Sabores de allá lejos y hace tiempo
Almuerzo de bodas en la casa natal (aún en pie) de Guillermo Enrique Hudson, el argentino que suele creérselo inglés y cuya madre, Carolina Kimble, inventó el escabeche de duraznos
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El casco, por llamarlo de alguna manera, de Gregorio Gándara, era tan modesto que se llamaba La Tapera y fue desechado para el casamiento de su hija Demetria. Don Gregorio le pidió entonces a Daniel Hudson, para la boda, su casa de Los 25 Ombúes, todavía en pie en el ahora parque ecológico que lleva el nombre de Guillermo Enrique, uno de los seis hijos de aquel norteamericano que se había casado en Boston con Carolina Augusta Kimble en 1827. Inmediatamente habían emigrado al Río de la Plata para fundar su hogar y una larga prole. El hijo escritor, tras largo viaje, fue bautizado en la Primera Iglesia Metodista de Buenos Aires que entonces estaba en la calle Cangallo. El acta, que pasó al templo de la avenida Corrientes, data su nacimiento el 4 de agosto de 1841.
El cura llegó ese mediodía sofocante, de a caballo, embarrado y de mal humor, para celebrar el casorio de Demetria con un forastero monosilábico, y para colmo, la ceremonia debió celebrarla en casa de unos herejes norteamericanos y metodistas. Corrían los inacabables tiempos de Rosas y, a 30 kilómetros, apenas una jornada de a caballo desde Buenos Aires, la llanura todavía era una desesperanza de malos caminos. Por eso el cura, con un nada auspicioso talante, apuró la ceremonia.
Fue el almuerzo -y sobre todo la bebida que lo regó- lo que mejoró su ánimo y hasta selló la memoria del chico Hudson: ya todo un escritor, incluyó esas imágenes en Allá lejos y hace tiempo, dado en Londres en 1918.
Buhardilla de la vida
Robert Cunningham Graham imaginó al Hudson viejo y absorto en la escritura en la miserable pensión londinense, destartalado hogar que lo fue una vez que el escritor y naturalista desposó a la casera (Emily Wingrave), aún más vieja que él. "¿Comida?", preguntaría para seguir pluma en mano un ayuno permanente, mientras el plato alargado por la consorte -un guiso de carne mal cocida, con coles y papas- se enfriaba y perdía el sabor mientras la escritura lo ganaba.
A los 20 años ya se había recuperado de una enfermedad por la que lo habían sentenciado a muerte, también había pasado la milicia en la Guardia Nacional y se codeaba con el Instituto Smithsoniano de Washington y la sociedad zoológica de Londres. De chico cazó pájaros; de viejo fue miembro de sociedades protectoras de aves.
Recordaba la abundancia de huevos en los alrededores de su casa cercana a la hoy estación Bosques. Los había de las aves de corral, pero también patos y pájaros silvestres -que descubrió en Chascomús, donde también pasó parte de la infancia- y hasta le servían algún desayuno con huevos de avestruz presentados como una inmensa tortilla. Había visto a los gauchos cruzar el huevo grande con una varilla al rojo y enterrarlo en las cenizas para cocerlo al rescoldo. A los trece años galopaba para hacer volar los teros y descubrir los nidos abandonados y tomar los huevos (una bolsa con sesenta y cuatro, su mejor cosecha), pero "a nadie se le ocurriría matar un tero para comer", aseguró años más tarde.
En la casa de Allá lejos... se almorzaba carne cocida o asada, zapallos, choclos y batatas. La cenas eran frías, con ensalada de papas y cebollas en aceite y vinagre para acompañar la carne fiambre. Pero el té de la tarde se servía con pan caliente, scons y duraznos escabechados, un invento de la madre -lo mejor en toda la comarca- y que en invierno se atrapaba entre dos capas de masa para hornearlo y seducir con dulce aroma. La mayor alegría de Hudson y sus hermanos aparecía cuando los padres los trepaban a un birlocho para rodar al trote y almorzar en La Casa Antigua, un edificio de campo de tiempos del Virreinato y que ocupaba un inglés fracasado en la fabricación de queso de oveja (su campo era un verdadero cardal). Se llamaba George Royd y como anfitrión se ocupaba de la cocina, de la que sacaba "platos raros y deliciosos", arribados a la mesa con solemnidad y galanterías de la servidumbre bien enseñada, por lo que Guillermo Enrique creía ver en aquellas ocasiones el festín que Barmecide ofreció a su hambriento huésped en Las mil y una noches. A la vejez supo que no había que ilusionarse con evocar los sabores desvanecidos. Como sucede con los olores, sólo lo recupera la casualidad y súbitamente los connota con una olvidada geografía o aquella ternura insepulta. Como la que podría sobrevivir en la extensa, e inhabitada casi, vecindad de la niñez. Casas apartadas, bajas, con una quintita apenas de perejil, ruda, salvia y los curativos tanaceto y marrubio. Si apenas se plantaban ajos y cebollas, porque las pulperías proveían de lo demás, entre lo que llegaba el comino, la canela y la pimienta. Los lugareños comían el avestruz, los armadillos y el tinamú (la perdiz del país), y desechaban las vizcachas, que a Hudson le parecían "mejores que el conejo", aunque nunca se animó con los cerdos salvajes.
Escribió, incesante, y en la viudez magra es posible que, de pronto, haya visto las planicies de su memoria infante y florecida de macachines. Sería bueno que el sabor agrio de aquellas mascadas flores y el dulzor de su bulbo hayan pacificado su muerte, el 18 de agosto de 1922, en la buhardilla de su casa de la calle St. Luke de Londres.
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