
Tobas y pueblo andinos
El pasado indígena pesa como una carga oscura y no totalmente integrada. Hoy se los reconoce, pero la marginación no cesa a pesar de los intentos por detenerla
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Dentro de la clasificación étnica general, los tobas -en lengua guaraní significa frentones, según los llamaban los españoles al ver cómo se rapaban la cabeza supuestamente por duelo-, junto con mocovíes y abipones, pertenecen al tronco lingüístico mbayá-guaikurú.
Los tobas suman alrededor de 60.000, habitan distintas zonas del Chaco, Formosa, norte de Santa Fe y Salta, y también, producto de una importante migración, en el Gran Buenos Aires -Derqui, Avellaneda y Ciudadela-. son muy organizados y, no importa donde vayan, nunca dejarán de agruparse.
La mayoría vive en los montes sin ser propietarios de las tierras que ocupan, aunque en los últimos años, en el Chaco, recuperaron alrededor de 30.000 hectáreas con título de propiedad definitivo, y existen otras 365.000 hectáreas reconocidas por el gobierno provincial, pero que no han pasado a sus manos.
Cultivan pequeñas parcelas y, ocasionalmente, cazan, recolectan frutos y pescan. En general, y lo mismo que los pilagás y mocovíes, sobreviven trabajando como peones temporarios en los algodonales, aserraderos, obrajes, hornos de ladrillo y carbón. Se los ve también en las estancias, la construcción, la recolección de basura, los servicios domésticos y los municipios. Asfixiados por la desocupación, por la falta de tierras y por las inundaciones o las sequías, migran permanentemente, como peones golondrinas, asentándose en las villas miserias de Rosario, Santa Fe y el Gran Buenos Aires.
Guillermo Magrassi recordó en uno de sus libros al antropólogo suizo-francés Alfred Metraux cuando, hacia 1940, escribió: "Los tobas y los matacos... de los bosques de Argentina... un gran país monótono... cuando sus fuegos se hayan extinguido... cuando sus últimos cantos nocturnos hayan muerto, pesará sobre estas provincias subtropicales un fastidio tan pesado como el sol del mediodía sobre el tejado de las estaciones de ferrocarril." En Q´om -Indio Toba, libro de Antonieta Pardo de Ferreyra basado en conversaciones con Clemene López, este toba de Pampa del Indio y radicado en Derqui, provincia de Buenos Aires, dice: "El cambio de vida a que nos hemos visto obligados los indígenas que fuimos trasladados a las ciudades, enfrenta nuestras costumbres a la necesidad de convivir con la sociedad tal como se entiende en ella. En nuestra comunidad, donde no existen las posesiones personales, sino que todo es de todos, por simple consecuencia no existe el robo. El prestar y compartir es enseñanza inculcada por los abuelos a los pequeños desde su más tierna infancia, de generación en generación. Un elemento tan indispensable para la subsistencia, como es el arco utilizado en caza o pesca, por ejemplo, no es señalizado para individualizar a su propietario, dado que no lo tiene; ponerle nombre sería negar el sentido de hermandad que iguala a todos.
"Esto es difícil de aplicar en esta sociedad y el choque emocional, motivado por la diferencia de costumbres entre un ambiente y otro, es traumático para los mayores y desconcertante para los pequeños. Estas enseñanzas, basadas en el amor y la hermandad, han sido cuidadas durante siglos; bruscamente, debido al entorno donde nos vemos insertos, resultan inaplicables para una sociedad que tiene valores tan distintos a los nuestros." La investigadora Mercedes González sostiene que el indio pudo llegar a fundar una sociedad más justa, porque su contenido espiritual estuvo en sincretismo con el mundo material de la naturaleza que lo rodeaba y eso lo hacía armónico y lógico en lo social, económico e ideológico. Los frutos de la madre tierra eran repartidos equitativamente: no se conocen datos sobre casos de muerte o enfermedad por desnutrición basados en la injusticia del reparto de bienes.
"Un prurito de ser nación exclusivamente blanca eliminó a los indios hasta de los censos", reflexionó Ricardo Rojas, allá por 1940. Desde la negación o ignorancia sobre la existencia de nuestros pueblos indígenas hasta el intento de integración total y absoluto, la historia argentina recorrió sinuosos caminos en torno de la llamada cuestión indígena.
"El país -sostuvo Magrassi-, al igual que la nación, sigue fragmentado. Somos como un archipiélago de islas separadas, vertical y horizontalmente, social y culturalmente. No basta siquiera con que podamos llegar a reconocer nuestra plurietnicidad, ni que lleguemos a encontrar en nuestra realidad pluricultural un motivo más o menos fundamental para ser pluralistas. Somos dependientes, periféricos, sobre todo culturalmente y porque no nos conocemos."
"De lo que se trata es entender a las comunidades indígenas en el contexto amplio de la cultura argentina", resume Carlos Martínez Sarasola, antropólogo y autor de Nuestros paisanos, los indios.
-¿Sabemos poco, o no queremos saber nada?
-La nuestra es una sociedad automutilante. Nos hemos sacado a los indios de encima, nos hemos sacado a los negros, tratamos de sacarnos a los cabecitas, a los gauchos. Hemos tratado de ser una sociedad homogénea blanca, y ése es uno de los mitos más grandes que ha tenido la Argentina.
-El miedo de ser nosotros mismos.
-Exacto. Rodolfo Kusch dijo que el problema argentino era reconocerse y asumirse con características propias y que en muchos casos estaba motivado por el miedo a aceptarnos. Ese miedo implica, por ejemplo, reconocer nuestra parte americana, con todo lo que la vieja sangre trae consigo. Kusch es otro de los malditos en esta historia, porque es un hombre negado por la antropología argentina y aun por la filosofía argentina. Kusch era filósofo, en realidad, y sobre la cuestión indígena sabía... ¡toneladas!
-Nos avergüenza el pasado...
-Mirá, acá lo que hay es ignorancia. En general, la mayoría de los argentinos considera que los indígenas eran poblaciones muy empobrecidas, que no aportaban nada, que no eran como los aztecas, los mayas o los incas; ni siquiera como los pieles rojas. Y eso es falso, fruto de la ignorancia. Por supuesto que los nuestros no eran como los aztecas, pero eran culturas fantásticas al momento de llegar los españoles.
Acá estaban todas las formas posibles de vida: estaban los pueblos de llanura, de montaña, de la selva, del desierto. Había obras de regadío y de agricultura; había concentraciones urbanas y cosmovisiones complejas; los cazadores eran muy organizados; de hecho, fueron los que más resistieron: ellos mantuvieron sus territorios libres durante más de tres siglos. Entonces, ¿cómo es? Hay algo que no encaja en esa idea que tenemos los argentinos. Yo creo que hay toda una historia y una forma de vida indígena que no están totalmente recuperados. Entonces, no se valora lo que no se conoce. Por eso hablo de la ignorancia.
-¿Por qué hay discrepancias en cuanto a la cantidad de etnias?
-Porque hasta no hace mucho, se consideraba que determinados grupos étnicos estaban extintos, como los ranqueles, los huarpes, los onas... Pero es evidente que hay descendientes de estos grupos. Es un tema un poco espinoso, porque esto está en pleno proceso. Han aparecido descendientes. Se dice: nosotros somos descendientes de ranqueles, nosotros de huarpes, nosotros de onas... pero es como que eso no basta. ¿Qué sucede? Algunos antropólogos hablan de un proceso de reetnización, de volver a ser, de volver a pertenecer al grupo étnico. Hay una dinámica en la sociedad donde están apareciendo grupos que se pensaba extintos o diluidos en mestizajes. Por eso, esa discrepancia. Fijate que en Santiago del Estero tenemos noticias de alrededor de una docena de comunidades, con personería jurídica, como los tonocotés, que son los descendientes de la población originaria en Santiago.
-En su libro indica cómo extinguidos a los onas. Sin embargo, el INAI informa que hay 500 en Tierra del Fuego.
-Puede ser, yo no digo que no. Parecería que es un proceso coincidente con lo que está pasando ahora en otros lugares de América. Creo que más que la palabra nuestra, en estos temas los que tienen que hablar son los propios indígenas. Es mi opinión. Yo puedo estudiar y analizar, pero acá hay una movida que tiene que ver con los propios indígenas y con el propio movimiento indígena. Yo no digo que no haya descendientes, ojo, no es así. Recientemente estuve en una comunidad huarpe, en Mendoza, donde su líder es descendiente huarpe. Y ahí se está dando una forma de recuperación cultural muy interesante. Pero no todos son huarpes.
-¿Cuántos indígenas habitaban nuestro territorio al momento de llegar los españoles?
-No lo sabemos con exactitud, pero se supone que había alrededor de un millón. Tampoco hay estudios específicos sobre la caída de la población, como sí los hay de América central, a causa de las matanzas y epidemias. Acá hubo grandes matanzas y epidemias que diezmaron las poblaciones. Yo tengo hechas algunas estimaciones. Los números son duros... porque fue un intento de genocidio. Desaparecieron grupos enteros, fruto de matanzas, un cambio de vida brutal, traslados forzosos, esclavitud y epidemias. Lo que más poblado estaba era el noroeste, y fue ahí donde el conquistador se asentó. Ahí se sufrió más la conquista. Los diaguitas y los omaguaca, sufrieron enormes pérdidas y desaparecieron de la faz de la tierra los comechingones y los sanavirones -¿Es optimista respecto del futuro?
-Muy optimista. Pero a partir de dos cosas. Por un lado, cuando se les reconozca sus propias lenguas, la educación bilingüe, su propia medicina, su forma de gobierno, tenerlos en cuenta como ciudadanos pertenecientes a un país, pero con su cultura particular, e incluir en los planes educativos la historia indígena. Y, por el otro, la toma de conciencia de la sociedad. Muy de a poquito se va tomando conciencia de que existen los indios, que son parte de nuestra cultura y que somos una sociedad heterogénea.
-Tampoco se los ve muy unidos a los dirigentes indígenas.
-Es así. Es una deuda que los indígenas tienen con ellos mismos. En Ecuador se logró; acá, no. Hay diferencias y divisiones, hay duros y blandos. Yo creo que la unión puede venir de la mano de otro proceso, que está empujando desde más abajo y es todavía algo imperceptible: es el tema de la recuperación de la cosmovisión y de su espiritualidad. Cuando los indígenas se pongan de acuerdo y descubran que su espiritualidad, que es su forma de ver el mundo y la vida, está en el universo, cuando todos ellos recuperen eso, creo que se van a unir.
-¿Podrán lograrlo?
-Absolutamente, sí.
Se calcula que de los 630.000 habitantes que tiene la provincia de Jujuy, alrededor del 60 por ciento es directa o indirectamente descendiente de los pueblos originarios, es decir, de los aborígenes: la mayoría, marginados. Sobre los pueblos andinos, especialmente collas y aymarás, el corresponsal de La Nacion en Jujuy, Pedro Raúl Noro, lo cuenta de esta manera: Casi todos son mestizos, ya que no hay pureza de raza; es más, como lo demostró el estudio del genoma, las razas no existen, existe la especie humana. En todo caso, hay etnias con caracteres secundarios configurados a través de milenios que se observan en el fenotipo de los jujeños: la piel cetrina, la estatura mediana, los ojos oscuros.
Dentro de los pueblos originarios hay una gran división. Por un lado, en la Quebrada de Humahuaca y la Puna, se asientan los descendientes de las etnias andinas, como la propia, de los omaguacas, y los que provienen del Norte, los collas y aymarás. Son pueblos que se dedican al pastoreo de llamas, ovejas y cabras. Por otro lado, en la región subtropical y selvática de la provincia, habitan los chiriguanos o chaguancos, una etnia tupí-guarani, que en Jujuy desplazó a los matacos y los tobas, que se afincaron en Salta, y cuyos descendientes todavía hablan, dentro de sus ranchitos, ese idioma.
Además del pastoreo, los habitantes de la cultura andina que se asentaron en las ciudades han desarrollado una intrincada red de comercio informal, mini-emprendimientos que practican en centenares de ferias y, con eso, alcanzan a compensar el índice de desocupación y pobreza. Con la reciprocidad o el trueque logran, apenas, sobrevivir. Porque como sucede en América latina, los que no se integran con el paradigma fáustico de la etnia occidental gobernante eurocéntrica o norteamericana, quedan como ciudadanos de segunda o tercera clase.
Menos favorecidos son los chiriguanos. Vienen de tribus rebeldes que recorrían las Yungas y el origen de los grandes ríos (Pilcomayo o Bermejo), en busca de la tierra prometida, y que ya antes de la conquista tuvieron encontronazos con los incas. Luego lucharon contra el blanco que recién pudo controlarlos el siglo pasado convirtiéndolos en obreros de los grandes ingenios azucareros. Hugo Calderari, un conocedor de esa etnia, recuerda a un poeta: "Todas las cosas son indias,/ en el lote prediliana,/ los caminos son matacos/ y la luna chiriguana".
Integrantes de los inquietos collas, en cambio, tienen en su haber algunos ingenieros, abogados, médicos que, en ocasiones, se convirtieron en diputados, jueces, ministros, senadores. Consiguieron que en la nueva Constitución se reconozca la preexistencia de los pueblos indígenas, y ahora luchan por la devolución de grandes tierras fiscales en la Quebrada de Humahuaca y la Puna.
En 1948, lideraron el Malón de la Paz, una marcha de 1800 kilómetros desde Abra Pampa hasta Plaza de Mayo exigiendo a Juan Perón, presidente, esa reivindicación.
Son legítimos propietarios, además, de los intangibles del folklore, vestidos, comidas, arquitectura, danzas típicas y ceremonias propiciatorias como la de la Pachamama del 1º de agosto, y hasta del hábito del coqueo.
Así, el pasado indígena pesa como una carga oscura y no integrada en el país. En Jujuy, varias decenas de miles excluidos. Se trata de la verdadera deuda interna no resuelta que crece en las costumbres y los modos, que avanza poco a poco tiñendo, silenciosamente, la forma de ser cotidiana de los argentinos.
Se trata de la América profunda que exige reconocimiento y comprensión que nunca llegan porque nuestros dirigentes imitan, casi hipnotizados, las señales y los modos que llegan y se imponen desde Cambridge o Harvard.
Pueblos nuestros
En el siglo XVI, las regiones de Cuyo, Sierras Centrales y noroeste de lo que hoy es el territorio argentino estaban habitadas, en diferentes pueblos, por alrededor de 400.000 nativos. Fue también esta vasta zona despiadadamente castigada por los conquistadores, llevando a la desaparición completa de muchas culturas originarias. Esas culturas eran: atacamas, ocloyas, casabindos, cochinocas y apatamas, en la puna; omaguacas, paypayas, osas, jujuys, tiliares, fiscaras o tilcaras, purmamarcas, en las quebradas; yocaviles, pulares, lules, en los valles salteños; diaguitas, en los valles calchaquíes; olongastas y capayanes, en La Rioja; huarpes, en Cuyo; comechingones, en Córdoba, y sanavirones, en Córdoba y Santiago del Estero. Eran pueblos de montaña. La mayoría, agricultores, criadores de llamas y recolectores. Como culturas andinas o de montaña que eran, adoraban al sol, al trueno y al relámpago. Celebraban rituales para darle fertilidad a las tierras y tenían un importante culto a los muertos. La penetración incaica en el noroeste, particularmente en la región diaguita, hacia 1480, iba a dejar su huella. Una de las armas de los incas para ejercer su dominio, fue la introducción de su lengua, el quechua, aunque fue interrumpida por la presencia de los españoles en Cuzco. Las primeras crónicas de la época adjudicaban el gentilicio de calchaquíes a los habitantes de la región del mismo nombre y, por extensión, a las restantes comunidades. "En realidad -como lo explica Martínez Sarasola-, los calchaquíes eran diaguitas, cultura que estaba integrada por un conjunto de parcialidades como los pulares, luracataos, chicoanas, tolombones, yocaviles, quilmes, tafís, hualfines, entre otros. Pero todas estaban aglutinadas alrededor de un elemento común: su lengua. Después del guaraní, el quechua es la segunda lengua indígena de mayor uso en nuestro país.
No te rías de un colla
No te rías de un colla que bajó del cerro, que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos; no te rías de un colla, si lo ves callado, si lo ves zopenco, si lo ves dormido.
No te rías de un colla, si al cruzar la calle lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco, asustao el runa como asno bien chúcaro, poncho con sombrero, debajo del brazo.
No sobres al colla, si un día de sol lo ves abrigado con ropa de lana, transpirado entero; ten presente, amigo, que él vino del cerro, donde hay mucho frío, donde el viento helado rajeteó sus manos y partió su callo.
No te rías de un colla, si lo ves comiendo su mote cocido, su carne de avío, allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río; ¡menos! si lo ves coquiando por su Pachamama.
El bajó del cerro a vender sus cueros, a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina; y es tan precavido, que trajo su plata, y hasta su comida, y no te pide nada.
No te rías de un colla que está en la frontera pa´lao de La Quiaca o allá en las alturas del abra del Zenta; ten presente, amigo, que él será el primero en parar las patas cuando alguien se atreva a violar la Patria.
No te burles de un colla, que si vas pa´l cerro, te abrirá las puertas de su triste casa, tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas, comerás un tulpo y a cambio de nada.
No te rías de un colla que busca el silencio, que en medio las lajas cultiva sus habas y allá, en las alturas, en donde no hay nada, ¡así sobrevive con su Pachamama!





