
Sonic Youth o el secreto de la eterna juventud
Por Claudio Kleiman
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Entre la maraña de visitas internacionales que se anuncian para los próximos meses en Buenos Aires, la de Sonic Youth no es la más publicitada o la más popular. Pero sí, seguramente, una de las más trascendentes.
Porque Sonic Youth -sin haber conocido nunca el éxito masivo- es uno de los grupos más renovadores e influyentes de los últimos 20 años, empujando permanentemente los límites del mainstream y manteniéndose en un estado de cambio y experimentación permanente, casi como si hubieran descubierto -haciendo honor a su nombre- el secreto de la eterna juventud sonora.
SY no surgió en un vacío; por el contrario, son un típico producto de Nueva York, con su tradición de bohemia, arte vanguardista y rock transgresor. Continúan una línea sucesoria de bandas de guitarra que se inaugura con Velvet Underground en los 60 y sigue en los 70 con Television, teniendo en común el desafío al formato convencional de canción y la utilización del noise como un elemento más de la música.
Los SY añadieron a esta ecuación la estética de performance-art cultivada por la avant-garde neoyorquina, y el uso de la disonancia, el feedback y las afinaciones alternativas que los dos guitarristas de la banda -Thurston Moore y Lee Ranaldo-, aprendieron en sus experiencias junto al compositor Glenn Branca.
Con estos elementos crearon un paisaje sonoro sin precedente, que redefinió lo que podía hacer la guitarra dentro del rock. A esto sumaron un amor por la cultura trash -que incorporaba desde el kitsch a la psicodelia de garaje, así como el rock clásico y el pop comercial-, más una actitud desafiante y callejera directamente hereditaria de los Stooges de Iggy Pop, que impidió que se convirtieran en una banda de culto para intelectuales. SY son divertidos, son sexy -la pareja de Moore con la bajista Kim Gordon constituye algo así como los John y Yoko de la nación alternativa- y rockean.
Con su trilogía de lanzamientos independientes de la segunda mitad de los 80, Evol (1986), Sister (1987) y Daydream Nation (1988) consiguieron sintetizar su experimentación inicial en estructuras donde se filtraba su pasión por la cultura pop. Especialmente este último, un doble en su edición inicial en vinilo, está considerado una especie de White Album de la música alternativa.
A partir de su firma con el sello Geffen en 1990 -estableciendo un parámetro para bandas indies que pasan a sellos mayores sin perder su independencia artística- continuaron expandiendo su paleta sonora en distintas direcciones. En Goo (1990) colaboraban con Chuck D, de Public Enemy, y en Dirty (1992) con Ian MacKaye, líder del grupo hardcore Fugazi. Este álbum fue producido por Butch Vig (el mismo de Nevermind, de Nirvana) y en él, los SY intentaban aproximarse al sonido grunge de grupos que ellos mismos habían apadrinado, como Mudhoney y los propios Nirvana.
Con el atmosférico Experimental jet set, trash & no star (1994) -casi una declaración de principios- y Washig Machine (1995), siguieron cosechando elogios, representando casi un retorno a los viejos tiempos, con delicados números acústicos intercalados con ráfagas de psicodelia y atonalismo. En A Thousand Leaves (1998) y el reciente NYC Ghosts and Flowers (2000) -que favorece un approach más textural-, rinden homenaje a los poetas y escritores de la "Beat generation", pioneros de la bohemia neoyorquina y la rebelión contra el "American Way of life".
Reverenciados igualmente por Neil Young, Nirvana, R.E.M. y Jon Spencer Blues Explosion, los SY (que fueron elegidos para encabezar el festival Lollapalooza en 1995) se han convertido en una especie de benignos padrinos de la escena alternativa, una de las corrientes musicales más populares en Estados Unidos. Pero las cuerdas de sus guitarras continúan afiladas, estallando en himnos demasiado inquietantes como para ser aceptados masivamente.






