
Un imparable imperio forjado de fantasías
Es difícil imaginar otra figura contemporánea que desde un imperio construido apenas con el poder de la imaginación haya influido tanto en la vida y los sueños de tantas generaciones. Y que lo haya hecho muchas décadas antes de que el mundo se rindiera definitivamente a la cultura del entretenimiento.
Walt Disney, de cuya muerte se cumplen esta semana cincuenta años, fue un genio de la animación, un productor de éxitos que le valieron 22 premios Oscar y un empresario que avizoró, tal vez antes que nadie, el valor de la fantasía en un siglo marcado por progresos materiales, pero también por tragedias humanas sin precedentes. A lo largo de su vida sus films transmitieron mensajes en favor de la diversidad, el medioambiente y los animales, acaso los mayores héroes de sus creaciones.
Su primer éxito, tras algunos fracasos económicos que lo llevaron varias veces a refundar sus primeras productoras, fue Mickey Mouse, el ratón al que la Sociedad de las Naciones, el antecedente inmediato de las Naciones Unidas, nombró en 1935 "un símbolo internacional de buena voluntad". En una época en que la comunicación de masas aún estaba en desarrollo, el personaje se convirtió también en el primer gran éxito global de merchandising, con su imagen inundando el mercado de juguetes y decorando todo tipo de productos. Pero fue Blancanieves, su primer largometraje animado, por el que muy pocos apostaban, el verdadero cimiento de un imperio que nunca detendría su crecimiento. La imagen de Walt Disney cobró tanta relevancia en el mundo entero, que durante la Segunda Guerra el presidente Roosevelt le encomendó una gira por el sur del continente para ganar la simpatía de los latinoamericanos en tiempos en que los agentes nazis perseguían el mismo objetivo. Con esa misión diplomática visitó la Argentina en 1941, donde bailó folklore vestido de gaucho y se reunió con Florencio Molina Campos, quien sería su asesor técnico y con el que forjó una larga amistad. De aquella visita surgió también el mito de la inspiración patagónica de Disney para crear Bambi, aunque el film, estrenado en 1942, llevaba ya varios años en preparación.
Expandiéndose a otras áreas del entretenimiento en 1955 abrió cerca de Los Ángeles su primer parque, Disneyland, y trabajaba en su segundo reino mágico, en Orlando, cuando murió en 1966 a causa de un cáncer de pulmón. Contra lo que indica otro mito popular, nunca fue criogenizado y su cuerpo está enterrado en un cementerio de Glendale, California.
El imperio que creó hoy es considerado el mayor conglomerado de entretenimiento del planeta, con ingresos anuales valuados en 36.000 millones de dólares. Pixar y LucasFilm fueron algunas de sus últimas adquisiciones, y precisamente esta semana Disney estrenará en todo el mundo Rogue One, el nuevo film de la saga de Star Wars, con Diego Luna (entrevistado por Sebastián Tabany para esta edición de La Nación revista) como protagonista.
La magia sigue intacta y, más allá de los mitos, la fábrica de fantasías que creó Walt Disney seguirá inspirando y haciendo soñar al mundo.







