"¿Te acordás de esto?" 10 objetos bien porteños de los últimos 50 años
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El inseparable portafolios de cuero marrón para ir a la escuela, la cajita con los doce marcadores Sylvapen, el teléfono con el disco de números y la inscripción de Entel, el bien ponderado sifón de vidrio, una chata de cerámica, un pingüino para servir el vino, el letrero azul del subterráneo B que indica la dirección hacia Federico Lacroze, una bolsa de agua caliente recubierta con un coqueto saquito al crochet, y hasta la valijita para llevar la ropa de la muñeca Marilú. De todo como en botica. En esta suerte de almacén de ramos generales no falta nada. No podía ser de otra manera tratándose del Museo de la Ciudad, el querible espacio que está celebrando sus primeros cincuenta años de vida mostrando todo, o casi todo. Porteños y foráneos pueden recorrer esta muestra aniversario y descubrir varios de los 130.000 objetos que pertenecen al acervo patrimonial de este casa.
Mostramos todo, no nos quedamos con nada. La consigna suena seductora. Es que cinco décadas no se cumplen todos los días, aunque en materia de museos es una cifra que delata juventud. En definitiva, se trata, nada menos, que de las bodas de oro de ese maridaje inquebrantable entre los vecinos y este espacio en el que los porteños se encuentran con su ser más profundo. Acá nada huele a naftalina. El clima es festivo. Con solo poner un pie en este edificio de principios del siglo XlX, el visitante no puede dejar de exclamar y repetir los "¿Te acordás?", "¡Igual al que había en casa!". Ya lo decía Marcel Proust: "El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón". Y vaya si hay mucho de todo eso en el Museo de la Ciudad.
"Los museos ratifican las identidades. Uno tiene que exhibir verdad. No estamos acá para hacer mitología con las situaciones. Están exhibidos cerca de 500 objetos, es un muestrario de 50 años. Es el material con el que están hechos los sueños", afirma el Licenciado en Museología Ricardo Pinal Villanueva, director del Museo de la Ciudad.

Con sabor festivo
Los objetos hacen a la identidad de una sociedad. La definen. Dialogan con ella. Se puede lograr un acercamiento a la idiosincrasia de una población posando la lupa sobre su cotidianeidad. No es necesario bucear en las grandilocuencias épicas, basta con adentrarse en esos hábitos y costumbres del día a día de hombres y mujeres, niños y adultos. "Pronto nos vamos a acercar a los cinco siglos de presencia de gente en estas tierras. Entonces, cuando uno habla de los porteños tiene que pensar en qué momento y en qué porteño. En el Museo de la Ciudad guardamos los elementos materiales del hombre y de su entorno para poder entenderlo. Uno puede pensar el rol de esta institución haciendo foco en cómo concebían a las ciudades los romanos. Lo hacían desde dos aspectos: la Urbis, que era la ciudad física y de sistemas de calles y acueductos; y, por otro lado, la ciudad de las relaciones humanas, las Civitas. La Urbis es Buenos Aires y la Civitas son los porteños", explica el museólogo.

La idea de la muestra es entender al objeto en su dimensión vital como proveedor de identidad, no como vehículo de nostalgia. Y así, observar la colección, no como algo escenográfico sino como un testimonio que permite tomar al objeto en su dimensión social.
"En Buenos Aires hubo guerras, estuvimos en secesión con el resto de la Nación, luego se federalizó; pasó de todo en la historia de la ciudad y de los porteños. Eso se traduce en lo cotidiano, en los usos y costumbres: se ve en los ruleros, en los juguetes, en los equipos de reproducción de música. Cuando hablás de tango y te acercás a una vitrola, lo comenzás a entender diferente", explica Pinal Villanueva.
La muestra está curada bajo el concepto de exhibición, en tanto no hay un relato en su montaje como sucede con las exposiciones. Aquí se muestra sin orden jerárquico buscando la empatía, la emoción, una modificación, o no, del visitante. En base a esta premisa, conviven democráticamente un autito de juguete con un transportador escolar; un monedero con una pelota.

Atravesar las puertas del museo implica adentrarse en un universo que no le es ajeno a nadie. Rápidamente se tiene la sensación de pertenencia. Lejos de la remembranza, el visitante celebra encontrarse con objetos que, indudablemente, formaron, o forman, parte de su vida. "Me sorprenden las cosas que siguen en el tiempo, como el peine para la pestaña de mujer que se utiliza desde hace un siglo. En cambio, la bigotera masculina no existe más. Muchos objetos fueron aspiracionales: te compraban la muñeca más cara y la ponían arriba del placard para que no se rompiese. Hoy, casi todos los chicos tienen pelota. Antes no. Existía el dueño de la pelota y era el que manejaba la situación", dice este museólogo apasionado que continúa los pasos del arquitecto José María Peña, el inolvidable director que tuvo esta casa: "Fue el primer preservador de la Argentina. Él entendió que una ciudad se modifica cuando está viva. Hay cosmovisiones específicas de cada momento. Quien mira hoy la avenida 9 de Julio piensa que siempre existió, pero no fue así, y dónde está el Obelisco había una iglesia. Peña fue quien comienza a canalizar la preservación cuando observa cómo desaparecen determinados edificios".
El museo también hace hincapié en las diferentes modalidades por la que atraviesa un vecino: "Una misma persona le pidió el boleto al colectivero, luego utilizó la máquina de monedas que expendía el pasaje y ahora apela a la SUBE. Siempre se viajó, pero la manera marca la época". El Museo de la Ciudad lleva 360 realizaciones montadas en estos 50 años de vida. Ninguna es permanente. "Solo tenemos muestras esporádicas. El concepto estable es la ciudad en sí misma. Aunque, a pesar de los diversos montajes, siempre hablamos de lo mismo: los porteños y su relación con la ciudad", explica el director.
Pasión por coleccionar
Habitualmente se asocia el coleccionismo con épocas demasiado pretéritas. Sin embargo, el presente también acciona sobre este concepto. El hoy construye la historia. "Tenemos más acervo de los años ´20 que de los 2000. Hay que concientizar, aún más, a la gente para que done lo reciente. Eso también tiene valor. Tengo mucho frac y me falta el morral de los ´70 y el casete. Ahora le pedimos a los organizadores de Juegos Olímpicos que nos done material para que los hijos de nuestros nietos se enteren sobre la realización de este acontecimiento sucedido en Buenos Aires y entiendan cómo se competía. Muchos donan pertenencias, pero también tenemos que entender que no somos el Ceamse. Cuando se hace una excavación, los propios obreros nos guardan lo que van encontrando. También vamos a las casas de los vecinos que nos llaman para rescatar información y objetos, pero tampoco podemos ir a buscar lo que dejó la tía que murió, porque no todo tiene valor para el museo. De todos modos, vale aclarar que no necesitamos donaciones costosas. Para nosotros, un rulero, una botella de cerveza, valen. Un baúl es historia. El director del MOMA sostuvo que no se puede dejar pasar más una obra como la de Andy Warhol que valía 30 dólares y hoy cotiza en millones. El tiempo tamiza. Hoy nos sirve un envase de Red Bull porque a futuro tendrá el valor de una botella de La Vascongada", explica Pinal Villanueva.
Los habitantes de las ciudades están atravesados por la propia cultura y por los usos y costumbres. Los objetos caducan en su función a medida que los hábitos se modifican: "Antes se comía vaquillona y como era dura, se utilizaba el palo para pegarle. Hoy eso no existe más". Atrás quedaron los buzones y los teléfonos públicos, a partir de la irrupción de las redes sociales. "Pero los chicos hoy escriben en twitter, lo mismo que se decían los novios en una carta. En algunas cosas no hemos cambiado tanto".
El objeto remite a un tiempo acontecido vivido o no. Dialoga con una zona donde historia, nostalgia y melancolía pueden confundirse. Camuflarse en un todo. "No velamos a los objetos. Hay un aspecto vinculado a la historia y su conocimiento científico; pero hay algo permeable que es la nostalgia. Otra cosa es la melancolía: cuando se dice que todo tiempo pasado fue mejor, no es real. Nunca se vivió mejor, en la historia, como en esta época, aunque parezca lo contrario. Antes era habitual el trabajo infantil y eso hoy no está permitido, aunque pueda suceder. Con el objeto, siempre hay una conexión emotiva por distancia o pertenencia. Porque lo asociás a que tu viejo vivía o porque te peleaste con tu mujer. Mensualmente, recibimos a pacientes de Alzhéimer. No se curan, pero modifican conductas, cambian posturas. En medio de ese vacío de memoria, se acuerdan de lo más lejano y no de lo de ayer. En un museo de arte, mi madre, de 82 años, quizás no se interese o no conecte, pero le muestro una radio y se acuerda de su infancia", concluye el director de este museo que se convierte en una verdadero anecdotario, en un refugio de aquello que se guarda bien profundo y para siempre. Mostramos todo, no nos quedamos con nada es una suerte de feria de diversiones en el que el visitante no quiere dejar de participar de ningún juego. Un Parque Japonés, Parque Retiro, o un Italpark del recuerdo. Y eso no es otra cosa que tener muy viva la memoria. Y el presente.
Diez imperdibles
1.Teléfonos de diversas épocas

2.Aparatos de radios del siglo XX

3.Muñeco Atlantes que sostenía al mundo emplazado en 9 de Julio y Belgrano

4.Bigotera

5.Portafolio escolar de cuero

6.Valijas y baúles de viaje. Homenaje a la inmigración

7.Lata de bizcochos Canale

8.Frascos de boticario

9.Ventosas
10.Ascensor jaula de hierro
"Mostramos todo, no nos quedamos con nada".
¿Cuándo? Todos los días de 11 a 18 horas.
¿Dónde? Museo de la Ciudad. Defensa 187, CABA.
Hasta el 17 de marzo de 2019.
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