
Sueño tanguero de un japonés
Casi, un relato de la aldea global: escrito por una norteamericana, Anna Kazumi Stahl, con fondo de Buenos Aires
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Toshiuri Matsushiro arribó a Buenos Aires en 1947 a bordo de un enorme barco vacío. Había viajado -a buen precio- en las apagadas cámaras frigoríficas de la Estrella Austral que proveía al mayor país exportador de carne vacuna en todo el mundo.
Cuando bajó, se puso a caminar por la ciudad. Era una figura pequeña y enflaquecida entre tantas personas corpulentas y bien nutridas que poblaban las calles. Toshiuri se sintió optimista porque el país de su nueva residencia parecía ser rico, mucho más rico que el Japón hambriento y avergonzado que había dejado atrás.
Encontrar trabajo le resultó fácil. Buscando una pensión, escuchó que le hablaban en japonés desde la puerta de un negocio. Eran japoneses de Okinawa, y Toshiuri era de Nagoya, zonas diferentes y no muy amistosas, pero ellos le ofrecieron empleo y un pequeño cuarto atrás. Todo muy razonable, y el trabajo, aunque el horario era largo y los productos químicos de la tintorería no eran nada agradables, era simple y poco exigente. El sueldo le alcanzaba para comer y le sobraba algo para ahorrar o gastar como quisiera.
Ya fuera por las diferencias regionales que los separaban o por algún otro motivo, Toshiuri no hizo amistad con sus empleadores ni con los otros japoneses que trabajaban allí, en la Tintorería Oki. Al final del día, mientras los demás hablaban, hacían las cuentas y preparaban de comer, él desaparecía durante horas. Volvía a la noche únicamente para dormir. Iba al puerto todas las tardes. Caminaba por el borde del Riachuelo y lo miraba, plácidamente.
A diferencia de sus compatriotas, Toshiuri Matsushiro había querido venir a Buenos Aires desde antes de su partida de Japón. Muchos de los otros habían ido primero a Brasil o a Perú, con los convenios internacionales. Después, desesperados o enloquecidos por las crueles condiciones de trabajo, habían escapado. Abandonaron sus contratos y vinieron ilegalmente a la Argentina. Pero Matsushiro tenía papeles, se había ocupado de conseguir la residencia y de comprar un pasaje directo, y durante el viaje se había aprendido los 35 capítulos de un libro escolar de lengua española.
No era ninguna casualidad que Toshiuri Matsu- shiro se dirigiera hacia la capital de la Argentina. Toshiuri sentía a Buenos Aires como un novato en karate siente al enemigo: siempre ausente y siempre delante de los ojos.
En el otoño de 1946, cuando el pesado aire de la derrota nacional tomó Nagoya, Toshiuri se fue de su pueblo natal a la gran capital, Tokio, en busca de trabajo. Pero no había empleo, ni comida, ni alojamiento, ni siquiera muchos japoneses. La capital tenía nuevos dueños, de figura grande, con caras relucientes y mejillas rosadas. Eran los norteamericanos, de boca ancha y pelo amarillo, las Fuerzas Armadas de Ocupación.
Su presencia deprimía a Toshiuri. Y en un pequeño bar, entre el humo de cigarrillos, el murmullo de otros derrotados y los sonidos bajos de una música variada -siempre extranjera y cuidadosamente no americana-, Toshiuri escuchó la canción que lo iba a acompañar hasta su muerte, a los 71 años, en el barrio de Barracas.
De un parlante escondido detrás del bar salía ronca, borrosa, la voz de un hombre que cantaba en un idioma extraño. Era una voz solitaria, y la canción lo llenaba con una tristeza tan profunda y frágil, pero a la vez tan viril, que Toshiuri sintió que algo se arraigaba en él, puntual y firme: una decisión, una voluntad.
Le preguntó al barman qué era esa música, y éste, juntando copas, le contestó rápidamente: "Tango", y siguió por el bar, retirando vasos y platos. Toshiuri esperó hasta que el barman le pudiera prestar más atención. Entonces, le preguntó: "¿De dónde es? ¿Quién canta? ¿Qué canta?" El barman miró un rato largo a Toshiuri; quizá reconoció el acento provinciano nagoyense que tenía, tal vez lo despreció. Al final simplemente le pasó la tapa del LP. Pero Toshiuri sólo encontró letras impresas, indescifrables para él. El barman le indicó con el dedo: "Aquí está", dijo. Mañana zarpa un barco.
Toshiuri miraba las letras sin entender las palabras. Había estudiado el alfabeto romano en la escuela, como todos, pero no le había prestado mucha atención. Hasta ese momento había sido la cosa más ajena a su vida. Pero al rato, con concentración, empezó a deletrear, palabra por palabra, e hizo sonar las letras, pero sin comprensión alguna.
Pidió papel y lápiz. Con cuidado, con esmero, en nada menos que dos horas, copió toda la letra de Mañana zarpa un barco, los extraños nombres del autor y del cantante, y todas las demás palabras que encontró en la tapa. Guardó el papel en el bolsillo de su pantalón y lo llevó siempre consigo.
Durante los tres meses de viaje por mar, con el glosario de su libro de español, Toshiuri logró una tenue pero sincera comprensión de la canción. A veces probaba cantar una u otra línea. "Cien puertos nos regalan la música del mar", murmuraba en las cámaras vacías con un olor acre, luego: "Cien puertos", "Riachuelo, Riachuelo" y "El tango es puerto amigo donde ancla la ilusión". Y algo en él cobraba sentido, y algo en él esperaba con optimismo la llegada.
Entonces, cada tarde después de su tarea de tintorero, Toshiuri se dirigía hacia el río. Se quedaba mirando su corriente, su ritmo y su carga de barcos de todas partes. Iba al río y esperaba y miraba. Esperaba una especie de satori, un movimiento que le viniera desde el río. Iba en verano, en invierno, bajo la lluvia o bajo el sol. Toshiuri Matsushiro aguardaba, paciente, a la orilla del Riachuelo, pero esa comprensión jamás llegó.
Un día de mucho frío, decidió tomar algo caliente antes de volver a la tintorería. Enfrente de la ribera había una cafetería. Entró y, poco esperanzado, le hizo al mozo una seña de C grande con su mano, como había visto a muchos hacer, y luego recibir tazas grandes y gruesas de café caliente. Consecuentemente y antes de lo esperado el mozo le trajo el café, caliente, en una taza grande y gruesa.
-Hace frío, ¿eh? -dijo el mozo a Toshiuri, que no entendió nada salvo el ¿eh?. Pero le sonrió y asintió con la cabeza.
-Sí -siguió entonces el mozo, un hombre de rasgos fuertes, pero con cara de bueno-. Sí, hace mucho que no tenemos un invierno así, ¿no?
Toshiuri asentía con la cabeza, tratando de captar alguna palabra, algún fragmento de frase. Entendió sí y ¿no?, por supuesto, y creyó haber entendido un mucho también, pero, ¿con relación a qué? Venían a su mente varias reglas gramaticales, además de palabras sueltas de sus lecciones. El libro de español ocupó su pensamiento, en forma abarcativa pero inútil.
El mozo se inclinó más cerca de Toshiuri.
-Usted no es de acá, ¿no? ¿De dónde es? ¿Japonés?
-Sí -dijo Toshiuri, sintiendo que le salía mucho más fácil de lo que pensaba. Entonces dijo otra vez Sí, y el mozo lo miró amistosamente.
-Yo conozco muchos japoneses por acá -dijo, dejando atrás a Toshiuri que no entendía-. Son muy buenos, muy trabajadores.
Toshiuri se rindió, pero siguió asintiendo con la cabeza. Sintió que estaba pasando vergüenza. De repente el mozo volvió y se sentó frente a él.
-Lo he visto venir mucho acá. Lo he visto caminar, quedarse mirando el río. ¿Por qué? ¿Le pasa algo? ¿Está muy solo? Dígame, quizá lo pueda ayudar. Con toda la buena voluntad, por supuesto, no lo quiero molestar, usted sabe, pero lo veo ahí, hace frío...
Toshiuri miraba al mozo, hizo un leve gesto con sus hombros indicando que no entendía. El mozo siguió: -Hace frío -dijo, ahora más fuerte-. Está solo ahí, usted. -Indicó, por la ventana, el río-. Solo, en el frío.
Toshiuri captó el gesto como una luz en la oscuridad, y él también gesticuló hacia el río. Los dos entonces indicaron el río con gestos repetidos, hasta darse cuenta de que eran como dos niños o dos monos, saludando a la ventana que daba al Riachuelo y los barcos mercantiles. Toshiuri sacó de su bolsillo un papel gastado, doblado en un cuadradito. Lo desdobló, lo puso en el centro de la mesa y lo golpeó con su puño. Cuando el mozo lo leyó, se le iluminó la cara. "Brillante, brillante -gritó, palmeando el hombro de Toshiuri-. Quedate, quedate, ¿entendés?, quedate un ratito, ¿eh? Mierda, quedate, ¿me entendés? Quedate", y se fue del café.
Toshiuri se quedó. Miraba el Riachuelo por la ventana, percibía el frío frenado por el vidrio y el calor de su propio vientre. El mozo volvió, muy entusiasmado, y entró estrepitosamente con otro hombre detrás. El otro hombre tenía también facciones fuertes, pelo muy negro y engominado. Su pecho era ancho y sobresaliente. No era alto, ni parecía fino, pero tenía los ojos muy tiernos, como si estuviera un poco triste o débil y consciente de serlo.
-¡Esto te va a encantar! ¡Esto te lo va a resolver todo! -dijo el mozo a Toshiuri, y al otro también le dijo: "¡Esto te va encantar! ¿Ves el papel? ¡El ponja tiene tu canción!" El otro era Homero Manzi, y la letra era de él.
Manzi lo llevó a su casa, a unas pocas cuadras de ahí. Toshiuri caminaba como un tonto, un aturdido, tropezaba con los adoquines desparejos detrás de esos hombros anchos y poderosos y esa cabeza de pelo negro brillante. Ante sus ojos, Toshiuri vio flotar las letras, oyó su ritmo, su melodía, y su mente se vació, por primera vez, de su idioma natal. No pensaba; siguió a Homero Manzi hasta llegar a una puerta modesta, pintada de verde. Estaba entreabierta, y una bombita de luz desnuda iluminaba el umbral. Ya era tarde; había caído la noche.
Manzi abrió la puerta con un gesto ampuloso, casi brusco; al japonés ese gesto podría haberle parecido grosero o violento, pero le resultó alegre. La puerta daba a un patio que, aun en la oscuridad, se veía poblado de plantas y de botellas viejas. Manzi estaba fervoroso, exultante, feliz de invitarlo a su casa, y para Matsushiro todo eso parecía extraño. Iba con cautela porque para un japonés no era costumbre ir a la casa de un desconocido, menos aún si se trataba de una persona famosa.
Fue la noche más linda, más plena de sentimiento en la vida de Toshiuri. Homero Manzi cantaba, hablaba y se reía, mientras cortaba fetas gordas de pan y salamín para que comiera Toshiuri. ¡Qué sabores! ¡Qué voz sonora! Sobre un papel madera Manzi dibujaba las notas de algunas variaciones, sus manos gruesas hacían ademanes expresivos, y su esposa, una mujer de cabello muy negro, corpulenta y generosa, les servía platos de fideos con una salsa de anchoas levemente picante. "Puttanesca", dijo ella y se rieron los tres. Toshiuri se sintió regocijado.
Fue una noche en la que el idioma no hizo falta, porque además del vino y de la risa, tenían el canto. Toshiuri conocía las letras de todos los temas de Homero. Y aunque no tuviera la más mínima idea de qué significaban, las cantaba -fuerte, con emoción- y lograba impresionar. "¡Qué cosa!", murmuraba la mujer, y Manzi sonreía.
A Manzi le encantó la reunión. Y por supuesto que lo ocurrido se relató al día siguiente en el café de la esquina. Llegó a ser el chisme del día, como una fábula, un pequeño milagro. De todos los que lo escucharon, el que más lo disfrutó fue el mozo. Porque él, Roberto, había sido, ese día, el alma buena, el ángel de la zona portuaria. Por un momento se permitió pensar que, a lo mejor, lo había salvado de un negro fin por el simple hecho de haberlo conectado con el protagonista, el héroe -pensó- de su sueño extraño, su sueño japonés.
Al día siguiente, Roberto llegó a primera hora de la tarde. Limpió un poco las mesas, ordenó las sillas. Y cuando miró por la ventana vio, caminando a lo largo del muelle, la figura diminuta que sólo podía ser de Matsushiro. Estaba observando la corriente, los barcos, el barro, y nada más. Roberto tuvo un presentimiento oscuro.
"¿Qué le estará pasando?", se preguntó y quiso salir a encontrarse con él, a hablarle, quizás a traerlo, a ayudarlo. Pero se frenó, acordándose de que el japonés no entendía castellano. Igual, Roberto se desesperó, sintió la necesidad de hacer algo, viendo al japonés, pequeño, flaco, tan peligrosamente cerca del río, tan peligrosamente triste y solo.
"¿Qué hago?", se preguntó, y en ese momento la figura de Matsushiro dejó de caminar y giró, miró hacia el bar, y con un gesto muy suave, sin levantar del todo el brazo, lo saludó. Y siguió caminando.
(De Catástrofes naturales, por Anna Kazumi Stahl, editado por Sudamericana en 1997. La autora nació en 1963 en Louisiana y vive en Buenos Aires. Ilustraciones: Carlos Nine.)






