
Simplemente, gracias
Señor Sinay:
Al participar de un acto protocolar para conmemorar la apertura de unas actividades relacionadas con la inmigración pensé que tal vez sería oportuno proponerle que realice algunas reflexiones sobre lo que implica decir: "¡Gracias!" Lamentablemente, usamos cada día un poco menos esta palabra, siendo que la vida misma es un milagro, y por ello deberíamos decir a cada instante gracias.
Gerardo Ingaramo
A fines del siglo XIX, un campesino escocés, hombre muy pobre, andaba por un camino cuando escuchó un grito lastimero que llegaba desde una ciénaga cercana. Un muchacho se hundía en el barro. Le extendió su bastón y logró rescatarlo. Al día siguiente llegó a su choza un carruaje elegante. Era el padre del muchacho rescatado, un miembro de la nobleza, y venía a ofrecer una recompensa. El campesino rehusó aceptar. El noble observó que el campesino tenía un hijo y se ofreció a costear la educación del chico. Esto sí fue aceptado. Algunos años más tarde, el hijo del campesino se graduó de médico en la escuela del Hospital St. Mary, de Londres, y su nombre trascendería en el mundo. Fue sir Alexander Fleming (1881-1955), el descubridor de la penicilina.
La historia no termina allí. Mucho tiempo después del episodio en el campo, el hijo del hombre poderoso (el mismo que había sido rescatado del pantano), enfermó gravemente de pulmonía y salvó su vida gracias a la penicilina. El noble se llamaba Randolph Churchill, y su hijo era Winston Churchill.
Usamos cada día un poco menos la palabra gracias, dice nuestro amigo Gerardo. Su reflexión es una advertencia urgente y necesaria. Decir gracias es mucho más que una muestra de educación. Es reconocer la existencia y la necesidad del otro. Es aceptarse limitado, admitir la carencia, celebrar el encuentro. Si decimos gracias, nuestro agradecimiento trasciende lo que el otro nos ha dado o ha hecho por nosotros. Cuando expresamos esta bella, breve y poderosa palabra, o cuando actuamos con agradecimiento, decimos que hemos sido tenidos en cuenta, que se nos ha considerado, que se nos ha mirado o escuchado, que se ha reconocido nuestra existencia.
Así sea que nos abran una puerta, nos alcancen un vaso de agua, nos esperen en nuestra tardanza o nos salven la vida; en cualquier caso, el otro reconoce nuestra existencia. Y esto es lo más extraordinario que puede ocurrir entre los seres humanos, ya que en el desconocimiento del otro, en la prescindencia de su ser, comienzan la intolerancia, la descalificación, el desprecio, el enfrentamiento, el dolor, el odio. Se puede decir gracias siendo más poderoso o más débil que el otro.
La doctora Elisabeth Lukas, sensible logoterapeuta e inspirada escritora, anota en su libro El sentido del momento un hecho significativo: "Resulta curioso que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia".
La existencia es, en efecto, frágil. Lo olvidamos, distraídos por la efímera ilusión de lo material, de lo consumible, o creyéndonos protegidos por una tecnología que nos blindará contra el dolor, la incertidumbre, el tiempo y la muerte (todas falsas promesas) y terminamos por creer que a todo tenemos derecho, que todo se nos debe y que nada tenemos que agradecer.
¿Qué impide decir gracias? Lukas lo expresa así: "Lo impide, por macabro que parezca, el horror que no se ha vivido (...) No haber clamado desde la penuria". Sin embargo, no debería ser necesario pasar por el horror y el dolor para ser agradecidos. Sobran motivos para agradecer cada día, a cada minuto, a partir del hecho de que estamos vivos. El gran pensador y médico Víctor Frankl recomendaba agradecer siempre: "Si no sabes por qué agradeces –decía–, quien recibe tu agradecimiento lo sabe".
Si no hubiera un otro, ése a quien agradecer, estaríamos solos. Y un ser aislado jamás le encuentra sentido a la vida. En principio, agradezco la existencia del otro, porque hace posible mi propia existencia. Sin un Fleming no habría habido un Churchill. Y viceversa. Y así con cada ser humano, hasta el infinito.
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.
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