
Sobre la obviedad
En épocas de vacas gordas lo evidente es lo que menos se ve
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Cuanto mejor es la situación económica de una sociedad o de una persona, menor es el poder de los incentivos materiales que las pueden movilizar. El dinero y lo material son buenos combustibles en la escasez, pero van perdiendo potencia en cuanto asoma la abundancia. Estas ideas del economista estadounidense Tyler Cowen, que a los 53 años administra uno de los blogs más visitados en el mundo (Marginal Revolution) y dicta cátedras en Harvard y en la Universidad George Manson, podrían dar una de las claves por las cuales aunque el dinero ayuda (como advierte Woody Allen) no necesariamente provee felicidad.
Es que, según señala Cowen (autor de Descubre el economista que llevas adentro y Destrucción creativa, entre otras obras), la exitosa cobertura de las necesidades de supervivencia deja al descubierto otras carencias. Carencia de cosas que el dinero no compra: orgullo por la tarea bien realizada, alegría de ver cómo lo que hacemos mejora el mundo, posibilidad de poner nuestros dones en funcionamiento y, desde ya, vínculos profundos y trascendentes con las personas con quienes convivimos. En cierto modo esto trae a la mesa la clásica Pirámide de las necesidades humanas diseñada en la década del 50 por el gran psicólogo humanista Abraham Maslow (1908-1970). En la base de esa pirámide están las necesidades elementales de supervivencia (alimento, agua, aire), en el escalón siguiente las de seguridad (protección, respeto de valores como la vida), en el tercero las de aceptación (amor, amistad, pertenencia), en el cuarto las de autovaloración (reconocimiento, confianza, respeto) y en el vértice, como culminación, las de autorrealización (moral, creatividad, aportes propios que dejen huella en el mundo).
Si no se atienden las necesidades de la base, no hay cómo seguir adelante. Pero si no se satisfacen las del vértice sobreviene la angustia existencial, el vacío, la sensación de sinsentido. La vida vendría a ser el escalamiento de la pirámide. La idea de Cowen (que por supuesto no es original de él, sino algo que millones de personas han comprobado por experiencia y existencia propia a lo largo de los tiempos) es que no hay forma de que el dinero pueda llevarnos desde la base hasta la cima eximiéndonos de todo compromiso, búsqueda, esfuerzo, propósito y responsabilidad personal e intransferible.
Entrevistado hace un tiempo por la periodista catalana Ima Sanchís, el economista ponía el acento en que algunas de las carencias más notables que se advierten hoy, una vez alcanzado un buen nivel de satisfacción económica y material, son las de afecto y tiempo. Suena lógico, desde el momento en que existe una estrecha y sutil relación entre ambos factores. El afecto, aun en las relaciones más cercanas e íntimas, se cultiva con presencia, con actitudes, con acciones y todo eso requiere tiempo, no hay forma de conseguir que, llamando y pagando, nos lo traigan vía delivery. Pero si el tiempo está dedicado a carreras acumulativas (de posesiones, dinero, bienes, fama, éxito, etcétera), no habrá manera de invertirlo en los vínculos.
La economía se basa en las relaciones humanas y no al revés, sostiene Cowen. Algunas personas lo saben sin ser economistas y, al ir construyendo sus vidas, saben dónde poner los cimientos. Otras, aun siendo hábiles para las actividades económicas, se fascinan con la fachada del edificio y se lanzan a una edificación sin pilotes. En los años de vacas flacas todo esto parece una obviedad. En los de vacas gordas suele ocurrir que lo obvio es lo que menos se ve.



