Susanna Moncayo: la voz humana
Su voz es la de Nélida en la ópera-tango Orestes, último tango, que se estrenó mundialmente en Rotterdam, el 22 de este mes, en el marco del World Music Theatre Festival. Además, interpretará canciones argentinas y holandesas en un recital que la embajada argentina regalará a Máxima y Guillermo
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Tantos años antes de que ella naciera, en Alemania estallaban las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Su madre era todavía una niña en Leipzig, pero había recibido instrucciones precisas, por si las bombas: en caso de catástrofe, tenía que abrazar partituras y correr al sótano. Y eso, exactamente, hacía. Que la música es más importante que unas cuantas cosas es, entonces, algo que esta mujer –hija de aquella nena que corría abrazando pentagramas hacia el sótano– sabe desde lejos.
–Mi abuelo tenía una editorial muy importante, que se llamaba Breitkopf & Härtel. Mamá tenía la tarea de cuidar las partituras durante los bombardeos. Ella llegó a ver los manuscritos de La pasión según San Mateo, de Bach.
Pero un buen día su madre conoció a un porteño en París, y el porteño en París se la trajo a Buenos Aires. Esa y ése son los padres de Susanna Moncayo, mezzosoprano para más datos, madre de Juan, un nene de 7 años al que, con veinte días de vida, no dudó en embutir en un avión para ir a Bratislava donde tenía que cantar Pelléas y Mélisande.
–Dormía en una valija.
Antes del hijo, hasta 1979, estuvo entretenida siguiendo una tradición musical que empezó cantando en alemán con su madre en casa, y que siguió un rumbo más popular que lírico.
–En 1979, estaba cantando música popular con Jaime Torres. Quería ser folklorista, maestra rural, estaba con la onda Leda Valladares, Violeta Parra. Llegué a cantar en el Tantanakuy, con una caja y a la luz de la luna. Y un día, por la situación política, tuve que hacer mi valija e irme. Estuve trece años afuera, desde 1979 hasta 1991. Fui a Roma y empecé con el canto lírico. Sólo entonces empecé a hacer cosas clásicas.
Se puso a estudiar en el Conservatorio Nacional de París con Régine Crespin, y su currículum es un filigrana de delicias y escenarios como La Scala de Milán y el Gran Théatre de Geneve. Cantó como solista con la Orquesta Nacional de Hungría, la Sinfónica Siciliana, la de Budapest, la Filarmónica de Buenos Aires y la Sinfónica Nacional. En 1991, debutó en el Colón con Fausto.
–Las rodillas me temblaban tres días antes del estreno.
A esa ópera le siguieron Lulu, Los cuentos de Hoffmann, Pelléas y Mélisande.
Ahora son las cinco y media de la tarde, y la señora de ojos vivaces acaba de pedir una cerveza en un bar de tango del Abasto. No tiene aires de prima donna. No tiene aires. Está, antes, preocupada por la emergencia sanitaria y pensando en lo afortunada que es porque puede sobrevivir –sí, sobrevivir dice– de lo que le gusta. La ópera, el artificioso mundo del canto en malabar, es sólo un carril de la amplia avenida por la que la señora circula, tan oronda, dando señales de que lo popular y lo diferente siguen siendo santos de su santísima devoción, y que todo puede caber en un mismo pecho sin pelearse. Así, en 1997, protagonizó el espectáculo Canciones de cabaret (en el que hizo temas como Je ne t’aime pas y Quejas del Sena, de Kurt Weill) que ganó un premio ACE, y La voz humana, de Poulenc, dirigida por Betty Gambartes, que le valió una nominación al ACE 1999 como mejor actriz. Uno de sus proyectos para este año es hacer un disco de música popular con la venezolana Cecilia Todd, además de Juan Falú, Jaime Torres, Jorge Marona y Francisco Gato. Eso convive sin conflicto con una invitación de la Fundación CINI de Venecia para grabar un disco de arias inéditas de Vivaldi, que convive a su vez con un disco de tangos –Tango futuro–, que el sello europeo Bis sacará este año en Europa y en el que ella canta el último tango que escribió Cadícamo, con música de Gabriel Senanes.
–Entre tener un proyecto under acá, y tener algo afuera, prefiero hacer algo acá. Nunca aspiré a hacer mi carrera en la Argentina, porque no podría, entonces subvenciono mi trabajo acá con lo que hago afuera. Hay una imagen preconcebida de que el cantante lírico canta ópera, y si puede en el Colón, pero hay muchas otras posibilidades dentro de la música clásica. Mi caso es especial, porque me gusta hacer de todo y cosas muy distintas. Soy un poco todo terreno. Es como una frecuencia de radio. Cambiaste el dial, cambiaste de frecuencia, pero siempre te llevás un poquito de la frecuencia anterior. Muchas veces la gente dice: “El mundo de la música es uno solo”, y en la realidad no es así. Yo voy a a un recital de rock para ver otros mundos, pero la gente va muy poco a ver los espectáculos de los demás. Hay un prejuicio. Por eso me gusta Orestes. Porque es una mezcla, y eso es un desafío.
Orestes, último tango es la ópera-tango de Betty Gambartes y Diego Vila, con producción de los bailarines Ricardo y Nicole, que se estrenará el 22 del actual en el marco del World Music Theatre Festival, el festival que se realiza en Holanda cada tres años. La ópera, encargada a los bailarines Ricardo y Nicole por los organizadores del Festival, está inspirada en El reñidero, de Sergio De Cecco y retoma el mito griego de Electra. La coreografía es de Oscar Araiz. Susanna Moncayo tiene el papel de Nélida, una madre terrible, y los demás roles están a cargo de Julia Zenko, Carlos Vittori, Jorge Nolasco y Rodolfo Valss. Los bailarines solistas Luis Pereyra y Nicole Pau-Klapwijk están acompañados por un elenco de siete bailarines y un sexteto instrumental. Después del estreno, la compañía emprenderá una gira de 13 funciones –hasta el 6 de abril– por distintas ciudades de Holanda y Bélgica. Moncayo, además, dará un recital de canciones holandesas y argentinas en el Concertgebouw de Amsterdam, para Máxima y Guillermo, auspiciado por la embajada argentina en honor de la pareja. Moncayo cantará junto a la soprano holandesa Judith Mok –con la que conforma un dúo desde hace nueve años– y el pianista Fernando Pérez. Salvo dos proyectos con el Teatro Colón (Hildegarda –en suspenso– y Wozzeck), la grabación del disco de música popular y la ópera Mavra, de Stravinsky, que se hará en junio en el Teatro Avenida, todos sus otros proyectos para este año se desarrollan afuera.
–Lo que más querría es tener continuidad de trabajo en la Argentina. Este año me contrató la filarmónica de Dresden para hacer conciertos en Alemania y para ser solista en su gira latinoamericana, así que voy a venir con ellos al Colón en octubre. Después me voy a Irlanda, porque la radio y televisión irlandesas organizan un homenaje al compositor italiano Luciano Berio, y yo fui elegida por él para interpretar una obra muy emblemática suya, Folksongs, de canciones populares de Armenia, Afganistán, Italia. En fin. Por suerte mi marido me deja partir.
Su matrimonio con el periodista Marcelo Simón es, quizás, otra expresión de las dos tierras que habita sin conflictos, la de la música popular y la música clásica.
–El otro día mi hijo me dijo: “Mamá, tenés que tener un hermanito, no quiero ser el único hijo que va al Colón”. Me dice: “¿Tengo que ir por obligación?”Le digo: “Sí, y por solidaridad con mamá.” Ja.
–¿El escucha música?
–Sí. Pero mi hijo está más con Rodrigo, te voy a decir.






