
Todavía en casa
El film Grupo de familia, actualmente en cartel, ilustra una tendencia mundial que en la Argentina adopta los rasgos de la crisis: los jóvenes cada vez tardan más en dejar el hogar de sus padres
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“Vivimos en una época de decadencia. Los jóvenes ya no respetan a sus mayores. Son groseros y malsufridos. Concurren a las tabernas y pierden toda la noción de templanza.”
La leyenda, que casi literalmente podría escucharse en cualquier verdulería de barrio, se lee en una tumba egipcia que data de 3000 años a.C. Pero a este tipo de queja generacional –de intolerancia en los adultos y descontrol en los jóvenes–, que se mantuvo intacta por cinco mil años, se agrega en esta época una realidad detectable en todo el mundo occidental: la del síndrome de adolescencia eterna. Algo que ilustra en tono de comedia el film francés Grupo de familia, que en estos días puede verse en Buenos Aires, y está dando que hablar en foros sociales a ambos lados del océano Atlántico.
Más allá del hecho de que la crisis económica en nuestro país ha generalizado los problemas materiales para que los adultos jóvenes puedan acceder a una vivienda independiente, el tema está vigente en nuestra sociedad desde hace al menos un lustro.
“Hasta hace treinta años, ir a vivir solo era una suerte de ingreso en la vida adulta, un punto final a las ataduras familiares; hoy, las cosas han cambiado: el desempleo y la inestabilidad laboral, por un lado, y la extensión de la escolaridad obligatoria y los mayores requerimientos de calificación laboral, por el otro, postergan la independencia económica y, en algunos casos, la consolidación de la identidad adulta”, señala la psicóloga Diana Rizzatto, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar. Según ella, “estamos transitando una época en la cual se considera que una persona es adulta en tanto y en cuanto sea capaz de tomar decisiones y hacerse responsable de sus actos, y ya no por el solo hecho de dejar la casa de sus padres; esto último, a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos, forma parte de un eslabón más del proceso de crecimiento, pero no es la meta”.
Pablo Faga, de 27 años, es periodista y dueño de una agencia de publicidad. “Vivo con mis viejos en Flores, en una casa muy grande, donde puedo tener mi intimidad y no me molestan con los horarios ni con nada de eso”, cuenta. Y asegura que siempre se sintió muy cómodo con ellos, hasta que, hace dos años, supo que “era hora de rumbear”. No obstante, aún sigue viviendo allí.
“Como no me corría nadie, preferí quedarme un tiempo más, ahorrando, hasta que pudiese comprar una casa sin tener que pedirle un crédito al banco”, explica Faga, que antes del corralito financiero había señado una casita tipo PH en Palermo Viejo. Pero optó por retirar la seña y suspender su mudanza hasta que “haya un poco más de estabilidad”.
“El hecho de no haber comprado me sacó una mochila de encima –admite–; ya que ante la incertidumbre que se vive es mejor andar liviano por cualquier posibilidad que surja, como la de irse a vivir al exterior.”
Cada vez más prolongada
El comienzo de la adolescencia está determinado por los cambios biológicos que se manifiestan entre los 11 y los 14 años; es decir, por el desarrollo de los caracteres sexuales que nos hacen aptos para la perpetuación de la especie. No obstante, la edad de finalización, que depende de valores socioculturales es, por ende, un criterio sumamente variable y mucho más difícil de establecer.
“Es innegable que el fin de la adolescencia se ha extendido más allá del límite que se trazaba a mediados del siglo pasado. Pero no soy partidaria de precisar una edad exacta para marcar la culminación de dicho período, en el cual intervienen infinidad de factores", dice Rizzatto.
Para Frank Furstenberg Jr., profesor de sociología de la Universidad de Pennsylvania, la adolescencia se ha extendido tanto que quedará transformada en un término obsoleto.
En su página de Internet, la Sociedad Estadounidense de Medicina para los Adolescentes (Society for Adolescent Medicine) dice ocuparse de las personas entre 10 y 26 años; mientras que el comité de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (National Academy of Sciences), se pregunta si, en sus sondeos sobre asuntos relacionados con la adolescencia, no debería incluir a jóvenes hasta los 30 años.
En los hospitales públicos de nuestro país, los servicios de adolescencia atienden a la franja de población entre 12 a 18 o 20 años, según cada hospital. Y, poco tiempo atrás, la Organización Mundial de la Salud prorrogó el comienzo de la “etapa de madurez biopsicosocial” de los 21 a los 25 años.
Es cierto, la segunda década de la vida es tan vasta en sus aspectos físicos, afectivos, cognitivos y socioculturales que las demandas, intereses y problemas de sus miembros hoy son motivo de análisis en diversas áreas del conocimiento humano. Les interesa a antropólogos, publicistas y educadores, a pediatras, psiquiatras y epidemiólogos, a sociólogos, empresarios y licenciados en marketing. Y si bien existen infinidad de teorías y puntos de vista, la mayoría de los autores coincide en que la adolescencia se trata de un período de adaptación sexual, social, ideológica y vocacional, sumado todo eso a la pugna por independizarse de los padres.
Sin embargo, sólo a principios del siglo pasado, con los trabajos del educador norteamericano G. Stanley Hall, la adolescencia pasó a convertirse, en sí misma, en carne de diván. Hall, en su libro Adolescencia, publicado en 1904, y con el cual se acuñó el término, llegó a comparar a ese período de “tormentas y tensiones” con un segundo nacimiento.
“En la adolescencia –escribió Stanley–, los rasgos humanos surgen más completamente; las cualidades del cuerpo y del espíritu son nuevas; el desenvolvimiento es menos gradual y más violento.”
Años más tarde, Anna Freud y Erik Erikson, entre otros, ampliaron las teorías desarrolladas originariamente por Hall, pero la orientación psicoanalítica que ambos dieron a sus estudios acentuó la idea de adolescencia como etapa de crisis, que en las décadas recientes se ha matizado y vuelto menos dramática.
Vale aclarar que la etimología de la palabra adolescente proviene del verbo latino adolescere, que significa hacerse grande, crecer; a diferencia de adolecer, como suele creerse, que deriva de addolescere, con doble "d", y denota sufrimiento o dolor.
Según Erikson, la función esencial de aquellos “que han quedado a mitad de camino entre el juego de la niñez y los rituales de la sociedad adulta” consiste, nada menos, que en resolver el conflicto de la propia identidad.
“Con el agravante de que esa búsqueda deben hacerla en el marco de una profunda crisis de sentido que atraviesa a la comunidad”, repara el psicólogo Sergio Balardini, coordinador del grupo de trabajo sobre juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Y añade que “si dar sentido a las cosas es siempre necesario para orientar la acción, lo es más para los adolescentes, ya que la resolución de la identidad es la respuesta al interrogante ¿quién soy?”
Balardini reconoce que los jóvenes le tienen miedo al futuro, porque no saben si podrán conseguir un buen empleo, o un empleo a secas, o si podrán ser alguien en la vida.
“Al no poder mantenerse solos, los adolescentes tampoco tienen que asumir ciertas obligaciones básicas como las que se requieren al hacerse cargo de una nueva casa; un hecho que termina reproduciéndose de algún modo en sus mundos afectivos, académicos y laborales –explica la psicoanalista Estela Maidac–. Y puesto que se les hace muy difícil proyectar, tienden vínculos débiles, pensados en el corto plazo.”
Maidac subraya la falta de compromiso como uno de los rasgos más distintivos de la juventud, “que hoy, más que nunca, se siente desamparada y sin contención emocional”.
Para el médico y sociólogo taiwanés Lin Tsung-yi, consejero de la OMS durante varios años, el principal factor que interfiere en el armónico pasaje a la vida adulta suele ser la miopía de los mayores, que no les permite comprender ni reconocer las necesidades básicas de las generaciones venideras.
“Los adultos tienden a tratar a los jóvenes a partir del recuerdo de su propia juventud. Y así se encuentran frente a un abismo –opina Balardini–; las situaciones que antes parecían previsibles, hoy definitivamente no lo son.”
La Fundación Mac Arthur, atenta a la necesidad de precisar qué implica ser adulto y qué ser adolescente, acaba de destinar 34 millones de dólares en su proyecto denominado Transición a la vida adulta (Network on transitions to adulthood). Por el momento, han estipulado que el turbulento y cada vez más largo viaje por la adolescencia finaliza a los 34 años.
Alejandro Maltinti, de 35, profesor de educación física, separado y con una hija, regresó a la casa de sus padres, con quienes vivió hasta octubre último. “Primero fue por motivos emocionales y después de tipo económico –relata–; cuando me separé de mi mujer no tenía ni las fuerzas ni las ganas de irme a vivir solo. Pero, al tiempo, empecé a sentir que necesitaba mis espacios.”
Finalmente, la necesidad de tener un lugar propio pudo más que el proyecto de ahorrar para comprar una vivienda, y así fue como Maltini alquiló un departamento en Olivos.
Ritos de pasaje
El ingreso en la vida adulta se ha celebrado por medio de ceremonias, aunque con notables diferencias según la época y lugar geográfico de cada civilización.
En la Roma antigua, todos los ciudadanos que nacían libres llevaban –originariamente, tanto las mujeres como los hombres– la toga pretexto que, a los 17 años, era sustituida por la toga viril, de color blanco.
Ese rito de iniciación, que con el tiempo comenzó a realizarse a los 14 años, daba lugar a una ceremonia religiosa y familiar, pues marcaba el pasaje a la edad adulta y el acceso a los primeros derechos como ciudadano romano.
En la actualidad, mientras contadas comunidades, principalmente indígenas, aún conservan los ritos de paso de la infancia a la adultez, en las sociedades modernas de producción capitalista dichas ceremonias son prácticamente excepcionales. Como la tradicional fiesta de 15, que ya prácticamente se ha perdido.
Hasta principios del siglo XX, el período de transición de la niñez a la vida adulta no era considerado como un estadio más en el desarrollo humano. Cuando llegaban a la pubertad, los chicos inmediatamente eran alistados en alguna tarea del mundo de los adultos.
Gradualmente, el aprendizaje de oficios, que por lo general eran transmitidos dentro del grupo familiar, fue reemplazada por un nuevo concepto de educación, que demanda cada vez más años.
Laura López, médica pediatra especialista en adolescencia y miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría, subraya que “si bien es cierto que, al tener que capacitarse durante más tiempo, a los jóvenes se les hace más difícil dejar el hogar paterno, esa situación no es igual en todos los estratos sociales. En muchas familias, y no sólo en las de más bajos recursos, los adolescentes deben dejar sus estudios para transformarse en un contribuyente más, o en el único, de su grupo”.
“No es lo mismo un adolescente de un centro urbano o de uno semiurbano, o si se desempeña en un medio de clase baja, media o alta –destaca Balardini–; asimismo, cualquier análisis serio sobre el tema debe considerar las diferencias entre varones y mujeres, puesto que, según eso, varían las expectativas que se depositarán sobre ellos.”
Balardini advierte, además, que si bien el ingreso masivo de la mujer en el mercado laboral ha producido una profunda mutación en los roles y las dinámicas familiares y socioculturales, la brecha entre ambos sexos aún no se ha cerrado por completo. Y por otra parte, a pesar de que los padres son cada vez más permisivos y han aprendido a negociar con sus hijos, ellos siguen en pie con sus reclamos de ser escuchados y tomados en serio y, sobre todo, buscando su lugar en la sociedad. Algo que también ocurre en el no tan definido mundo de los adultos, en el cual, con la ilusión de ser por siempre joven (en verdad, por miedo a la muerte), muchas veces se adoptan actitudes o patrones de consumo típicos de la juventud.
Tanto, que en la gran mayoría de las publicidades se apela a un sentimiento adolescente, más allá de que no necesariamente se trate de un producto para ellos.
Identidad y marketing
“Los jóvenes suelen ser los protagonistas de las publicidades porque se encuentran en la etapa de la vida idealizada por la sociedad entera; por los más chicos, que quieren llegar a esa edad, y por los más viejos, que la miran con añoranza”, explica Julio Fresno Aparicio, director de la empresa de investigación de mercado ID/Millward Brown.
En la antigua Grecia se idealizaban la belleza y vitalidad de los efebos. De hecho, el término hebiatra, o especialista en adolescencia, proviene de Hebe, que era la diosa griega de la juventud. Hija de Zeus y Hera, Hebe cumplía la función de escanciadora de los dioses, a quienes les servía néctar y ambrosía. Hasta que un día el príncipe troyano Ganímedes la liberó de esa tarea para que se casara con Hércules, que acababa de ser deificado.
En las últimas décadas, con la tremenda influencia de la publicidad y de los medios de comunicación, han surgido nuevas formas de ser juveniles, con un fuerte acento en la estética y una clara ostentación por definirse desde la imagen. Y puesto que los adolescentes se dividen por tribus, la marca, entre ellos, es una insignia claramente distintiva.
Durante la década del 90 se jugaba con el concepto de marca como medio de identificación, para lo cual se deben invertir grandes sumas de dinero en campañas publicitarias; pero la grave crisis económica trajo una ruptura tajante en este fenómeno.
Fresno Aparicio explica que el plus que una empresa pagaba por el despliegue de grandes avisos publicitarios ha dejado de tener retorno, simplemente porque los jóvenes, salvo contadas excepciones, ya no pueden pagar productos de marca. “Por eso hoy –añade– se busca asociar el producto con determinadas ideologías o aspectos emocionales.”
Maidac pone su atención en los tatuajes, “que también son marcas, y surgen de la necesidad de identificarse con algo”. Según ella, con la homogeneización cultural de la globalización han terminado por perderse los significantes que cada grupo humano les ofrece a sus miembros para poder identificarse.
Los padres como sponsors
Julieta Garcés, de 27 años, acaba de embarcarse en una empresa acaso no tan vasta como la de Napoleón, que fue promovido a general a los 30 años, o la de Alejandro Magno, con todo lo que éste ya era a los 22, pero que para ella es decididamente vertiginosa.
Garcés, que había planeado dejar el departamento que comparte con su madre y sus hermanos en Belgrano, una vez reunido el dinero para sacar un crédito decidió invertir sus ahorros en un restaurante, Freak Roy, en la calle Fitz Roy, del cual es dueña.
“Así que, por ahora, el proyecto de irme a vivir sola queda diluido; aunque si el negocio camina tal vez me vaya el próximo año –cuenta–. Después de todo, ¿qué apuro hay? Si en donde vivo me siento cómoda y, obviamente dentro de ciertos parámetros razonables, puedo hacer lo que quiero. “Antes no era así –señala Garcés– la gente se casaba para irse de su casa y no tener que rendirle cuentas a nadie. Hoy, vivir con tus padres te financia el circo.”
Adolescencia a la francesa: un film sintomático
Grupo de familia ha sido un éxito en Francia a fines del año último, reavivando en ese país el debate sobre la cantidad de adultos jóvenes que no se van de la casa familiar. Cuando Le Nouvel Observateur publicó una nota sobre el tema de los adultos jóvenes que no se iban de la casa de sus padres, estos demorados fueron designados como “la generación Tanguy”, en alusión al protagonista del film. El artículo explicaba que en Francia el 63% de los jóvenes entre 20 y 24 años viven con sus padres, cifra que se reduce a la mitad en el caso de los que tienen entre 25 y 30. Y acotaba que el porcentaje de varones y mujeres jóvenes que se quedan en casa es aún más alto en los otros países latinos europeos.El hecho de que los treintañeros demoren el matrimonio, la carrera, el pago del alquiler y otros rasgos de la vida adulta no es un fenómeno cultural exclusivamente europeo. Pero, en Francia, los estudiantes perpetuos y otros Peter Pan poco dispuestos a enfrentarse a la crueldad del mundo están respaldados por la ley: el código civil napoleónico –aún vigente– establece que los padres están obligados a alimentar, mantener y educar a sus hijos, y otorga a los tribunales –si es necesario– la atribución de decidir cuándo esa responsabilidad ha terminado. Chatiliez, director del film, ha dicho que se inspiró en el caso real de un italiano de 31 años que demandó a su madre cuando ella cambió la cerradura de la puerta de su casa, y a quien la corte confirmó su derecho a seguir viviendo en el hogar materno.
Otro modo de medir la vida
¿El mago de la juventud? No es un cirujano estético. Es un dictador. Se llama Saparmurat Niyazov. Después de haberle dado su nombre a ciudades, meteoritos, aeropuertos, al primer mes del año; después de haber rebautizado los días de la semana, de dedicarse a sí mismo una colosal estatua de oro en el centro de la capital, el amo absoluto de la ex república soviética de Turkmenistán desde 1991 ha decidido revolucionar las edades de la vida humana. Pero más que un depredador, como lo llaman las asociaciones de derechos humanos, Niyazov es, a su manera, un verdadero gurú new age. O, si se prefiere, alguien que ha sabido resolver la desocupación juvenil y el problema de los jubilados. Con un edicto ha dividido la existencia en nueve etapas, prolongando la adolescencia hasta los 25 años y estableciendo que se es viejo a partir de los 85. ¿El motivo de esta revolución? “Era hora de volver a las raíces: nuestros antepasados tenían una manera más sana de vivir el tiempo”, afirmó el tirano.El tiempo sano, según Niyazov, se divide de la siguiente manera: la infancia desde 0 a 12 años; la adolescencia, hasta los 25. La juventud termina a los 37 y la madurez, a los 49. Entonces se suceden la edad profética (50-61), la edad de la inspiración (62-73) y la de la sabiduría (74-85). Se es viejo desde los 85 a los 97. Después, los afortunados entran en la etapa del Oguz Kahn, que es el nombre del mítico fundador de la nación turkmena.
Michele Farina/ Corriere della Sera
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