atiende la boletería, acomoda a la gente. Así aprenden a hacer del teatro su casa. Un espacio propio, generado por ellos mismos, en el cual desarrollar la voluntad, cumplir los sueños, agotar esfuerzos.Allí hizo Roxana sus primeros pasos. “Hice de todo. Fui acomodadora muchos años. Pinté escenografía. Fui boletera. Y por supuesto, actué”, recuerda. Pero sus primeras experiencias escénicas son recordadas sin los típicos sobresaltos de los principiantes. Estaban muy protegidos por la maestra y su entorno.
“No recuerdo mis primeras experiencias como algo traumático. Hacíamos muestras todos los años, así que teníamos entrenamiento y protección. Sí recuerdo la primera vez que tuve que actuar en una clase. Mi profesora Rita es el día de hoy que siempre se acuerda de que yo estaba pegada a la pared, y tenía enfrente al compañero que iba a hacer la improvisación conmigo, y cuando tuve que empezar respiré muy hondo y me lancé como si me tirara al vacío.”Pero no hay actor que no diga que cada prueba y cada función son como saltos al vacío. Roxana no es ya una debutante. Sin embargo, cuando Jacques Lassalle vino a Buenos Aires a tomar audiciones y le tocó el turno, la expectativa era de una gran tensión suspendida en el aire. “La prueba fue demasiado simple. Porque la expectativa que tenés te hace necesitar que te vaya muy mal, o muy bien, que pasen cosas intensas que se correspondan con lo que sentís. Y no pasó mucho”, explica Roxana.El “no pasó mucho” que ella esboza está relacionado con que las audiciones suelen ser momentos de un gran stress para los actores, sometidos a demostrar sus talentos en un breve lapso, sin mayores consideraciones por su humanidad. Pero el señor Lassalle, como fue actor, y además es un hombre de una marcada sensibilidad e inteligencia, prefiere no torturar a los actores. Cuestión de ponerse en el lugar del otro. Nada más. “El nos hizo pasar. Nos explicó súper amablemente su visión de la obra y de los personajes, nos contó que odiaba tomar audiciones porque él también había sido actor y después nos pidió que leyéramos. Yo me trabé. Leí todo mal. Y pensé que nos iba a pedir que leyéramos algo más. Pero no. Nos dio las gracias. Creí que no iba querer saber nada conmigo. Hasta que un día me llamaron del teatro. Con Ignacio Rodríguez de Anca saltábamos en una pata.”Ignacio es su pareja. Tiene 30 años y también es actor. “Tuvimos la feliz idea de ser dos actores en la familia”, se ríe ella. Juntos sostienen el espacio cultural El Hormiguero, donde hacen las obras que más les gustan y dan clases que les aportan el dinero necesario para la manutención del lugar. Su propio sostenimiento económico lo consiguen con la publicidad, o con trabajos como el que Roxana tiene ahora, en el San Martín. Tienen claro que, dentro de lo posible, prefieren el teatro, salvo que ocurra un milagro y la tevé genere algo digno de ser actuado. “Todo lo que sacamos de El Hormiguero vuelve a El Hormiguero. Vivimos de ahorrar mucho, de algunas publicidades...“¿Si me pregunto después de El misántropo, qué? Cuando uno tiene estas oportunidades –dice– cree que lo van a cambiar todo. Piensa que van a ser un punto de inflexión en la carrera. Ya aprendí que no es así, ni quiero sentarme a esperar que pase. Esta ha sido una increíble oportunidad de aprendizaje, con este elenco, con este señor dirigiendo, todavía estoy saboreando el momento. Y por el otro lado, seguiremos generando nuestras propios proyectos. Y eso es El Hormiguero, del que me voy para hacer otras cosas y vuelvo enriquecida.” Y aunque algunas veces sueñe con tener otros oficios, como veterinaria en Africa, sabe que el teatro le permite “ser todas esas otras cosas con las que fantaseo. “No me arrepiento de ser actriz”.






