Sex and the City, frente al nuevo feminismo: ¿puede sobrevivir a esta era?

A 20 años de su primer episodio, se actualizan los estudios culturales sobre la influencia y la vigencia de la serie que cambió “cómo las mujeres hablan de sexo, o expresan sus deseos sin pedir disculpas”. Para muchos analistas, es la contracara del Mee Too
A 20 años de su primer episodio, se actualizan los estudios culturales sobre la influencia y la vigencia de la serie que cambió “cómo las mujeres hablan de sexo, o expresan sus deseos sin pedir disculpas”. Para muchos analistas, es la contracara del Mee Too Fuente: Archivo
A 20 años de su primer episodio, se actualizan los estudios culturales sobre la influencia y la vigencia de la serie que cambió “cómo las mujeres hablan de sexo, o expresan sus deseos sin pedir disculpas”. Para muchos analistas, es la contracara del Mee Too
Juana Libedinsky
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7 de junio de 2018  

NUEVA YORK.– "El sexo en Nueva York es distinto al sexo en cualquier otro lado. Puede ser molesto; puede no dar satisfacción; pero, más importante que todo, el sexo en Nueva York rara vez tiene que ver con el sexo".

Así arrancaba la periodista Candace Bushnell la primera de sus columnas para el semanario The New York Observer, tituladas Sex and the City, en las que luego se basaría la afamada serie de televisión.

¿De qué se trata el sexo en la Gran Manzana entonces? "La mayor parte del tiempo es sobre el espectáculo, el vestido del diseñador del momento, tickets al partido de básquet de los Knicks, los Knicks mismos, o el puro pánico a no estar solo en la ciudad", aventuró Bushnell.

Pero para la catarata de estudios culturales y sociológicos que salieron desde entonces, las cátedras universitarias al respecto y las notas en todos los medios con motivo del 20° aniversario de que la primera temporada de Sex and the City apareciera en la televisión (el 6 de junio de 1998), lo que el sexo en Nueva York trajo fue nada menos que una revolución. Sus canales fueron columnas de Bushnell, luego el libro y, sobre todo, las seis temporadas en la pantalla chica más dos películas protagonizadas por Sarah Jessica Parker, Kim Catrall, Cynthia Nixon y Kristn Davis.

A principios de junio de 1998 comenzaba la serie, que tendría diez temporadas y dos películas. ¿Podría la serie sobrevivir a esta era?
A principios de junio de 1998 comenzaba la serie, que tendría diez temporadas y dos películas. ¿Podría la serie sobrevivir a esta era?

"Cambió la manera en la que pensamos sobre las mujeres y el sexo, la forma en la que las mujeres hablan sobre el sexo, las forma en la que se encaraban –o no– las relaciones y el matrimonio. Hay pocas series en la historia que hayan tenido el impacto cultural de esta y aún para quienes no veían el programa, cambió la percepción cultural general de la mujer soltera", dice a LA NACION revista Jennifer Keishin Armstrong, autora del flamante Sex and the City and Us, tratado que analiza el efecto de la serie en los televidentes.

"Del estereotipo de solteras tristonas rodeadas de gatos pasamos a las fabulosas y divertidas, de las cuales la serie fue pionera –agrega–. Realmente dieron un giro radical en la historia de televisión de un día al otro".

Según la propia Naomi Wolf, Carrie Bradshaw, la protagonista de la serie, si bien un personaje de ficción, "hizo tanto por las mujeres como algunas de las feministas de la vida real más de avanzada".

Pero primero, naturalmente, estaba el sexo, que después de todo aparecía prominentemente en el título de la serie. Sex and the City abordaba temas como el ménage a trois, sexo anal, juguetes sexuales, coqueteos con el lesbianismo, orgasmos fingidos. "Decía la verdad y limpió el paladar respecto de las versiones azucaradas de series sobre mujeres que la precedieron", sostienen Kim Akass y Janet McCabe en el libro de análisis académicos sobre la serie, Reading Sex and the City.

"Muchos críticos dijeron que fueron demasiado lejos, que las mujeres no hablan así. Algunas mujeres lo hacían, otras lo harían, otras nunca. Pero su exageración, si eso era, abrió nuevos caminos para que las mujeres se animen a expresarse de manera franca, y sin pedir disculpas, sobre los deseos. Y eso es una contribución enorme", subraya Armstrong.

" Sex and the City era una serie de TV sobre sexo y con muchas escenas de sexo, pero por primera vez dicho espectáculo televisivo estaba dirigido a las mujeres y eso le dio un matiz distinto: no estaba para excitar, el sexo era para hacer un punto", continúa.

En su libro, Armstrong, historiadora de la televisión que tuvo best sellers sobre Seinfeld y Mary Tyler Moore, cita a Patrick Michael King, el creador de la serie, quien sostuvo: "Nuestras historias sobre el sexo eran graciosas y a veces muy escandalizadoras pero siempre quedaba claro que eran para ilustrar cómo evolucionamos como personas a través de nuestras experiencias".

King veía al humor como una forma efectiva y elíptica de romper tabús y hacer el sexo, en todas sus variantes, más aceptables. Sin embargo, hoy esto no es necesariamente suficiente.

El problema tiene un antecedente directo, que fue recientemente analizado por The Guardian. Cuando Friends encontró una nueva vida en Netflix, se suponía que los millennials, ya enamorados de la nostalgia de los 90, se volverían los nuevos fans. Lo que pocos esperaban era que encontrarían al guion transfóbico, homofóbico, sexista y size-ist (que discriminaba contra ciertos tamaños de cuerpo).

Sex and the City también puede ser vista bajo esa óptica. Después de todo es la historia de cuatro mujeres blancas cisgénero (cuya identidad de género coincide con el sexo que le fue asignado al nacer), que a menudo no son conscientes de la posición privilegiada que esto les da. En un episodio, Carrie, la protagonista, abandona a un amante bisexual diciendo que la bisexualidad es "una escala en el camino a la Ciudad Gay". Samantha, su amiga ultraliberada, describe al Meatpacking District donde vive como "trendy by day, tranny by night" (con onda durante el día, de transexuales durante la noche). Ambos episodios son a menudo señalados como clásicos ejemplos de falta de sensibilidad a las políticas de género y sexuales que se volvieron prevalecientes ahora.

Aunque todavía Sex and the City no tuvo una reacción negativa al estilo del de Friends, en las palabras de The Guardian, la serie luce "extremadamente anti-woke" para los estándares contemporáneos. Woke es el término de moda para describir a quien que está siempre en el lado correcto de las guerras culturales del momento, pero es un terreno altamente resbaladizo.

"El problema es que es una guerra muy difícil de ganar, y aunque seas woke ya no es suficiente, siempre habrá grupos que no encuentren a tu producción creativa lo suficientemente iluminada", se resigna el crítico cultural James Panero, editor de The New Criterion. El clásico ejemplo al respecto es Girls que se vio como el sucesor directo de Sex and the City para el público millennial.

Así como Sex and the City, Girls trataba sobre cuatro amigas en Nueva York, sólo que vivían en Brooklyn en vez de Manhattan, no tenían ambiciones claras y la escritora y protagonista, Lena Dunham, hacía un punto de mostrarse desnuda con su cuerpo lleno de imperfecciones como símbolo de autenticidad. El guion era lo opuesto al lujo y la fantasía de Sex and the City, y se mostraba siempre progresista a ultranza. Naturalmente, Dunham estuvo a la cabeza del movimiento Me Too, pero cuando uno de los guionistas de su serie fue acusado de acoso sexual, ella salió en su defensa. Aunque después se disculpó, inmediatamente fue calificada de hipócrita y "feminista hipster". Y todos salieron a recordar que en Girls, si bien los personajes usaban ropa de algodón orgánico y eran veganos (todo en las antípodas de los Manolosy Cosmopolitans de Sex and the City), las escenas de sexo básicamente eran entre gente blanca heterosexual de clase media o media-alta profesional, y Dunham fue también acusada de perpetuar en la vida real estereotipos raciales.

En medio de toda la polémica, a la defensa de Sex and the City salió Cynthia Nixon, que está casada con una mujer, es conocida militante de los derechos LGBT y quien abandonó la actuación para postularse como candidata a gobernadora de Estado de Nueva York, por el ala más de izquierda del partido Demócrata. " Sex and the City es sobre lo importante que son las amistades cuando no estás casada y cómo tus amigos se vuelven tu familia. Es sobre todo algo que llega a las personas que están solas y a la comunidad gay", dijo. Y aunque reconoció que la falta de diversidad en el show era "irresponsable", varias voces emblemáticas de la comunidad afroamericana se confesaron fans y declararon que se veían representadas en el espíritu de los personajes creados por Bushnell.

"El único momento en el que no hablamos es cuando Sex and the City está en la tele –rappea Jaz Z en el dueto con su mujer, y conocida admiradora de la serie, Beyoncé–. Ella tiene fiebre de Carrie".

Lejos de Bridget Jones

Pero si no era sobre el sexo –malo o bueno, políticamente correcto o no–, ¿sobre qué trataba Sex and the City? En lo que todos los analistas suelen concordar era que el sexo era sólo una parte de este perfil novedoso de mujeres solteras, pero con control sobre sus vidas y con ganas de pasarla bien. Pero, al respecto, lo que también era revolucionario era que éstas no eran necesariamente queribles.

Al mismo tiempo que Sex and the City, salía, también primero como libro y luego en el cine, El diario de Bridget Jones, de la inglesa Helen Fielding. Los temas que abordaba eran bastante similares: mujeres solteras profesionales, con fuerte grupo de amigas que buscan el amor, aunque no sea esto lo que necesariamente las definiera. Lanzaron en el mercado editorial lo que sería la gran tendencia de la década: la nunca bien ponderada chick-lit. Pero Bridget traía consigo ideas más a la antigua sobre los ideales del romance y el matrimonio a pesar de ser un personaje fuerte e independiente. No en vano la autora se había basado en Elizabeth Bennett, la protagonista de Orgullo y Prejuicio. "Bridget luchaba con el alcohol y la balanza y sufría de baja autoestima, pero también parecía disfrutar de su vida, sus amigos, su familia y su estatus de clase media británica. Carrie, por el contrario, que sabía cuán delgada y atractiva era y que salía con la elite neoyorquina regularmente, era dada a los vaivenes de humor y cínica, y se saboteaba a si misma. Era una auténtica antiheroína", sostiene Armstrong.

"No escribo libros porque busco que la gente quiera a los personajes. Estas son mujeres que toman decisiones que quizá no sean las mejores en términos de moralidad", aclaró al respecto Bushnell.

Su modelo era mucho más cercano a las mujeres de Edith Wharton, neoyorquinas hasta la médula, aunque de un siglo atrás. En particular, en los estudios culturales se suele señalar a Sex and the City como iluminado por el espíritu de Lily Bart, la entrañable y repulsiva protagonista de La casa de la alegría, de Edith Wharton. Aunque, claro, la referencia a clásicos de la literatura siempre es complicada al hablar de productos culturales sobre mujeres y sus sentimientos.

"Es adorable. Es liviano… No es Tolstói". Así describe Samatha las columnas de Carrie en la ficción. Carrie entonces le insiste que no está tratando de ser Tolstói. "Pero, por supuesto, sí que era eso lo que quería", concluye Bushnell en el libro con un dejo claramente autobiográfico. Porque, además, Sex and the City tiene el problema –que definitivamente nunca tuvo Girls– de la frivolidad. En Sex and the City la frivolidad nunca era sólo frivolidad: era parte de una estética creativa –al punto que la ropa era llamada la "quinta protagonista" de la serie– y esta liviandad arrancaba en el sexo que le dio origen.

"Hasta la llegada de Sex and the City, el sexo era algo oscuro y con tufillo a sucio. Nosotros lo hicimos rosa. Y abrillantado. Lo sacamos a la luz y lo convertimos en algo que daba poder a las mujeres, pero que también era gracioso", sostuvo King.

¿Puede eso sobrevivir hoy? Algunos tienen serias dudas. "Ya ni siquiera la búsqueda de alegría escapista es una excusa para el televidente como podía ser antes de Trump, antes del 11 de septiembre", sostiene The Guardian. Para el matutino británico, hoy todo tiene que ser considerablemente más dark, (series de lifestyle lujoso como Big Little Lies, que no podrían haber existido sin el antecedente de Sex and the City, giran en torno a un asesinato, por ejemplo).

Y Greer dijo sus palabras sobre Carrie Bradshaw una década atrás. Pero sin minimizar sus complejidades, algunas de las feministas más relevantes del momento se han negado a abandonar el placer de volver a ver la serie. Roxane Gay confesó en su colección de ensayos Bad Feminist –de lectura esencial para cualquier fan de Sex and the City conflictuado–: "Tengo ciertos intereses, rasgos de mi personalidad y opiniones que pueden no estar alineados con la corriente del feminismo imperante, pero aún así soy feminista. No puedo decirte que tan liberador ha sido aceptar esto respecto de mí misma".

Por su parte, Chelsea Fairless, editora que se volvió famosa por sus críticas a la serie desde la perspectiva woke, declaró: "Por supuesto que la feminista perfecta nunca miraría Sex and the City. Es demasiado blanca, demasiado materialista, no es lo suficientemente seria. Pero estoy agotada de sólo pensar la cantidad de fuerza de voluntad que requeriría de mi parte boicotearla. Prefiero usar toda esa energía para desmantelar la patriarquía". Pero posiblemente sea Candance Bushnell la más apropiada para explicar por qué, a pesar de todos los cambios en la sociedad y las críticas que se le puede hacer desde la perspectiva contemporánea, la serie que cambió cómo las mujeres hablan de sexo se mantiene vigente. "La naturaleza humana. Todos tenemos conflictos. Ahora se resuelven de manera distinta, quizás online. Pero el eje de la cuestión de querer encontrar a alguien, un alma gemela, o no querer un alma gemela, las cosas que uno aprende sobre uno mismo en una relación, todo eso es la naturaleza humana y no cambia realmente".

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