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Un texto canónico de Sigmund Freud sobrevuela 40 minutos en el país de las hadas, la obra en la que Ignacio Apolo ocupa tres roles clave (dramaturgo, director y actor). En el famoso artículo "Más allá del principio del placer", que el padre del psicoanálisis publicó en 1920, se plantea la idea de una pulsión de muerte más potente que la que nos conduce a la búsqueda de la satisfacción. "Esa es la primera consecuencia del cataclismo de la vida: es la propia materia inorgánica deseando volver al estado anterior, anterior a la vida misma", completa Apolo cuando tiene que recordar el disparador de este notable trabajo teatral en el que también son parte del elenco Maia Lancioni y su pequeña hija, Luna Apolo Álvarez. "Trabajar con ella está resultando una experiencia fascinante", señala Apolo. "La obra fue escrita para Luna, de modo que yo tuve una presunción sobre las cosas que disfrutaría y haría con solvencia. Y fue así. Y las que yo pensaba que le iban a costar no le costaron, por suerte. Demostró una ubicación y un sentido escénico que liquidaron mis prejuicios".

En menos de una hora,la obra de Apolotrabaja sobre asuntos pesados (la muerte, los deseos frustrados y la angustia que provocan esos fracasos) y está montada en una narración de varias capas que se superponen y alimentan con un mecanismo de gran precisión: "Partí de una pregunta sobre el regodeo que tenemos muchos alrededor de la frustración: el pensamiento y el sentimiento sostenidos en el «por qué no conseguí», «por qué perdí», «por qué no perduró». A partir de ahí, y de los temas personales y compartidos con mi gente que dan cuerpo a esos fantasmas, recordé el artículo de Freud y se fue armando la obra".
El tema central de 40 minutos en el país de las hadas es el recuerdo. "Y la conexión vital, emocional y trascendente con aquello que elegimos recordar", reafirma Apolo. "Por eso la niña es, en su intenso presente, una luz, una energía vital, si se quiere, una felicidad en escena. Porque está pegada al presente: su música es la música del ahora, no de la nostalgia. Su cuerpo está pegado a la vida. A distancia, por supuesto, de la profunda tristeza del hombre maduro y de la irónica y vibrante despedida de la joven en sus últimos minutos".
Si hay algo que caracteriza a la obra de Apolo es su emotividad, por fortuna ajena a los golpes bajos. Con herramientas nobles, ese relato que va y viene en el tiempo con fluidez consigue atrapar al espectador con palpable eficacia. Docente de larga trayectoria, Apolo suele reflexionar sobre la efectividad necesaria en una buena dramaturgia: "Pero eso es un misterio, realmente", apunta. "Pasa el tiempo y el arte escénico les sigue planteando siempre a los productores, directores, escritores, creadores y actores la misma paradoja: no sabemos cómo hacer una obra efectiva. La relación con el público se devela en el contacto. Te lo compararía con una cita a ciegas (o incluso no tan «a ciegas», ahora que hay tantas redes). Es decir, hasta estar cara a cara, no sabés si hay piel. Esa piel es, en el caso del teatro, el contacto obra-público. Obviamente, uno trata de tener todos los cuidados posibles: trabajar mucho, revisar mucho, ensayar mucho, proponer, avanzar, retroceder, esperar... Lo que una obra no puede dejar de tener es una sincera entrega emocional de quien la hace. Tiene que tener algo de uno mismo, algo más allá del ego que uno desee (o necesite) plasmar".
40 minutos en el país de las hadas, de Ignacio Apolo. Con Ignacio Apolo, Luna Apolo Álvarez, Maia Lancioni. Domingos a las 18.30 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960. Entradas: $300.
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