Ser madre y lidiar con el desgastante universo de los comentaristas callejeros

"No, no me interesa que me cuentes cómo fue tu parto hace 40 años ni te esfuerces en comentarme tus técnicas para que agarre el chupete"
"No, no me interesa que me cuentes cómo fue tu parto hace 40 años ni te esfuerces en comentarme tus técnicas para que agarre el chupete" Crédito: Paula Salischiker
Paula Salischiker
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1 de noviembre de 2018  • 17:16

Retomé terapia y recuperé un mundo. Los lunes camino sola por las calles y no son las de mi barrio: una aventura en la que cada minuto de la hora y media que estoy sola es saboreado lentamente. Leo los carteles de todos los negocios y me detengo en veterinarias para mirar cachorritos. También anoto los números de teléfono de los locales que nunca voy a alquilar y siento que conozco a cada persona que pasa. Como si Buenos Aires fuera un pueblo, tengo ganas de saludarlas a todas.

Caminar sola es distinto a caminar con un bebé . Sola soy una más; cuando voy con ella el vínculo con los otros transeúntes es más tenso y por momentos tengo ganas de colgarme un cartel luminoso con frases dirigidas a los inoportunos que sienten que porque tengo un bebé pueden hablarme sin parar sobre cualquier cosa, pero principalmente sobre ellos mismos y sus experiencias. No, no me interesa que me cuentes cómo fue tu parto hace cuarenta años cuando no existía internet. Tampoco te esfuerces en comentarme tus técnicas para que agarre el chupete mientras empujo un cochecito sobre baldosas rotas y esquivo bicis salvajes de delivery que van por la vereda.

En la calle, sola, sin llanto de fondo ni chupete enganchado a la ropa, me siento otra. Camino rápido y observo detalles con una mezcla de emoción, nervios y ganas, parecida al primer amanecer en una ciudad nueva aún por descubrir. El viaje en colectivo vale más del doble que lo que pagué la última vez que me subí a uno antes de parir y eso me hace saber que estoy en Buenos Aires. Por acto reflejo me siento en los primeros asientos y cuando sube una mamá con su hijo lo cedo inmediatamente. Intercambiamos nuestros lugares y quiero contarle que yo también tengo una bebé en mi casa, como si ese dato me posicionara mejor y me hiciera pertenecer a un grupo selecto. Quizás hoy mi mirada se parece a la que muchas veces, antes de ser mamá, advertía en ciertas mujeres: una mezcla de superioridad y agotamiento. Ojos sin dormir de alguien que cree que su tarea es superior a todas las demás, pero daría todo por interrumpirla por unos días.

Entre las ideas que voy anotando durante la semana hay una que me iluminó: la maternidad es al principio –principalmente en el embarazo- una fuerza que une lo dispar, que va acercando a personas que no tienen nada más en común que ser seres gestantes. Pero cuando lo gestado está afuera y llora, se hace pis y caca y demanda cosas inentendibles, la maternidad divide: están las que amamantan cada tres horas y las que lo hacen a demanda; las amantes del colecho y las que duermen a sus hijos o hijas en sus propias cunas; las que en unos meses los van a dejar con sus abuelos o primos y las que van a llevarlos a un jardín maternal apenas puedan. La grieta es infinita y muchas veces me dan ganas de quedarme en el medio, atrincherada en la no decisión. Otras tantas quiero probar todos los métodos juntos para no tener que tomar partido por uno solo: quiero que duerma conmigo mientras duerme sola y que tome fórmula mientras le doy la teta. Yo, la reina de las decisiones tomadas firmemente, necesito poner todo en duda y silenciar tantas voces. No más opiniones y consejos de mamis en Instagram, no más estudios de la universidad de Michigan por unos días.

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