
Sexo en paz
Es hora de no discutir más ciertas cosas que no deberían ser motivo de controversias y desastres que nos hacen gastar las energías que deberíamos conservar para mejores y nuevas causas. La sexualidad es uno de esos temas. Se trata de un aspecto tan íntimo y personal que a estas alturas de la historia debería ser realmente un tema superado. Estamos enfrentados constantemente por la política, la religión, la violencia y la guerra. Vivimos amenazados por enfermedades, perseguidos por sensaciones de inestabilidad económica y emocional, desesperados por conservar lo poco o mucho que tenemos y temerosos de las reacciones que la naturaleza, harta de haber sido alterada y violada por tantos gobernantes y mercenarios, pueda tener contra nuestra integridad física y se manifieste en catástrofes imparables. Y sin embargo, a pesar de todos esos aspectos tan importantes, todavía tenemos tiempo y ganas de meternos en los mundos privados y en los senderos imprevisibles de la sexualidad de los otros. Desde luego que todo lo que implique peligro físico y delitos previstos en códigos de convivencia deben ser juzgados y castigados tengan o no que ver con la sexualidad de cualquier transgresor o delincuente; violaciones, acosos indebidos y extorsiones son inexcusables, pero juzgar a los demás por sus características y/o conductas sexuales es pecado de omnipotencia y prejuicio grave y atentatorio contra libertades individuales que no deberían discutirse más. Todos somos tolerantes en apariencia y hemos aprendido las costumbres políticamente correctas del posmodernismo, pero muy dentro de nosotros la bestia intolerante acecha y, a la primera de cambio, explota en insulto y ofensa, poniendo el sexo como adjetivo calificativo. Si alguien tiene muchas relaciones, es un "promiscuo vicioso" y probablemente degenerado que no ha encontrado el verdadero amor y se degrada en el séptimo círculo del infierno; si otro escoge la castidad, es un anormal reprimido sexual que oculta en su abstinencia un "Jack el destripador" en potencia. ¿Quiénes somos o quiénes creemos que somos para decidir y condenar a los demás en tanto y en cuanto las conductas de los otros no nos incluyan o perjudiquen? Nuestra Constitución protege esas acciones privadas que, vuelvo a insistir, no justifican ni perdonan crímenes sexuales. ¿No es más piadoso y razonable dejar que cada persona en cada momento de su vida haga lo que crea necesitar? Y ya que usamos psicología de manual para interpretar los encuentros o abstinencias sexuales de los otros, ¿por qué no usamos esos mismos lugares comunes para analizarnos y tratar de dilucidar qué es lo que nos lleva a ser tan metidos, chismosos y prejuiciosos?
Parecería que el género es una obsesión y durante siglos ser mujer u hombre ha significado privilegios, marginaciones, sobrevaloraciones o desprecios, y los roles se convierten en estereotipos groseramente obvios.
En los años 30, en la Hollywood sofisticada y creadora de estrellas, los pantalones de Katharine Hepburn y los enormes pies de Greta Garbo hicieron correr rumores de lesbianismo que no llegaron a mayores por la censura de la época, pero que en el caso de la Hepburn eran totalmente infundados y en el caso de la Garbo pudieron ser ciertos. ¿Y qué? ¿Se alteró el legado de talento, seducción y misterio de esas y otras estrellas? Claro, si uno está interesado en mantener una relación sexual circunstancial o con visos de pareja formal y tiene acceso a esas míticas figuras, es lógico averiguar cuál es su preferencia para no tirarse a la pileta sin saber si hay agua, pero si no nos vamos a acostar con ellas o ellos, ¿qué necesidad enfermiza es la que nos lleva a querer averiguar y, lo que es peor, juzgar y prejuzgar? Que si Ricky Martin tiene mellizos, que si Madonna compra, usa y tira novios latinos, que si Leonardo Da Vinci se acostaba con la Mona Lisa, que si la tal Gioconda era hombre. ¿Y si nos preocupáramos por nuestro sexo y dejáramos al de los otros en paz?
El autor es actor y escritor







