
El intestino es la nueva estrella de la divulgación científica, a tal punto que se lo considera “el segundo cerebro”. ¿Antidepresivos para una mejor digestión?
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Por José Montero / ilustración de Nicolás Bolasini
Tengo un nudo en el estómago. No lo trago. Lo que dijo me cayó como una patada al hígado. Siento mariposas en la panza. Se me revuelven las tripas. Y podríamos seguir con otras frases que, desde hace cientos de años, vinculan el aparato digestivo con las emociones. Lo nuevo es que la ciencia ahora vino a comprobar la increíble conexión que existe entre la mente y la barriga, a tal punto que los gastroenterólogos hablan del intestino como "el segundo cerebro".
¿Tiemblan los neurocientíficos que facturan millones con sus libros y conferencias sobre los misterios del cerebro finalmente revelados? Bueno, no tanto. Todavía tienen cuerda para rato. Y, al fin y al cabo, los gastrodoctores les están agradecidos de que el interés acerca de la cabeza haya bajado a las entrañas. Hace tiempo que los especialistas ya no trabajan solos en los once metros que el tracto digestivo tiene de punta a punta, sino que buscan formar equipos con psicólogos y psiquiatras, sobre todo para abordar los trastornos funcionales, que constituyen el 60% de las consultas en el Hospital de Gastroenterología Carlos Udaondo. ¿Qué son los trastornos funcionales? Aquellos en los que, luego de dar vuelta al paciente como una media con una batería de estudios, no aparece una falla orgánica que explique por qué el cuerpo no hace bien sus deberes de digestión, absorción de nutrientes y disposición de residuos.

Ahora abucheamos con ganas para conocer a los malos de la película. Con ustedes, las enfermedades funcionales más prevalentes: la revulsiva dispepsia y el temible intestino irritable. Eduardo Mauriño, jefe del Departamento de Medicina del Udaondo, y Guido Iantorno, a cargo de la sección Motilidad Digestiva y Neurogastroenterología, aclaran que la dispepsia engloba una serie de dolores y molestias en la parte alta del abdomen, acompañada de náuseas y vómitos, mientras que el intestino irritable afecta a la parte baja y trae aparejados trastornos para ir al baño. Agregan que estos trastornos funcionales tienen dos componentes: la motilidad (el transporte más rápido o más lento del bolo alimenticio) y la sensibilidad (que varía de una persona a otra).
"Para modificar la sensibilidad, estamos usando medicamentos antidepresivos porque actúan sobre puntos específicos del cerebro y también del intestino, por ejemplo a través de neurotransmisores como la serotonina", dicen. Considerada la sustancia química responsable de los estados de ánimo, la serotonina puede alterar el comportamiento social, el apetito, el sueño, la memoria y el deseo sexual. Y el 90% de ella no está en el cerebro, sino en el intestino. "El sistema nervioso entérico, formado por los nervios situados entre las paredes del intestino, siente, entiende, percibe estímulos, pero no los hace conscientes", describe con entusiasmo Iantorno, y añade: "Los trastornos funcionales no deben tomarse como que el paciente está loco, sino que hay una falla de comunicación entre el cerebro y el intestino".
Mauriño dice que en los últimos años se hallaron evidencias de que existe una íntima relación entre el sistema nervioso y la flora intestinal: "Un ecosistema de más de mil especies de bacterias que inciden en el equilibrio inmunológico". Se descubrió, por ejemplo, que los pacientes con autismo, esquizofrenia y depresión suelen presentar determinada alteración de la flora. Pero aún queda mucho por aprender sobre ese ecosistema. Lo nuevo, de manera experimental, en Estados Unidos y Europa, son los trasplantes de materia fecal. ¿Perdón? Sí, suena raro, pero las bacterias contenidas en unas heces "sanas" pueden salvar a otra persona en casos de infecciones gravísimas provocadas por el desbalance de la flora. Como ven, todo tiene que ver con todo.
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