
1 minuto de lectura'
Dana levanta una ceja, arroja el diario del día sobre mi escritorio y me dice: estás por ingresar en tu mejor momento. Tomo un sorbo de café, leo la noticia del momento: el 65 por ciento de las personas que hacen una consulta sobre alguna disfunción sexual tiene menos de 40 años. El reverso de esa información es lo que importa: el año próximo pasaré a formar parte de una comunidad masculina sin excesivas dificultades en el plano erótico. O mejor: los jóvenes, sementales hasta no hace mucho en la afiebrada imaginación de las mujeres, no son lo que parecían ser. Sonrío. Dana me mira ahora desde su escritorio, montada en un par de botas tejanas que le dan un aire sado interesante. Uno de mis compañeros se detiene un segundo frente a mí, se quita los auriculares del iPod y me pregunta quién es la muchachita cuyo pie me ilusionó tanto la tarde de ayer. Pasó el último tramo del día mirándole los pies a las chicas, buscando ese pie delicado y perfecto, aunque reconoce que no es una de sus zonas erógenas preferidas. Almorzamos temprano en el bar de siempre, y el tema reaparece pese a que se ha sumado al grupo una compañera llamada Violeta, cuya presencia no calma a las fieras sino todo lo contrario: los varones disfrutamos de escandalizar a una dama, y mucho más si ella es prudente en sus comentarios y algo tímida. La nariz, dice uno de los sexópatas del grupo, hay algo en ese apéndice sexualmente ignorado que lo seduce, y mucho más todavía si la montura de la nariz es excesiva como sucede en las mujeres judías cuya fogocidad, digámoslo de paso, es legendaria. Otras regiones del cuerpo tienen mayor consenso durante la conversación: allí donde se ahueca la espalda, las muñecas, el ombligo, los hombros, el umbral de la vulva. Violeta escucha detalles en silencio, nada dice pese a la mirada insistente de los hombres. Utilizamos un lenguaje si no delicado, al menos bastante más sobrio del habitual, porque la provocación tiene sus límites. La lista descarta tetas y culos, desde luego, porque son zonas erógenas que están fuera de cualquier discusión y acuden a la pulsión sexual del hombre primario. Violeta dice de pronto que el cuello es su región preferida en los varones: de acuerdo con su experiencia, en ese tronco se asienta la masculinidad o mejor la hombría, y un cuello firme y preferentemente grueso augura en su imaginación un hombre protector y, lo que es más importante, un miembro igualmente firme y dominante. Todo eso lo dice con un tono neutro, sin sumarse al clima de contenida estudiantina, como si se tratase de una hipótesis académica que presenta a una audiencia de expertos. Se produce un silencio breve pero significativo. Digo entonces (será la primera de mis dos únicas intervenciones) que en cualquier caso la lengua es nuestra mejor aliada en el reconocimiento del cuerpo femenino, y con ella la boca que todo lo hurga. Violeta dice entonces que produce en ella un raro placer que la muerdan, y alcanza la cumbre de su calentura cuando siente el filo de los dientes clavándose en la carne, y agrega que la excitación es aun mayor cuando en la embriaguez del deseo siente que afronta alguna situación de peligro. La idea del peligro me sugiere entonces confiarle al grupo que uno de mis placeres más altos es tomar a la mujer del cuello y presionar con mis manos con firmeza aunque sin perder el control, lo suficiente para sentir que a ella le falta el oxígeno. Es una práctica llamada asfixiofilia, utilizada con mucha frecuencia en ámbitos del sexo sadomasoquista con utilización de cinturones, corbatas y otros accesorios que permitan incrementar la excitación mediante la privación de oxígeno. Violeta pestañea debajo de los anteojos. Es una situación de goce extraña y maravillosa, dice. El resplandor del sol pegándonos en las caras no me deja ver con claridad, pero creo entrever que su respiración se ha agitado de un modo sutil. El silencio es ahora más largo. Los hombres nos miramos preguntándonos si debemos avanzar en la conversación. Sexo y muerte, un clásico de todos los tiempos, dice ella levantándose, y se va. No es especialmente bonita, su cuerpo no convoca las miradas cuando nos deja. Es sólo su cuello, el deseo sin límites, el orgasmo en los bordes mismo de la muerte.






