Sobre bebés que aprenden a gritar y "mi mejor versión" ahora que soy una mamá

Crédito: Paula Salischiker
Paula Salischiker
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14 de diciembre de 2018  • 13:29

Hace unos días un amigo me dijo que él era su mejor yo en su rol de padre. Después de cuatro hijos, me sorprendió y me dejó pensando. Como hace varios meses solo puedo ver el mundo desde este nuevo lugar, ya casi no recuerdo las otras versiones de mí misma, aunque estoy segura –y tengo pruebas- de que me cansé de usarlas en estas tres décadas y media. Como la valija Juliana, yo también soy muchas otras personalidades y tengo otras profesiones pero, de repente, la mayoría me resultan un poco demodé y aburridas. Que la maternidad agota no solo se refiere al cansancio diario ni al piloto automático con el que, jabón blanco en mano, lavo todo lo que me rodea . También se agotan ciertos vínculos, formas de ver las cosas, proyectos. Es como si maduraran de pronto todas las cosas en simultáneo, me dedico a recogerlas del suelo y a acomodarlas en estantes mentales: esto sirve, esto ya no, esto lo guardo, de esto me deshago en este mismo instante.

Mi hija empezó a girar sin parar y hoy su único objetivo en el mundo es rodar hacia su derecha. Hice un cálculo: si ella quisiera en un par de horas avanzaría unas diez cuadras. Ya no puedo dejarla sola sin mirarla, porque desaparece de los espacios y aparece en otros, sobre todo debajo de sábanas y juguetes. Como dupla, ya no somos novedad. Desde su nacimiento ya existen seis bebés más en mi núcleo cercano de amigas y primas. Eso nos quita peso, las visitas de familiares se hicieron más esporádicas, casi nadie se acuerda cuando vamos al pediatra y no muchas personas nos preguntan cómo anda la nueva integrante. Un gran alivio. Para atravesar los días juntas, hacemos lo que podemos: miramos películas, escribimos notas, buscamos pasajes a donde nunca viajaremos y miramos el techo, una gran actividad nueva para mí. Estamos casi sin dormir y pasamos mucho tiempo mirándonos fijo, sin pestañear. Vos sos mi hija, le digo con los ojos. Y ella grita algo en respuesta, porque ahora también aprendió que tiene cuerdas vocales y que puede usarlas cuando quiera.

Las pocas noches en las que logro dormir, tengo sueños raros. De a poco, mi bebé aparece en ellos, más que nada como extra, nunca ocupando el rol protagónico que tiene en mis horas de vigilia. Pero sus juguetes están siempre, son los accesorios fijos de mis sets oníricos. Sueño que vuelvo a trabajar y sobre el escritorio, al lado de la computadora, están apilados sus libros de tela de colores chillones. Me despiertan los gritos novedosos y no sé donde estoy, pero como todo es urgente y me obliga a estar en el presente, rápidamente sé lo que hay que hacer. Soy una madre robot y actúo como tal, prendo la luz tenue con la inocencia de que un milagro ocurra y vuelva a dormir, compruebo el estado del pañal y tarareo una canción casi inaudible. Ineludible, empieza un nuevo día para mi mejor yo y vos.

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