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Martin Brudnizki

Un día en el club privado más célebre del mundo

Flavia Tomaello
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12 de abril de 2019  

Atravesar la puerta del 46 Berkeley Square en Mayfair es pasar un portal a otra dimensión. La visita comienza un poco antes, cuando se reciben las instrucciones del dress code. Se lee el título del mensaje que lo porta y el corazón se detiene un segundo. Cualquier cosa puede venir después. Sin embargo, apenas hay algunas indicaciones más bien pacatas que teñidas de la extravagancia esperables en el sitio fundacional de los night clubs privados. Cabello y uñas limpias, sin pezones insinuándose ni breteles de corpiños a la vista, calzado sport, no deportivo, y jeans sin roturas. No se admiten coronas ni anteojos de sol.

Al entrar, por el mismo sitio en que lo hace el príncipe de Gales, se abre un área de recepción tradicional, una chimenea de mármol original y dos candelabros de cristal comprados en una subasta en París, que pertenecieron a Audrey Hepburn. Allí emerge una pintura que parece haber sido hecha para ese lugar. "La chica con una boina roja y un pompón" data de 1937, y es el modo en que Pablo Picasso retrató a Marie-Thérèse Walter. La obra fue donada por uno de los miembros del club, Richard Caring, quien, además, le cambió el nombre por el de Annabel.

La ostentación maximalista logra una armonía donde la palabra sencillez se borró del diccionario. El delirio entre decadente, barroco y posmoderno quedó en manos de Martin Brudnizki . Nacido en Estocolmo, pero instalado en Londres desde 1990, desarrolló diseños para sitios tan disímiles como la Ro-yal Academy of Arts o Fortnum & Mason.

Mejor negocio que amor

Transcurría 1963 cuando Mark Birley, dedicado al mundo del real state, abrió el Annabel's original en honor a su esposa. A Lady Annabel Vane-Tempest-Stewart, hija del octavo marqués de Londonderry, los 9 años de matrimonio le pesaban y el primer club del mundo en su tipo no la seducía. Su abulia encontró refugio en sir James Goldsmith, amigo personal de su esposo. Con el primero tuvo tres hijos, con el segundo dos. El matrimonio con Birley se terminó en 1975, pero el Annabel's duró mucho más.

Para fundar el club eligieron un antiguo depósito de carbón en 44 Berkeley Square, apenas a dos puertas de donde se ingresa hoy. El proyecto fue financiado por 500 amigos de su fundador. Cada uno aportó 5 guineas (1 libra) al año para convertirse en miembros vitalicios. 69 de ellos siguen con vida.

La personalidad que Birley impuso al Annabel's lo convirtió en el sitio al que había que ir luego de cenar. Por más de dos décadas las salas decoradas con obras y muebles de su colección personal y una pista de baile minúscula confinada al último piso con poca luz, cobijaron a las figuras del jet set europeo, que se sentían más cerca de una fiesta privada en un salón particular que en un club nocturno. A Mick Jagger le hicieron una excepción para ingresar sin corbata, privilegio que no tuvieron los Beatles en su primera visita, pues no pasaron la admisión, lo mismo que Eric Clapton. Más tarde, todos ellos, más otros personajes como el rey Juan Carlos y la reina Sofía, Tina Turner y Elizabeth Taylor, Madonna y Frank Sinatra se transformaron en asiduos visitantes. Era el único sitio en el que podían divertirse sin ser acosados.

Barroco style

En 2007, Birley vendió el club, y fue cuesta abajo por algún tiempo. Pero todo volvió a brillar con la reapertura. La versión posmoderna tiene una discoteca, un restaurante en la planta baja, un salón para fumadores, una terraza, una serie de bares y comedores privados que se extienden a lo largo de dos plantas

Inspirándose en el jardín del nuevo edificio, la vegetación verde de Berkeley Square y el espíritu de la excentricidad inglesa, el nuevo Annabel's expone un diseño con vínculos directos a la flora y la fauna de manera ecléctica y lúdica.

The Garden Room, comedor principal, tiene un mural pintado a mano de Gary Myatt. "La barra ha sido retroiluminada para crear un efecto brillante -explica Brudnizki-. Las mesas con tapas de espejo se complementan con sillas de comedor de And Objects".

El Elephant Room da la bienvenida con sus hojas de oro, papel pintado de Gournay inspirado por el cuadro del siglo XIV Sultan Ibrahim Adil Shah II montado en su elefante, Atash Khan, del pintor persa Farrukh Beg. Allí también se abren dos comedores privados: uno, vestido de láminas de plata con ocho paneles realizados con la técnica francesa de espejado eglomise inspirados en René Lalique; el otro está decorado con miles de flores de cerámica hechas a mano con detalles de diamante de la Maison Lucien Gau. Un revestimiento de seda bordado Pierre Frey representa una flor de cerezo.

Latinoamérica se cuela en el segundo piso con un bar mexicano con la mayor selección de tequila fuera de México. "Colgamos una gran colección de obras de arte, incluida una impresión de El baile de Tehuantepec, de Diego Rivera, que fue el punto de partida de esta sala".

Millennial attack

Brudnizki impuso una especie de millennial hipster style sobre la decadencia que ensombrecía la historia del club. Salones transformables en experiencia gastronómica, de trabajo o para cuestiones lúdicas convierten al Annabel's en un sitio actual y versátil, en el que su público se divierte en la chaise longue del baño de mujeres o con búhos, zorros y tejones en el masculino. "Aplicamos magia y juego -dice el diseñador sueco-: sanitarios con forma de troncos de árboles y un oso de tamaño natural frente al espejo que refleja un ataque mientras el visitante se lava las manos".

Encontrar la narrativa adecuada era clave. A Brudnizki le sirvió partir de su cuarto adolescente blanco inmaculado. "Nunca más fui minimalista", explica. Astrid Harbord, responsable de comunicación del club, asegura que aunque "algunos socios históricos todavía no se han adaptado a esta nueva era, teníamos que hacerlo si queríamos seducir al público de hoy".

La reconversión llegó a la conceptualización de espacios. Hoy se puede trabajar al estilo coworking, desayunar, "transcurrir el día dentro del club como extensión de la propia casa", dice Harbord. Consultada por el efecto que causa esta nueva imagen entre los fundadores, ella no duda: les agrada. "Comentan que es muy sorprendente, que es opulento y, sobre todo, que es muy divertido".

En el recorrido hay delirio, un toque kitsch, bastante de humor británico... Lo nuevo ha alcanzado una armoniosa fusión donde la puerta verde del ingreso guarda tras ella todo lo que pasa. Ni paparazzi, ni redes sociales, ni diarios o revistas... Solo los socios, algo menos que los 500 fundadores (aunque no dicen cuántos), pero siempre con la misma consigna: lo que sucedió en Annabel's, en Annabel's queda.

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