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Nínfulas, niñas inocentes, lolitas. Nadia reaparece en mi correo electrónico: dice que podría yo escribir un manual de iniciación sexual. Es una idea que atrae a los hombres desde el comienzo del mundo: desflorar a una mujer en el comienzo de su viaje erótico, iniciarla en los placeres de la carne. No he tenido ese privilegio nunca, pero he soñado con él, he imaginado el llanto y la felicidad nueva que provoca ese primer goce en un cuerpo inmaculado. He visto el sexo rasgado, las gotas de sangre sobre las sábanas, los muslos contrayéndose, temerosos, y abriéndose luego a una dicha desconocida y embriagadora. Nínfulas, niñas inocentes, lolitas. He escrito unas pocas líneas al correo privado de Candela, una mujer joven que me pidió que la buscara. No sé quién es, no sé si quiero saberlo: me tienta el juego de dos desconocidos que se atraen en la negrura de un cuarto a oscuras, que se tocan sin verse, que se huelen y se muerden sin abrir los ojos jamás. Dos animales sexuales, mudos y sin pasado, desconocidos entre sí y desinteresados de conocerse, un presente absoluto de gemidos, caricias, humedades, mordeduras, gritos. Sexo a ciegas, a tientas, en la oscuridad anónima de un cine o en la negrura de una noche de tormentas furibundas que todo lo acallan, los murmullos del lento juego sexual y los alaridos del orgasmo. Quiero saber si sos vos, dejame una señal en tu texto, me ha escrito ella, ha querido saber si el hombre que desea, aunque no conoce, es éste y no un estafador de identidades, un burlador digital que se agazapa detrás de otros. No conoce a ninguno de los dos, y el encuentro con ambos sería igualmente excitante y anónimo, rodeado de silencios y sin pasado, pero ella se ha sentido atraída solo por uno de ellos, siente que conoce algo de él, tiene unos pocos detalles de una biografía personal que puede ser apócrifa, pura invención, pero ella necesita creer en esa historia, volverla cierta, entregarse a ella para así entregar su cuerpo de nínfula al cuerpo más adulto de un forastero.
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