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Cruzo la avenida Paulista en una corrida, somnoliento todavía, para llegar a tiempo a mi reunión del día. Sin desayunar, las pestañas pegoteadas por la noche mal dormida, el cuello entumecido y la cabeza aturdida por los restos de alcohol. Es una presentación breve, una hora apenas. Todo ha ido bien: el plan regional avanza a pasos rápidos. Almuerzo en una terracita antes de emprender mi itinerario cultural, un par de museos y un instituto de arte. Llamo a Micaela, suena bien en el teléfono: burbujeante, pura vitalidad en su estilo amodorrado. Está tranquila, su madre ha vuelto a casa. Me quiere. Está orgullosa de mí, le ha gustado encontrarse conmigo de ese modo. Es un mediodía plácido, la tarde será mía. Leo
Un hombre en la oscuridad
de Paul Auster, el sol refulgiendo en la copa de vino blanco junto a una ensalada de camarones. Leo: "De ese modo prosiguen Brick y Flora al ritmo de su insignificante vida conyugal, esa vida insignificante a la que ella lo ha atrído de nuevo con el sentido común de una mujer que no cree en otros mundos, que sabe que sólo existe la realidad presente de la que forman parte esencial la anestesiante rutina, las breves trifulcas y las preocupaciones económicas, que intuye que a pesar del tedio, los dolores y las decepciones, nunca estaremos más cerca del paraíso de lo que estamos en este mundo". Un hilo de voz (Caetano a lo lejos: ...
da dura poesia concreta de tuas esquinas, da deselegância discreta de tuas meninas...
) se cuela entre las mesas, y el rostro de Marcela aparece en la somnolencia de la sobremesa.






