
Un deporte donde el juego aún lo es todo
Hasta que el sábado 1° de octubre pasado, en Cali, la selección argentina de futsal venció por cinco goles a cuatro a Rusia, y se consagró campeona mundial, pocos en el país sabían de la existencia de este torneo o del nivel de nuestros representantes.
La consagración, sin embargo, ilustró al día siguiente la tapa de los principales diarios, los canales de televisión reprodujeron durante varios días los goles de la final y en las redes sociales se celebró como las grandes conquistas del deporte argentino. No hubo gente festejando en el Obelisco, es cierto, pero el triunfo fue vivido como un desahogo parcial para los hinchas que desde hace 23 años no pueden celebrar un título de la selección nacional de fútbol, el primo hermano del futsal.
Aunque la comparación es capciosa, también es sintomática de una frustración acumulada: pese a contar con el mejor jugador del mundo y varias otras estrellas valuadas en decenas de millones de dólares, al fútbol argentino le son esquivos los títulos, y ese, como se sabe, es apenas uno de sus profundos y crecientes problemas. El humilde futsal, con nombres desconocidos para el gran público, una liga amateur detrás que lucha por sobrevivir con limitados presupuestos y jugadores que entrenan cuando salen del trabajo, abrazó, en cambio, la gloria de llegar a lo más alto.
Aunque la mayoría de los jugadores que se consagraron en el Mundial de Colombia hoy juegan en ligas europeas, el futsal argentino gira en torno a un torneo concentrado en el área metropolitana de Buenos Aires. Se juega en clubes de barrio, de paredes grises o celestes con marcas de pelotazos, y aunque sus protagonistas sueñan con que el título del mundo atraiga a la televisión y comience así a ingresar algo de dinero, hoy todo se hace a pulmón.
Ése es quizá el contraste que más atrae a los hinchas del fútbol que empiezan a prestarle atención al futsal, un deporte que se parece más a los picados entre amigos que al fútbol híper profesionalizado de la AFA, donde mandan los negocios y ni siquiera así logra establecerse un mínimo de organización o previsibilidad que evite los bochornos recurrentes.
Emilse Pizarro nos introduce en esta edición de La Nación revista en el mundo desconocido del futsal argentino con una crónica que desnuda la realidad de un deporte donde todo es esfuerzo y que lucha por federalizarse para crecer y que su liga, de a poco, se profesionalice. Tarde o temprano, sostienen sus impulsores, esto ocurrirá, como ya pasó con el básquet o el voley. Mientras tanto, la humildad y el esfuerzo como único camino a la gloria seguirán siendo el sello de un deporte que todavía hace del juego su esencia.







