
Tras la huella de Tolkien
Mientras la última parte de la trilogía de El Señor de los Anillos, ya estrenada en la Argentina, bate récords de taquilla en todo el mundo, cientos de admiradores del escritor sudafricano se agrupan en asociaciones que intentan continuar su obra
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Hace más de 7000 años, en una Tierra Media ficticia y mientras el mal amenazaba con dominarlo todo, una comunidad de elfos, enanos, hombres, magos y hobbits se unía para cumplir una misión que obligaba a los integrantes a olvidar sus diferencias en pos del bien común.
Hoy, en el mundo real, mientras el mal adquiere las más diversas formas (y sigue amenazando) miles de personas crean comunidades inspiradas en aquella epopeya y se sobreponen a los más variados intereses personales. Como una herencia de aquel mundo de ficción, creado por John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) en El Señor de los Anillos (publicada en 1954), es posible encontrar entre ellos la bondad, la nobleza, la lealtad.
Tal vez Tolkien no imaginó que esa novela que una editorial le rechazó por "impublicable" llegaría a vender más de 100 millones de ejemplares en todo el mundo y que llevaría a los ingleses a considerarlo el autor más importante del siglo XX y el segundo (después de Shakespeare) de todos los tiempos. No debe haber fantaseado con la idea de que su cuento de hadas generaría libros, ensayos, tratados, diccionarios, interpretaciones teológicas, merchandising, bandas de música, más de 5 millones de páginas en Internet y una película cuya tercera parte por estos días rompe taquillas.
Y, quizá, mucho menos hubiera imaginado que fomentaría la aparición de más de 50 asociaciones cuyos integrantes utilizan nombres ficticios, visten las ropas de sus personajes, hablan y perfeccionan las lenguas inventadas por él y se toman el cuento con seriedad, diferenciándose de los típicos grupos de fanáticos. Admiran a Tolkien, pero sobre todo a su creación.
"Tolkien es más que un escritor. Funciona como un multiplicador cultural, un disparador", explica Alejandro Rebagliatti, periodista y diseñador gráfico de 43 años, conocido en el mundo Tolkien como Sineldor. En 1987, este argentino creó la primera Sociedad Tolkien en el mundo de habla hispana, que luego se disolvió. La leyenda continuaría años después, con el cura Ricardo Irigaray. Al regresar de Oxford, donde preparó su tesis de doctorado en teología sobre Tolkien, el sacerdote se propuso imitar lo que hacían los fanáticos en la tierra del autor. "Hicimos un asado en mi parroquia con amigos escritores, y así surgió", recuerda en su escritorio de rector del colegio San Esteban.
Como por arte de magia, los caminos de Irigaray y Rebagliatti se unieron en 1999 cuando las reuniones de amigos convergieron en la fundación formal de la Asociación Tolkien Argentina (ATA), apadrinada por la Tolkien Society de Inglaterra.
Cuatro años después, en tiempos de un furor tolkiano, masificado y potenciado por las adaptaciones cinematográficas, la presidencia recayó sobre Thelma Contino. Elbereth, la Señora de las Estrellas,una licenciada en publicidad de 28 años.
De los 1000 socios que integran la asociación, la mitad trabaja activamente y abona una cuota anual de entre 18 y 24 pesos que los habilita a recibir una revista de edición periódica (Mathoms), y a participar de eventos, talleres y sorteos. La ATA cuenta con seis filiales (smials) en Buenos Aires y nueve en el resto del país.
"Tiene dos cosas que la diferencian de un club de fanáticos -distingue Contino-, la primera es que la persona que nos convoca no es un típico astro y nos interesa, sobre todo, por su obra. La segunda, el objetivo es su literatura y el arte en general. No nos juntamos a decir lo fantástico que es, sino a analizar su obra y a producir cosas nuevas."
Ver gente disfrazada con cascos y capas, hablando obsesivamente de personajes de ficción es frecuente. Desde un rincón de la feria medieval, realizada recientemente en el Bar Tolkien de Palermo, Alejandro Blanco dispara: "Si te gusta el mundo de Tolkien y lo querés vivir, la mejor forma es hacerlo, no imitarlo -dice Ilfirin el Inmortal-. Yo, cuando me pongo la armadura, soy yo, no un personaje. Yo soy Ilfrin". Dirige un taller de combate medievalista en el que junto con otras quince personas prepara demostraciones de combate cuerpo a cuerpo, "con caballos y todo". La espada que revolea la forjó Leonardo Daneluz, un herrero de 32 años, especialista en armas antiguas.
Para Cristina Pesano, de 50 años, la pasión por el mundo de ficción es "una forma de canalizar cosas". La mujer realiza cotas de malla y ropa inspirada en los personajes de la Tierra Media. Por su parte, Mauro Santini tiene el carnet de fanático asegurado. Vio El Señor de los Anillos más de treinta veces en cine y realiza modelos en resina epoxi de los personajes de la película, mientras Carlos Secchiaro sólo hace hobbits, los buenos de la historia. "Tengo demasiado Disney encima", se disculpa.
¿Qué pensaría Tolkien si viera la dimensión que adquirió su nombre, traducido en asociaciones que crecen sin descanso? "No le gustaría. El era muy british", dice la presidenta de ATA.
Para el padre Irigaray, autor de Aproximación a Tolkien (Educa, 1999) y Elfos, hobbits y dragones (Tierra Media, 1999), la aparición de artistas que completan la obra de Tolkien es lo que esperaba. "El sugirió en sus cartas que buscaba que otras manos fueran completando su mundo. Su idea era abrir el juego. Yo creo que lo está viendo desde el cielo y está feliz."
Dice Contino que Tolkien apela a cuestiones básicas: el amor, la muerte, la lealtad, temas que no tienen que ver con una moda. Será por eso que -y por suerte- quizá nunca perderá vigencia.
Para saber más
www.tolkien.org.ar
www.elsenordelosanillos.aurum.es
www.lordoftherings.net
En cine
Cuando Tolkien publicó el primer volumen de El Señor de los Anillos, el London Sunday Times dividió al mundo en dos: "Aquellos que han leído el libro de Tolkien y aquellos que lo leerán". Hoy, las películas de Peter Jackson han vuelto a dividirlo: los que las han visto y los que las verán. Trasladar al cine los mitos, los paisajes y las particulares criaturas creadas por Tolkien resultaba impensado. El primer intento llegó en la versión animada de Ralph Bakshi en 1978, pero fue en 2001 que se pensó en grande. De la mano de Peter Jackson y con la última tecnología, el mundo fue testigo de una de las más ambiciosas adaptaciones. La llegada a los cines multiplicó en más de una decena las ventas de los libros de la trilogía y su impacto sólo es comparable con el de Harry Potter. Ahora, la última parte de la trilogía El retorno del rey fue nominada a los Globo de Oro y se espera que sea una de las favoritas para el Oscar.






