Tristezas del subjuntivo

El verdadero desafío es contemplar sin prejuicios la aparición del nuevo lenguaje generado por la revolución cultural de la tecnología
Cecilia Absatz
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13 de octubre de 2013  

La gente que ama el idioma –somos una raza– es la que sufre cuando ve una esdrújula sin acento, un adjetivo abusado o el maltrato general al subjuntivo. Por encima de las frases que comienzan con un inexplicable verbo en infinitivo, los vulgarismos y las redundancias, el esfuerzo mayor para nosotros, el verdadero desafío, es contemplar sin prejuicios la aparición del nuevo lenguaje generado por la revolución cultural de la tecnología.

Este nuevo lenguaje incluye en principio una dramática reducción de las palabras a su mínima expresión, como hace la escritura del hebreo cuando suprime todo y se queda con las consonantes. Prosperan las siglas, que se utilizan en calidad de contraseñas, o para abreviar frases enteras que a los extranjeros nos cuesta desentrañar. Quedan navegando en el aire letras sueltas, que están ahí para reemplazar artículos y conjunciones, incluso las copulativas. Las preposiciones desaparecen.

Como no puede darse el lujo de transmitir matices –por razones de espacio– el idioma se vale del candor de la onomatopeya. Un ja, o incluso un jajá, equivalen a una sonrisa. Hay una gama muy rica de expresiones faciales generadas con puntos, comas, guiones y paréntesis: sonrisas, pésames, ironías y hasta corazones de amor armados arteramente con el signo menos adherido a un 3. El idioma se expande. Los signos de admiración y de pregunta son cruciales: usados a destajo, modulan la intensidad y el humor de lo que se está diciendo.

Una de las zonas críticas del idioma es el nuevo código de mayúsculas y minúsculas. En primer lugar desaparecen las mayúsculas como letras capitales. El pobre e.e. cummings fue víctima de este premonitorio capricho de sus editores, porque lo cierto es que él mismo firmaba con mayúscula. Pero hoy reina la minúscula, como una especie de declaración política que parece sugerir "acá todos somos iguales", o bien "no tengo tiempo", o "todavía no sabemos qué es importante y qué no". En medio de esta romántica redistribución de la riqueza simbólica, es decir, todo con minúscula, la mayúscula es un grito. Porque no se la usa con el sistema clásico de letra capital para los nombres propios, sino como una tipografía de alta tensión: un mensaje escrito todo con mayúscula está cerca de la trompada en la mandíbula.

Esta revolución no sólo genera un idioma: cambia radicalmente el sistema de comunicaciones entre las personas. Antes la gente se hablaba, ahora por lo general se escribe. Casi todos los nuevos teléfonos y demás equipos traen de hecho un teclado para escribir. Y la gente escribe, en otro idioma, tal vez, pero se comunica como se hacía antes de la aparición del teléfono, por carta, esquela o billet-doux. Ahora se usa el celular, el correo o las redes y se mantienen conversaciones llenas de misterios casi cirílicos, fragmentos grabados y fotos enmarcadas. Es un cambio tan profundo que obliga a reconocerlo con toda humildad. Mucha gente lo encuentra feo y ofensivo: una reacción frecuente en quien se siente amenazado. Es cierto que el nuevo idioma tiene un aspecto diferente, sus propias leyes e insondables secretos; es cierto que cambia y crece con vertiginosa libertad. Pero tiene una gran ventaja: no es obligatorio. El mundo podrá desentenderse de la gramática y nadar en la abreviatura, pero nadie va preso por escribir las palabras completas, recuperar la q y usar oraciones con sujeto, verbo y predicado. Se llama coexistencia pacífica y requiere alguna templanza de carácter.

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