De Fudruckers a Di Pappo D´oro. Un repaso por los lugares en los que todos comíamos cuando éramos chicos; sumá tus recuerdos.
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Por Andrés Burgo.
Tal vez todos nosotros, mayores de 30 años, contribuimos a que Pumper Nic se atragantara hasta morir. Pero tampoco vayamos a sentirnos tan culpables: fue el mismo hipopótamo, llamado Nic, el que nos indujo a su propia desaparición. Algo así como un suicidio inducido. ¿O acaso no se acuerdan que los tachos de basura de Pumper nos invitaban a tirar los desperdicios, justamente, a través la boca de Nic, el paquidermo verde, amigable y sonriente, que nos miraba con su bocaza abierta y siempre dispuesta a tragar, tragar y seguir tragando? Pero resulta que los hipopótamos de verdad, y esto sí que es extraño, parecen capaces de comerse desde un jabalí hasta un elefante, pero en realidad tienen una garganta tan estrecha que sólo pueden alimentarse con pescaditos y pájaros diminutos. Y así terminó Nic en 1999, atragantado, moribundo, cuando en Costa Salguero cerró el último local de lo que había sido la primera cadena de restaurantes de comidas rápidas del país. Y no es cuestión de ponerse melancólicos, pero algo de todos nosotros también murió en ese momento. Atrás habían quedado las épocas gloriosas de Pumper, que tuvo hasta 70 sucursales, llegó a facturar 60 millones de dólares por año y nos hizo familiarizar con esas raras palabras nuevas como frenys (papas fritas), chiknic (hamburguesa de pollo) y mobur (hamburguesa con huevo). Eran, además, particularmente queribles las empleadas que vestían estética americana ochentosa, al estilo cow boy, que tenían un micrófono al lado de la caja y pedían con voz de azafatas/locutoras de radio: "Coca, Pumper junior, Frenys, Luna llena".
Un año después, en 2000, la recesión le dio otro golpe a la comida rápida y, por qué no, también al final de la adolescencia de una generación. Fue cuando cerró Wendy’s, la cadena que había llegado desde Estados Unidos en 1996 y en poco tiempo desperdigó 35 locales. Es cierto que, a diferencia de Pumper, lo de Wendy’s fue algo menos arraigado y más noventoso (con todo lo que política e ideológicamente implica). O, dicho de otra manera, nunca pasó de ser una moda frugal, imposible de comparar con el sentido de pertenencia que había despertado en nosotros el hipopótamo verde. Algo parecido a lo de Wendy’s sucedió con Che Burguer (recordar uno de sus locales, en Santa Fe y Scalabrini Ortiz) y Fudruckers (en Santa Fe y Riobamba), que nacieron y murieron tan rápido que ya ni sabemos si realmente existieron.
Otro restaurante americano que marcó los 80 fue The Embers, que multiplicó varias sucursales en Capital Federal y zona Norte, y que ahora sólo subsiste en un aislado local de San Isidro. Igual, sus gloriosos aros de cebolla aún valen una visita al único sobreviviente, allá por Libertador al 14.600. En cuanto a las pizzerías, un rápido requiem para Domino’s y Pizza Hut, que nos abandonaron en 1998 sin haber conquistado nuestra simpatía.
Pero no todo eran franquicias norteamericanas. Al menos no lo era La Lecherísima, una suerte de restaurante lácteo a cargo de, obviamente, La Serenísima. Eran años alfonsinistas, en los que se podía tomar Tab y Mountain Dew, y quel local emblemático de lo argentino quedaba en avenida Santa Fe: no estaría mal inventar la máquina del tiempo sólo para volver a comer una de esas baguetes de jamón crudo, queso, tomate y manteca que el chef hacía a la vista de todos.
Algunos también pagarían por el regreso de Yogurt Time, un negocio de yogurt helado que apenas duró un verano; o de Di Pappo D´oro, aquel restaurante uruguayo que vendía por metro las porciones de muzzarella y que se caracterizaba por sus simpáticas banderitas en los sándwiches; o de Cookies, una galletitería en Ayacucho y Santa Fe que tenía decenas de gustos (avena, chocolate, frutilla y mil más); o de Ratatouille, el primer restaurante vegetariano del centro; o de Pumper, claro, pese a que hayamos atragantado al pobre Nic.
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