
San Telmo: extranjero y popular
Conservando antiguas costumbres de barrio, una intensa actividad comercial y un rico patrimonio cultural, este lugar de Buenos Aires se ha convertido en el refugio preferido de turistas de diversos países, que en muchos casos hasta se han decidido a invertir en propiedades
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Queda a ocho cuadras del microcentro porteño; cinco minutos en ómnibus desde la Plaza de Mayo, un viaje ameno siempre que el chofer tenga la bondad de esquivar los baches, la gran viruela de la Capital Federal.
San Telmo es el barrio más antiguo de Buenos Aires después de Monserrat. Y sin embargo, su historia reciente registra un hecho singular en la zona. Después de un año recesivo, con corralitos y corralones asfixiando los dineros argentinos, el turismo ha dado la gran nota: ahora, gracias a la devaluación, los extranjeros parecen estar convirtiéndose en los nuevos vecinos.
“Nunca dejó de moverse la venta –asegura Lida, de la inmobiliaria Hite, con 27 años tasando cada metro cuadrado del barrio–. En los últimos meses vendimos propiedades valuadas en más de 40.000 dólares, aunque se las quedaron españoles, suizos, italianos y hasta un australiano. Muchos de ellos nos dejaron las llaves para que nos encargáramos de alquilarlos y, curiosamente, estamos alquilando a estudiantes extranjeros, sobre todo, ingleses y alemanes que vienen por seis meses o un año, o empresarios. Incluso alquilamos locales comerciales que durante siete años no pudimos rentar”, agrega. Pero la pregunta del millón es: ¿qué saben los extranjeros sobre San Telmo? O, en todo caso, ¿por qué les atrae?
Atmósfera de provincia
Al menos el 40% de sus construcciones y espacios públicos son parte del patrimonio urbano que protege una ordenanza municipal. De modo que no hay ladrillo que pueda tocarse sin pedir permiso en este perímetro centenario que balconea al Río de la Plata, y que comprende un puñado de manzanas entre la calle Chile y las avenidas Huergo, Martín García, Caseros y 9 de Julio.
Por cualquiera de sus avenidas se accede en forma directa. Desde el punto de vista social y cultural, el sitio ha resultado un refugio perfecto para los porteños que quieren vivir como se vivía antes porque, a pesar del tiempo transcurrido (dicen que las dos fundaciones de Buenos Aires sucedieron en este escenario), la zona ha logrado conservar intacta la atmósfera perezosa de una provincia. Basta subir a pie por Defensa, o Bolívar, para advertir que milagrosamente la ciudad se calla donde comienzan los límites del barrio. Fronteras adentro desaparecen los bocinazos, la gente apurada, las colas en los bancos, el humo de los caños de escape, la marea humana que se atasca en las bocas del subte. No hay edificios de vidrios espejados ni carteles luminosos. Contra el horizonte, en cambio, se recortan arquitecturas de pocas plantas y calles angostas, ligeramente empinadas. Y si uno se detiene, empieza escuchar el rumor de la vida diaria: la conversación de las vecinas que salen en chinelas a baldear la vereda, el sonido de las máquinas de café y el silbido del verdulero amigo, que entre cliente y cliente construye torres de tomates.
–Usted va por una vereda y por la otra va al vecino que estuvo enfermo, y usted enseguida le pega el grito: “Hooola fulanito, ¿cómo andás? ¿Estás mejor?” –dice Pascual Argento, un distinguido caballero con sesenta años de residencia en la zona, miembro de la Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo, que desde su fundación, en 2000, agrupa a más de 200 socios.
Destino turístico
Según el censo de 2001 viven en San Telmo 23.199 personas, 10.754 varones y 12.445 mujeres de todas las edades. Algunos de ellos trabajan activamente para velar por la personalidad turística que distingue al barrio. Obtuvieron el permiso para extender la peatonal, desde Brasil hasta avenida Independencia, los domingos. Y planean llegar pronto hasta Plaza de Mayo y repetir así el cinturón comercial que fue la calle Defensa en sus orígenes. Su última gran conquista fue lograr que el gobierno porteño erradicara a los habitantes que se instalaron por una década en el edificio del ex Patronato de la Infancia. Pero este destino marginal, que para muchos es una condena, viene de las épocas coloniales, cuando la zona era asiento de los poderes públicos y religiosos del momento. Entonces, muchas familias de actuación levantaron aquí sus espléndidas mansiones, como la de los Ezeiza, que ahora es un gran comercio de antigüedades. Cuando en 1871 la fiebre amarilla atacó al sector sur de la ciudad, hubo un éxodo masivo hacia el extremo norte del territorio.
Los que no pudieron escapar a la peste –familias de obreros italianos y españoles que trabajaban en el puerto– optaron por ocupar los palacetes abandonados. Aquellas enormes casas fueron llenándose de inmigrantes que alquilaban una habitación con baño y cocina compartidos. Hacia 1880 había cerca de 150 conventillos.
Una versión contemporánea de aquellos inquilinatos la ilustran los hoteles que hoy renta el gobierno local para ubicar a personas sin techo, y a las familias que tomaron otras casas, en otros barrios.
Museo a cielo abierto
Otro valor que agradecen los turistas, y los vecinos que tienen la camiseta puesta, es que en el área no hay grandes cadenas de supermercados, ni tiendas de ropa de marca, ni shoppings, ni complejos de cines. Y el único McDonald´s del barrio abrió bien lejos, casi en la frontera con Puerto Madero.
Es que la modernidad en San Telmo no necesariamente es signo de progreso. Al contrario. La modernidad pasa por contar con once escuelas, dos diarios, seis universidades de primera línea, 40 líneas de colectivos que lo atraviesan, importantes museos, un hermoso mercado de comestibles, un teatro, talleres de artistas, dos comisarías, hoteles para extranjeros, iglesias de distintos credos, cinco plazoletas, un club de fútbol anclado en primera B, bares que son reliquia, y unos 450 puntos de venta de antigüedades, artesanías y casas de diseño moderno que rompen con el mito de que lo que viejo pasó de moda. En todo caso, acá, lo antiguo es un sentimiento.
Visitantes de todo el mundo
Rubia. Durante el día San Telmo se tiñe de amarillo de tantos europeos que caminan, descubren y viven el barrio. Ver que un alto de 2 metros entra en un ciber es el pan de cada día. "Lo mejor de este barrio es la mezcla", dice Alejandro Fullin, propietario de Gibraltar (Perú 895), bar donde recala la mayoría de los extranjeros pasadas las 22. A tomar cerveza y comer fish & chips, a escuchar Drum & Bass.
Muchos turistas van y vienen, como la marea. Pero otros se quedan, como Tania Bull. Ella es australiana y llegó a Buenos Aires porque el avión la dejó aquí. "Vine por dos días y hace un año que estoy", cuenta. Está en San Telmo y se siente como en casa. "Acá las calles cantan", dice. No le parece peligroso, vuelve de trabajar en un bar a las 2, 3, 4 y hasta 6 de la mañana. Sola. Caminando hasta el parque Lezama, donde vive. Los domingos curiosea por la feria, pero nunca compra “porque es muy caro”.
La feria de la plaza Dorrego
La feria de antigüedades que cada domingo se monta dentro de la plaza Dorrego nació hace 33 años, en noviembre de 1970, cuando el arquitecto José María Peña, ya director del Museo de la Ciudad, impulsó una exhibición de antigüedades al aire libre. Ese domingo se armaron unos 30 puestos para exhibir, pero no para vender. Nadie imaginaba entonces que la feria le devolvería la vida al barrio. Hoy contiene 265 puestos, que no pagan ni un centavo por el espacio, y que cada tres meses deben rotar de posición para garantizar la movilidad visual. Dentro del radio de la plaza está prohibido comercializar otra cosa que no sean cambalaches con estilo. La feria se levanta a las 17 en punto. Y los buenos compradores saben que, sobre el cierre, bajan los precios.
Un viejo joven
Dentro del descontrolado y a veces vertiginoso crecimiento de algunos barrios de nuestra ciudad, San Telmo es un caso particular. Generalmente, cuando un sector de la ciudad comienza a levantar edificios altos o se abren restaurantes y negocios de moda, escuchamos decir: "Llegó el progreso", lo cual es muy discutible. En el caso de San Telmo, su vitalidad es indisoluble de la historia, la memoria afectiva de los porteños, sus habitantes tradicionales y la fuerza de los que allí se han mudado para vivir. Es un barrio diferente: la presencia dominical de la Feria de San Pedro Telmo y los anticuarios que se instalaron luego de su aparición sumaron, pero no cambiaron el ritmo de barrio donde se vive y se trabaja. De noche no queda vacío. A pesar de los problemas que son inherentes a cualquier otro lugar de la ciudad, sus habitantes están orgullosos de él. Quien desapasionadamente lo recorra no puede negar el afianzamiento de sus calles y espacios de visita. La calle Defensa, antaño la calle Mayor, ha extendido su presencia comercial de manera notoria, más allá de los límites de la calle Chile. San Telmo es un viejo joven, y esa doble condición es la razón por la que muchos lo eligen para vivir. Y su entrañable valor hace que figure en las guías de viaje de todo el mundo, porque es una cita ineludible para quienes se quieren acercar a una parte importante de la historia argentina.
El autor es director del Museo de la Ciudad






