Temporada de nieve: lo que jamás deberías hacer si viajás a la montaña

De una fractura que pasó desapercibida a una noche de terror entre árboles milenarios, experiencias que despertaron una pequeña guía
De una fractura que pasó desapercibida a una noche de terror entre árboles milenarios, experiencias que despertaron una pequeña guía Crédito: Shutterstock
Luis Corbacho
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26 de junio de 2019  • 12:49

La montaña no es para todo el mundo. Algunos sufren de vértigo, otros no saben medir el riesgo de esquiar en zonas peligrosas, y otros simplemente no se sienten cómodos frente a una tormenta de nieve. Estas son algunas de las cosas que aprendí luego de haber surfeado la nieve durante varias vacaciones de invierno.

Esquiar fuera de pista

El cartel era bastante explícito: DANGER ZONE. SI CRUZA ESTE LÍMITE DE LA PISTA, PELIGRO DE MUERTE.

En una situación normal no se me hubiera pasado por la cabeza atravesar aquella barrera, pero era joven e inconsciente y mi amiga Julia, compañera de aventuras, me alentó a cruzar con ella. La cosa es que nos animamos y anduvimos así, esquiando sobre nieve arenosa siempre perpendiculares a la laguna (que estaba semi congelada pero no lo suficientemente sólida como para contenernos), hasta que me resbalé y comencé a rodar en caída libre hacia el agua mortal. Se me salieron los esquíes, alcancé a clavar los bastones en la nieve y gracias a eso me sostuve, quedando inmóvil y en estado de pánico absoluto. Pasé más de una hora así, imaginándome sumergido en la laguna, la muerte instantánea por hipotermia, la imposibilidad de nadar por el peso de la botas, cómo le notificarían a mi familia el deceso y cómo buscarían el cuerpo en las aguas profundas para trasladarlo en avión mortuorio o sanitario o lo que sea hasta Buenos Aires.

Todo eso imaginaba mientras mi amiga pensaba la manera de rescatarme y me alentaba para resistir y sacarme del miedo inmóvil. Finalmente, y arriesgando su vida, ella logró juntar mis esquíes, me convenció de intentar ponérmelos con cuidado para no resbalar y comenzó a empujar para deslizarme perpendicular a la laguna hasta reincorporarnos al caminito que nos conduciría de vuelta a las pistas. Estuvimos una hora más así, sabiendo que al más mínimo error perderíamos la vida, y al llegar a nieve firme nos abrazamos y lloramos en la noche oscura de Los Andes. Este episodio de Viven en versión contemporánea se podría haber evitado siguiendo un consejo que parece obvio, aunque los esquiadores más audaces no siempre respetan: esquiar fuera de pista, en sectores de alto riesgo, quiebra cualquier norma de seguridad andina. Y hacerlo en julio, con las nevadas en su momento más extremo, redobla el riesgo.

Irse fuera de pista no es lo mismo en junio que en septiembre
Irse fuera de pista no es lo mismo en junio que en septiembre Crédito: Shutterstock

Esquiar sin buena supervisión médica

Muchos años antes de la catástrofe anterior, siendo yo adolescente, estaba esquiando con mi hermana en Las Leñas por una pista muy congelada cuando crucé involuntariamente las tablas hasta salir despedido a toda velocidad por una pista roja. Hacía tanto frío y era tal la adrenalina que seguí esquiando como si nada, aunque esa noche la mano comenzó a dolerme con intensidad. Mis padres me dieron un anti inflamatorio, pero al día siguiente me dolía tanto que fuimos a la enfermería del cerro, donde me siguieron dando anti inflamatorios, me ataron un pañuelo al cuello y me mandaron a seguir esquiando. Estaba todo tan congelado que me deslicé por las montañas sin prestarle atención al dolor, y fui feliz.

Estuve así tres días, hasta que al llegar a Buenos Aires me empezó a doler cada vez más. Tras visitar la guardia más cercana, terminé en un traumatólogo recomendado que me dio la peor noticia: el pulgar derecho estaba completamente destrozado y había que operarlo de urgencia.

Si le hubiera prestado atención al tema cuatro días antes y no me dejaba llevar por los consejos del médico de la salita del cerro, tal vez hubiese evitado la operación. Por otro lado, esquiar con la nieve hecha hielo, cosa que suele ocurrir terminando la temporada, conlleva un alto riesgo de caída y fracturas.

Hospedarse en zonas alejadísimas

Hace unos quince años, quedé varado en un resort divino en medio de la montaña, tras una tormenta de nieve que cortó todos los accesos y comunicaciones con el mundo exterior. Estuvimos ahí diez días sin poder salir del hotel, con las ventanas completamente cubiertas de nieve y la comida que comenzaba a escasear. El resto de los que estaban conmigo eloqueció y elevó todo tipo de quejas, a las que los responsables del predio respondían con un acuerdo en letra chica que todos habíamos firmado al chequearnos: "El hotel no se hace responsable por atascos o demoras ocasionadas por posibles tormentas de nieve". La moraleja de esta pequeña historia es: si queremos estar seguros de cuándo arrancamos y cuándo terminamos nuestras vacaciones, elijamos un hotel relativamente céntrico, con accesos pavimentados y caminos transitables. En junio, cuando comienzan las nevadas fuertes, los riesgos de quedar varados en el hotel son más altos. A fines de agosto y principios de septiembre, en cambio, tenemos más chances de disfrutar un ski week soleado y sin tormentas.

Abandonar al guía

Dos temporadas atrás, en Caviahue, hice una actividad pintoresca que me sacó de la furia enloquecida de las pistas (básicamente porque ahítodo es tan tranquilo y pequeño que no hay furia alguna y no existen las pistas arriesgadas). Aburrido en mi afán de aventura montañesca, me sumé a una excursión con raquetas de nieve por un bello bosque de araucarias. Cuando llegamos al final del recorrido, el guía repartió alfajores con chocolate caliente y se puso a contarnos la historia de los pueblos originarios de la zona. Con una compañera de excursión, decidimos que volver al esquí era más divertido que escuchar al guía, y encaramos el regreso los dos solos, convencidos de que llegaríamos a la base del cerro siguiendo un camino de migas imaginarias al mejor estilo Hansel y Gretel. Pero no. Terminamos perdidos en el bosque, y lo que al principio parecía un chiste terminó convirtiéndose en una película de terror conforme oscurecía y los animales salvajes comenzaban a aullar. Cuando nos imaginamos devorados por un lobo estepario o un zorro montañés, escuchamos el grito de nuestro guía, que acompañado de sus colegas en motos de nieve vinieron a nuestro rescate. Moraleja: la montaña no viene con GPS y hacerse el vivo por detrás de los guías especializados tiene sus consecuencias. Además, para los que no son fanáticos del esquí, este tipo de actividades permiten conocer la montaña desde otro lugar.

Luego de aquella vez que casi muero en Chile estuve un tiempo traumado y sin querer pisar la montaña. Hoy, por suerte, entendí que todas mis desgracias en el rubro nieve vinieron aparejadas de una falta de conciencia y respeto por las reglas básicas del esquí. Y ahora salgo a las pistas, en plan viejito canchero, disfrutando del paisaje y prestando atención a las señales de mi cuerpo, que todavía me dice, con algunos achaques, que hay cuerda para rato.

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