
SIN CONCESIONES
La obra del rosarino Antonio Berni refleja audacia y compromiso estético y político
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Antonio Berni (bautizado Delisio Antonio) llegó al mundo el 14 de mayo de 1905 en la ciudad de Rosario. Su padre, Napoleón, era un sastre italiano, oriundo de Domodosola; Margarita Picco, su madre, era hija de inmigrantes, chacareros de Roldán, localidad del norte santafecino. Antonio tenía unos 10 años cuando su padre partió hacia Italia por cuestiones familiares. Cuando Napoleón Berni llegó a su tierra natal sonaban los primeros estruendos de la Primera Guerra Mundial. Fue movilizado y nada se supo de él hasta que, mucho tiempo después, llegó la noticia de su muerte.
Antes de la desaparición de su padre, Antonio ya era un precoz aprendiz en un taller de vitrales. Allí comenzó a dibujar; más tarde asistió a las clases del Centro Catalá, donde sus humildes maestros le enseñaron a pintar con un ingenuo estilo impresionista. En esos tiempos poco o nada se conocía de las tendencias contemporáneas que triunfaban en Europa.
En 1920, Berni expuso individualmente en el desaparecido Salón Mary y Cía., de Rosario. Los periódicos locales se ocuparon de la muestra en notas tituladas con asombro: Un niño prodigio y Un artista de 14 años escribían sin disimular la sorpresa. En Buenos Aires, la primera muestra personal la realizó en 1923, en la antigua y prestigiosa galería Witcomb, Florida al 700. La infancia de Berni, en el arrabal rosarino, como la de otros chicos de su edad, tuvo mucho de calle, de juegos y aventuras imaginarias. En ese tiempo soñaba con ser telegrafista como su tío Enrique, que por su oficio viajaba de norte a sur del país.
A los 15 años, mientras estaba pintando una callecita de Roldán, Berni conoció a una criollita muy linda, de apellido Cañada, que fue su primer amor.
Es posible que Juanito Laguna y Ramona Montiel, inolvidables personajes que creó cuando tenía alrededor de 55 años, hayan surgido de los recuerdos borrosos de esa época. El pintor alguna vez dijo que si bien ambas criaturas eran pura invención, Juanito podía ser tanto él mismo como Cañadita, el hermano de la criollita. Ramona, por su parte, pudo haber surgido de la evocación mezclada de muchas mujeres: su amor por Roldán, las mujeres que conoció en los prostíbulos de la calle Pichincha o las muchachas pueblerinas que, a su manera, luchaban por la vida.
Cuando tenía 21 años, con una beca Berni se instaló en París, la meta ansiada por los argentinos que soñaban con encontrar el estímulo real para sus talentos. De inmediato comenzó los estudios en los talleres de André Lhote y Othon Friesz, pintores familiarizados con la estética y la paleta de los cubistas y los fauves. El aprendizaje fue rápido. Guiado por su notable talento, experimentó en poco tiempo casi todas las orientaciones plásticas de los talleres parisienses.
Pero el surrealismo fue la tendencia que le permitió, por primera vez, acceder a un arte contemporáneo y vital.
Este movimiento había surgido en 1924 de la mano de André Breton, poeta que aglutinó a su alrededor a pintores como Max Ernst y Joan Miró. Berni descubrió el surrealismo de la mano del que sería su perdurable amigo, el poeta Louis Aragon. En ese mismo círculo nació su amistad con el filósofo marxista Henri Lefevre; allí conoció a Breton y al poeta dadaísta Tristán Tzara. También se relacionó con Dalí y Buñuel, que habían concluido el famoso film surrealista El perro andaluz.
A partir de 1928, Berni realizó una serie de pinturas y collages surrealistas. En junio de 1932 expuso esos cuadros en Buenos Aires, en Amigos del Arte. Como era previsible, la muestra del primer surrealista argentino no despertó mayor interés; la crítica fue adversa. Estas obras, contra la opinión de los críticos de la época -escasos de información y de intuición-, son las mejores expresiones del surrealismo que nunca haya realizado artista rioplatense alguno.
Berni regresó a la Argentina en 1930. Con poco dinero, con una mujer francesa y con su pequeña hija, Lily, se instaló en una chacra santafecina. Allí pintó buena parte de las telas surrealistas expuestas en Amigos del Arte. Pero pronto abandonó las imágenes oníricas de esos cuadros, en los que un botón se encontraba casualmente con un tornillo y la Torre Eiffel surgía del horizonte de la pampa.
El golpe militar del 30 que destituyó al presidente Hipólito Yrigoyen así como la desocupación y la miseria de la época le inspiraron una nueva forma del arte, realista, crítico y político. Por otra parte, el realismo social también fue una réplica al avance mundial de los totalitarismos. Berni estaba sinceramente convencido de la posibilidad del socialismo como alternativa al mundo capitalista.
Las enormes telas que Berni pintó en esa época estaban dedicadas a temas sociales, como la extraordinaria Manifestación, de 1934, que representa a un grupo de angustiosos trabajadores portando una pancarta con la inscripción Pan y trabajo.
En los años sesenta, cuando ya era un pintor reconocido y admirado, Berni creó las historias de Juanito, el chiquillo de la villa de emergencia y de Ramona, la mujer humilde entregada a la prostitución. Describió la existencia de esos personajes marginales -convertidos en símbolos- en cuadros en los que utilizó toda clase de objetos de desecho que recordaban los basurales próximos a las villas de emergencia. Con una serie de grabados que relataban la historia de Juanito Laguna, Berni obtuvo en 1962 el Gran Premio de Grabado y Dibujo de la Bienal de Venecia. A partir de ese momento, la participación en grandes muestras en Europa se multiplicó. En 1964, fue invitado para integrar la exposición Mitologías cotidianas, en el Musée d´Art Moderne de la Ville, de París. El maduro artista, renovado, con un estilo actualizado, expuso junto a un grupo de jóvenes creadores europeos que, como él, reflejaban en sus obras la realidad cotidiana, criticando el culto a los bienes del consumo.
La fama de Berni iba en aumento y se podía medir por las invitaciones continuas de museos y galerías. El interés por su obra crecía entre los entendidos. Pero poco pudo gozar el viejo maestro de la nueva popularidad. El 13 de octubre de 1981 falleció en Buenos Aires, víctima de un tonto accidente doméstico.
Berni fue siempre fiel a la convicción de que el arte era una manera de vivir con riesgos. Pero, por sobre todo, el arte verdadero, para él, no admitía concesiones y debía servir para que los contempladores entendieran que vivían en un mundo que poco tenía que ver con lo que ellos creían.
Berni nunca abandonó su afán por experimentar con nuevas formas y con nuevos medios. Surrealista a los 23 años, realista a los 29, cuando tenía 60 creó Los monstruos. Estos eran unos objetos barrocos, construidos con chatarra, extravagantes e irónicos, semejantes a dragones, que amenazaban a la heroína o se disputaban a Ramona Montiel. Todavía, en 1964 participó en La muerte, una exposición-happening con algunas de las jóvenes estrellas pop del Instituto Di Tella. Cinco años más tarde integró el grupo de la primera experiencia de arte y cibernética que organizó el CAYC. Pero lo más notable de esos años de madurez fue la muestra que presentó en Nueva York en 1977, en la que mostró una faceta renovada de su arte. Instalado en la ciudad más consumista y opulenta del mundo, fascinado por la multiplicidad de extraños personajes anónimos que la invadían, dio un nuevo viraje.
En las telas que pintó en los meses de estada neoyorquina (antes de inaugurar la muestra La magia de la vida cotidiana), representó sin idealización alguna un universo de personajes vulgares: mujeres grotescas, estereotipados jóvenes posmodernos, falsos hippies integrados al mundo del consumo, crudas parodias de la sexualidad. Chelsea Hotel y Aeropuerto son dos telas sobresalientes que reflejan con notable dureza la angustiosa soledad del individuo inmerso en la soledad, el anonimato y la indiferencia de las grandes urbes modernas.
Los grabados de Ramona
Inagotable capacidad de cambio, audacia y compromiso, con los grabados, Berni no sólo se lleva el premio de la Bienal de Venecia, sino que concentra la atención de la crítica mundial con una obra original y poderosa.
Imágenes de dos mundos
Los inmigrantes (extrema izquierda) fue la primera pintura que salió al ruedo internacional, cuando la obra de Berni, de la mano de Ruth Benzacar, Lilly Berni y Cristina Erhardt del Campo entonces representante de la casa Christie´s en Buenos Aires-, salió en busca de un nuevo mercado.
Surrealismo y Metafísica
El surrealismo interesó especialmente al maestro rosarino. Como si el mensaje lanzado por André Breton hubiera despertado en él otras voces interiores. En 1929 conoció a Louis Aragon, después se acercó a la obra de Freud y a las ideologías revolucionarias. Sus trabajos de ese tiempo, collages, pinturas y fotomontajes, registran la influencia del movimiento que liberaba el inconsciente y estimulaba las asociaciones libres, insólitas. De esa época es La siesta y el sueño.
Rubias de New York
Un grabado de la serie de Ramona: El strip-tease de Ramona 2, 1963. Chelsea Hotel, una de sus últimas pinturas que integró la muy comentada muestra de Nueva York. El acrílico con collage descubre una temática cara al artista: la vida en los bordes, la marginalidad, la prostitución. Otra vuelta de tuerca en la producción de un creador ligero de equipaje, que rechazó las ataduras y las convenciones.
Vivir con riesgos
Berni estuvo siempre convencido de que el arte era una manera de vivir con riesgos. No imaginó un final tan absurdo para su vida. Un tonto accidente doméstico (se atragantó con un hueso de pollo) terminó con su vida, cuando comenzaba a experimentar nuevas formas que certificaran su único compromiso, el que había sellado desde muy joven con la realidad, sin anestesia.






