
UBA: 180 años es mucho
La Universidad de Buenos Aires, fundada en 1821, celebra el 12 del actual un nuevo aniversario. Golpeada por la crisis, pero aún de pie, la casa de estudios sigue siendo líder nacional en formación académica: por sus aulas hoy pasan 210 mil alumnos. Historia, gozos y sombras de una institución que, desde siempre, es un fiel reflejo del país
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Cualquiera sobrevive al Paraiso. El mérito está en conocer el infierno y el edén y no quebrarse. Por eso, la Universidad de Buenos Aires (UBA) merece una venia: está viva y el 12 del actual cumple 180 años; casi dos siglos de una historia que bailó al ritmo de la ciclotimia política nacional. Hubo golpes, mutilaciones y pequeñas primaveras, y la UBA renació de cada pozo amoratada y rota, pero siguió existiendo porque no es de muerte fácil.
-Hay dos razones por las que aguantó: las universidades son de fuertes tradiciones, y eso tiene mucho peso en su continuidad. Pero, además, muchos extranjeros dicen que hay una voluntad muy potente de los universitarios argentinos de sostener su espacio. Las condiciones de trabajo locales son malas y, sin embargo, ellos salen de la Universidad y vuelven, se exilian y vuelven, intentan sostener algo que de algún modo sienten como propio.
La que habla es María Caldelari, experta en historia oral y escrita de la UBA. Pasado universitario en Córdoba, hermoso departamento de principios de siglo, barrio de Congreso. La propuesta es que María resuma, en un par de horas, 180 años de historia recién cumplidos. Ella se aterra con los ojos, pero muestra una sonrisa delicada y valiente. Enciende un cigarrillo y se llena de humo y coraje.
-De lo que más puedo hablar es de la Universidad post-Reforma. Antes, la situación era precaria.
Para muchos, la verdadera UBA nació con la Reforma de 1918. Breve cuadro, entonces, de la situación pre-Reforma: las guerras por la Independencia hacían difíciles las comunicaciones con el Alto Perú, donde iban los porteños a estudiar. Por lo tanto, era necesaria una universidad local y fue así como en 1821 surgió la UBA. Durante el primer siglo fue una universidad instrumental, que respondía a las necesidades del Estado: con el crecimiento de la Nación, la llegada masiva de inmigrantes, el extendido de las vías férreas y todas las otras formas del progreso, era necesario tener profesionales que ayudaran al desarrollo de la ciudad. Se la recuerda -en forma despectiva- como la universidad de los abogados.
Ni tanto ni tan poco: la UBA pre-Reforma era la Universidad de los abogados y los médicos y los arquitectos. Era la institución abierta a las profesiones liberales, oligárquica en su gobierno y en su estudiantado. Para Caldelari, este inicio fue necesario, pero inestable: el siglo XIX transcurrió entre guerras civiles y, para colmo, el gobierno de Rosas cortó el presupuesto y adelantó lo que serían las universidades en tiempos totalitarios: para recibir el título se exigía una garantía de que el graduado hubiera sido sumiso y obediente a sus superiores en la Universidad y notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación.
Este proyecto de enseñanza se cortó por completo en 1918: la Reforma Universitaria -con antecedentes en la ley Avellaneda- fue una bisagra que luego se expandió por toda América latina. A partir de entonces se estableció la autonomía universitaria y gratuidad de la enseñanza superior, la organización de la Universidad como federación de facultades y el concurso docente como forma de provisión de cátedras.
-La mayor importancia de la Reforma fue determinar que no sólo los hijos de la oligarquía tendrían acceso a ella. La educación empezó a verse como un derecho y no como un bien -sintetiza Caldelari-. Los hijos de la inmigración, sin un apellido patricio, encontraban una forma de legitimarse y ascender socialmente. Los casos de m´hijo el dotor vienen de ahí.
Desde entonces hasta hoy hubo cambios, pero el perfil universitario parece cosido por un mismo hilo durante todo el siglo XX. En el año 1900, las profesiones tradicionales ocupaban casi todo el mercado. Hoy también. La UBA tiene trece facultades donde 210 mil alumnos estudian 97 carreras. A pesar de tanta oferta, Medicina, Derecho y Ciencias Económicas concentran el 51 por ciento del alumnado.
-La situación del país es tan grave que buscás la vía más rápida que te permita encontrar trabajo -explica Oscar Zoppi, presidente de la Federación Universitaria Argentina (FUBA) y estudiante de Derecho-. Antes elegías la profesión que más te gustaba, hoy elegís la que te puede sacar del pozo.
Y los que ya están en el pozo, difícilmente puedan usar la Universidad para salir. A principos de siglo, las clases bajas tenían un acceso muy restringido a la educación superior. Hoy también. Según el último censo, sólo el 0,6% de los hogares más pobres tiene un hijo graduado.
-La UBA es un gran embudo: por cada 100 estudiantes que ingresan, sólo se gradúan 19. Como las carreras duran tantos años, los de clases muy populares, que tienen que trabajar para pagarse los estudios, muchas veces se ven obligados a abandonar.
Mario Toer recibe a los alumnos en la generosa boca del embudo: dicta la multitudinaria cátedra de Sociología en el Ciclo Básico Común, y también es docente de Política Latinoamericana en la carrera de Ciencia Política. Toer tiene barba entrecana, chaleco de fotógrafo, un perro demasiado pasional y un departamento que compró gracias a la herencia que le dejó su padre. Si tiene que alquilar se muere, dice. Y explica que el sueldo de docente es una invitación a la pena. Que cuando hay poca plata los placeres están en otra parte: leer una buena monografía, por ejemplo.
-Entonces pienso que el mío es un trabajo envidiable. Pero también tengo alumnos de esos que te miran con cara de cordero y anotan todo el tiempo, pero no dicen nada. Exasperantes son.
Toer es hombre de otra época. Se formó en los años dorados de la UBA, cuando en las aulas había alumnos que no sólo hablaban: creían, encima, en cambiar el mundo. El período 1958-1966 fue uno de los mejores de la institución. La Universidad se hizo masiva, se creó la editorial Eudeba, las carreras humanísticas tuvieron su auge y se fomentó la investigación como nunca antes. Se creó el Consejo Nacional de Ciencia y Técnica (destinado a trabajar casi fundamentalmente en cooperación con la UBA), y surgieron los trabajos de dedicación exclusiva, que permitían profesionalizar el desempeño del investigador.
Una primavera.
-Hasta que llegó 1966.
Interrumpe Toer y se desinfla. El golpe de Juan Carlos Onganía tuvo en la historia de la UBA efectos similares; fue como una inmensa aguja enterrándose en una piñata. De aquellos tiempos se recuerda, principalmente, un hecho: frente a la interrupción de la autonomía universitaria, el rector y los decanos de la UBA renunciaron y cinco facultades fueron ocupadas por profesores y estudiantes en señal de repudio. El desalojo violento en manos de la policía es conocido como la Noche de los bastones largos.
-Yo había entrado a estudiar a Filosofía y Letras en 1962, así que conocí el antes y el después de los bastones -recuerda Toer-. Antes había una increíble riqueza productiva, y después llegó la grisura. Se fueron profesores importantes, se desmanteló la investigación, había represión. Pero paralelamente existía una especie de resistencia que funcionaba en iglesias y sinagogas y que convocaba a miles de estudiantes. Esa prolongación de la UBA fuera del local universitario entró en total ebullición en 1969, con el Cordobazo y otras situaciones por el estilo que hicieron que el régimen militar no pudiera controlar más la Universidad.
Hay una coincidencia entre los entrevistados: si Onganía golpeó a la UBA, la última dictadura la despedazó.
-Los sectores reaccionarios tienen algo muy claro: el terror al desorden y el conflicto -explica Caldelari-. La Universidad de 1976 en adelante fue, digamos, ordenada. Pero también monstruosa.
A partir de 1976 la matrícula bajó un 105% en relación con 1974 y el aire de los claustros flotaba como una niebla enferma. Se entraba con documentos, no se hacían preguntas en clase, había textos prohibidos y quemados, había cupos (que redujeron mucho el ingreso de estudiantes), y la mayoría de los docentes era cesanteada, exiliadas o -al igual que muchos alumnos- desaparecida. En términos académicos, una revista católica liberal que se editaba entonces, llamada Criterio, hizo muchas críticas: decían que la Universidad estaba convertida en un ministerio más, que no había un proyecto universitario y que los rectores rotaban todo el tiempo. A esto se sumó la profundización de la política iniciada por Onganía, consistente en separar la investigación de la Universidad. Se crearon institutos del Conicet fuera del ámbito de la UBA, con la excusa de que la investigación debía ser neutral y que el ambiente de estudios estaba politizado.
-En el fondo, temían que en la Universidad podía haber demasiada democracia -asegura Alfredo Kohn Loncarica, director del Instituto de Historia de la Medicina y secretario general de Medicina, una de las facultades que menos sufrieron en los períodos de facto-. Acá se usaba mucho la ley de prescindibilidad; a uno lo declaraban prescindible. También hubo postergaciones: había docentes que no eran perseguidos explícitamente, pero quedaban rezagados en los concursos. Y salvando las diferencias en el grado de represión, el período 1943-1955 también fue muy difícil en términos académicos: cayeron los ideales de la Reforma, al frente de la UBA estaba gente de extrema derecha, no había autonomía universitaria y eran cesanteados profesores de alto nivel. Aunque, también es cierto, con la Revolución Libertadora expulsaron muy buenos docentes peronistas.
Hay cierta tendencia a recordar la universidad peronista como un pozo mudo y cenagoso donde sólo podían pasar cosas terribles. Como símbolo de aquella época se cita siempre el caso de Bernardo Houssay: fue destituido en 1943, reincorporado tiempo más tarde y vuelto a cesantear en 1945, con la excusa de que debía jubilarse por tener 60 años. En 1947, sin embargo, ganó el Premio Nobel de Medicina.
Parece que la época no fue de las mejores. Pero también parece que es más fácil pensar que esos tiempos fueron fatales. Que al lado de la universidad peronista Hiroshima fue un poroto.
-Los que hacemos historia de la Universidad no sabemos nada de esa época -admite María Caldelari-. Se conoce todo aquello relacionado con la parte política, pero desconocemos qué se hizo académicamente, y eso debe ser corregido. Es tan fuerte la negación del período peronista que mucha gente que cursó en esa época, si le preguntás, te contesta: "La Universidad estaba vacía". Y eso es imposible, esa gente se educó ahí. Y si empezás a tomar ciertas disciplinas te das cuenta de que pasaban cosas y entraban nuevas corrientes del pensamiento, y eso es algo que los historiadores tenemos que estudiar.
-¿Y usted, qué estudios de grado tiene?
La voz es gruesa y ondulante como un vinilo que gira demasiado lento. A Kohn Loncarica le gusta estar bien informado: todos los días lee Le Monde, El País, Clarín, La Nacion, y cada vez que puede pregunta por el nivel de formación de sus interlocutores.
Sobre formación y excelencia Kohn Loncarica recuerda que, en los años 60, sus profesores eran de un nivel sublime. El decidió ingresar a Medicina por tradición: su padre era profesor de la UBA, y en la familia había mucho médico y dentista y farmacéutico.
-Mi padre era antiperonista, no sé si se pueden decir estas cosas, pero vivió de una manera muy trágica hasta 1955. Fue postergado en esos años, y su jefe y maestro en la cátedra fue dejado cesante. Yo me acuerdo.
El se acuerda y es como si fueran postales de su vida: el padre yendo al hospital Durán con traje, chaleco y sombrero. El comedor de la Facultad: mozos con saco blanco y moñito negro; los profesores como si fueran de mármol.
-Había mucha más formalidad, esta facultad era muy tradicional y feudal; el profesor formaba parte de una especie de nobleza; era muy difícil acceder al grado de adjunto.
Hay algo, sin embargo, que aún hoy se mantiene: no cuelgan demasiados carteles y el grado de limpieza es casi quirúrgico. Para llegar a la Secretaría General hay que cruzar un pasillo escoltado por bustos enhiestos como insignias patrias.
-Si el ambiente le parece solemne -dice Kohn Loncarica- tendría que haberlo conocido hace cuarenta años. Medicina y Derecho eran de lo más aristocrático de la Universidad.
En Derecho también había comedor, y mozos, y docentes trajeados hasta el bigote. En ese clima de asepsia infinita, muchos estudiantes soñaban con un futuro en la política. Combatían por sus ideales con la pluma, la palabra, y una pistola 635 que llevaban calzada bajo la ropa. Había enfrentamientos, pero eso no es todo: muchos sobrevivieron.
-Entré en abogacía porque me interesaba la militancia -recuerda Moisés Ikonikoff-. Cursé entre 1954 y 1960, y me acuerdo que Derecho era muy atípico porque pisaba muy fuerte el Sindicato Universitario de Derecho, que eran unos fachos, eran la expresión de Tacuara. Ahí estaba mi gran amigo Hugo Anzorreguy. Y contra el SUD yo creé el grupo Facón. Y había enfrentamientos fuertes, íbamos calzados a la Universidad. Digamos que por la cantidad de armas que portábamos y la cantidad de disparos que hacíamos, graciadió no había graves víctimas.
Suena el celular e Ikonikoff atiende. Dice que no: que no pueden volver a invitar a Ricky Maravilla. Que después hablamos. Entonces corta y se disculpa: "En mi programa yo quiero hacer cultura -dice-, pero a Pierri los números le cierran si hay rating".
En otras épocas, Ikonikoff tenía otras preocupaciones: llegó a ser presidente de la Juventud Universitaria Socialista, del Centro de Estudiantes de su facultad, se recibió con medalla de oro y presidió la FUBA durante la gestión del rector Risieri-Frondizi, hermano del entonces jefe de Estado.
-Esa época fue la mejor. Teníamos un altísimo nivel de estudios; hasta los militantes eran buenos alumnos. No era como ahora que los hijos de los presidentes consiguen títulos gratis. Y también había limpieza. La facultad tenía menos carteles y volantes que ahora. Era pulcra, pul-cra. Y si hacíamos un cartel diciendo Revolución total matemos a todos los burgueses, cuidábamos la estética. No hacíamos estilo barroco si lo íbamos a colgar en un espacio de estilo romano. Y después estaban los debates intelectuales: con los Tacuara, aunque éramos enemigos, nos reuníamos para discutir si era más revolucionario Primo D´Rivera o Rosa Luxemburgo.
Para Juan Pablo Paz, director del Departamento de Física de la UBA, la Universidad también tiene una carga familiar.
-Es la última joya de la abuela.
Aunque el presupuesto destinado a la actividad científica se usa de modo poco inteligente, se mantiene hoy un nivel internacional. En Exactas se genera un 15 por ciento de la investigacion nacional en ciencias duras; cerca del 15 por ciento de los investigadores científicos argentinos está en laboratorios del Departamento de Física; y el año último se publicaron 175 trabajos en publicaciones internacionales.
Desde que llegó la primera computadora (se llamaba Clementina y la recibió Manuel Sadosky, entonces director del Instituto del Cálculo), la suerte de las ciencias duras fue incierta según los períodos. Una vez más, los años dorados fueron los 60.
-Esa época nunca se volvió a repetir, y queremos recuperar esa mística para tener una facultad de aquel nivel científico. Acá se mantienen varios equipos gracias a los buenos contactos internacionales. Muchas veces no hay plata para viajar, pero a uno lo invitan, por el currículum. Igual tratás de olvidarte de esas cosas y concentrarte en el trabajo, en responder las preguntas científicas que te motivaron a meterte en la profesión. Todavía no me fui del país no porque no pueda, sino porque quiero tratar de seguir intentando. Es bárbaro ver a los chicos que recién entran en la Facultad: están muy interesados y activos. Pero cuando ven qué posibilidades tienen de desarrollar una carrera digna acá, de hacer un doctorado o hacerlo afuera y volver a instalar un laboratorio, no quieren. Se van apenas pueden. Entonces uno se siente útil, porque los formó. Pero también se siente un poco estúpido.
Sólo el 11% de los docentes tiene dedicación exclusiva, pero la Universidad sigue siendo percibida como una institución prestigiosa
- Casi el 90% de los universitarios cree que el presupuesto que el gobierno nacional asigna a la UBA (este año es de 254.378.520, contando sólo el área Educación) resulta insuficiente.
- El 40,2% de los estudiantes no trabaja, y el 33,3% lo hace en actividades no relacionadas con sus carreras.
- Para el 60% de los estudiantes la desocupación va a afectarlos en su inserción laboral bastante, y para el 21% mucho.
- El 57 % considera escasas sus posibilidades de conseguir un empleo relacionado con lo estudiado.
- El 76,5% se considera mejor preparado que un estudiante de una universidad privada.
- Atributos que, según los estudiantes, definen a la UBA: excelencia (22%), es pública (16,8%), es prestigiosa (15,8%), es desorganizada (9,6%), es exigente (7,9%), es burocrática (4,7%) y es autónoma (3,5%).
- El 53% viene de colegios privados.
- El 37,6% se mantiene con el aporte de su familia; el 36,1 con trabajo o renta personal; y el 25,1 con ambos.
- De los que trabajan, la mayoría (31%) lo hace de 36 a 45 horas; sigue un 20% que lo hace 46 y más.
- Un 47,6% son administrativos y un 2,2% son obreros.
- La cantidad de estudiantes de carreras de grado creció un 38,1% respecto de 1996, cuando se hizo el último censo. Se trata del aumento de alumnos más importante desde los años 80.
- El 27% de los docentes da clases ad honórem y la cantidad de docentes gratis supera la de rentados. Sólo un 11% tiene dedicación exclusiva.
- El 22% de los docentes realiza actividades académicas en otras universidades por no contar con sueldos satisfactorios en la UBA.
- El 65,8% de los estudiantes cree que estudiar garantiza el progreso económico.
- El 43,1% de los estudiantes está pensando en irse del país.
Fuentes: sondeo encargado por la FUBA a a consultora Equis (realizado entre el 22 y el 25 de agosto de 2000) y Censo Universitario 2000.






