Relato de una degustación de primer nivel.
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<b> Difíciles de sorprender </b>
Por mérito de las bodegas argentinas, parecería que cada vez resulta más difícil sorprender a los periodistas especializados con una degustación de vinos. El esquema puede no ser demasiado diferente cada vez: un lugar cómodo; una mesa con ubicaciones individuales donde se enfrenta un semicírculo de copas, numeradas o no, en cantidad suficiente para los vinos que se van a probar; papel y un elemento para escribir. Y listo.
Puede o no estar el enólogo responsable que, salvo honrosas excepciones, suelen ser bastante aburridos (esto, porque algunos bodegueros no entienden que el enólogo no fue formado para dar charlas de ningún tipo, y menos comerciales). Luego, se pueden escuchar algunas opiniones de los presentes, que puedo asegurar que nunca son críticas. La franqueza no es una de las virtudes presentes en este tipo de tenidas…y si el anfitrión es, además, potencial anunciante en guías de vinos, revistas especializadas, o aportante de cualquier otra forma al bienestar del periodismo especializado, los labios solo se abren para elogios, a veces un poco desmedidos (basta ver el título de esta nota para darse cuenta que muchas veces lo emocional nos desborda… -en este punto, se ruega imaginar al autor sonriendo picaronamente-).
<b> Pero nos sorprendieron </b>
Esta vez se reunieron el siempre atildado Hervé Birnie-Scott y el siempre producido en un cuidadoso shabby chick Nicolás Audebert, con su equipo e hicieron una puesta en escena para la bodega Terrazas de los Andes, que a muchos, diría a casi todos, nos dejó boquiabiertos. Una auténtica experiencia World class, como dicen los expertos de Sistemas cuando algo tiene calidad internacional.
Había periodistas reconocidos como Marcelo Murano, Fabián Dorado, Lucrecia Melchior, Elisabeth Checa, el ascendente Yu Sheng Liao, los Augusto Foix –padre e hijo-, el mendocino Federico Lancia, el autodesignado como implacable, Giorgio Benedetti y otros y otras que mi mente con algún que otro problemita de sinapsis ahora no recuerda pero no menos meritorios que los mencionados (listado algo injusto, porque uno suele recordar con más precisión –que los mencionados no son de este grupo- a los suelen llegar tarde a la van que debe transportar a todo el grupo de un lado a otro; o porque se comportan no demasiado bien, quizás por una menor resistencia a la ingesta de alcohol, y se olvida a los profesionales silenciosos y ensimismados en su tarea).
Por el lado internacional había expertos venidos del Brasil como José Ruy Sampaio, un consultor que supo regentear en Sao Paulo la Maison du Vin, Ennio Federico, director de la organización brasileña Winexperts, el periodista argento-mexicano Hernán Albarenque, que colabora en la revista El Conocedor de México; y muchos otros, que prefirieron socializar entre ellos, por lo que fue difícil intercambiar experiencias. Como sea, era notorio que la movida los había impactado tanto como a nosotros.

<b> Cómo fue </b>
Trasladados a la bodega en Mendoza, hubo un rápido piscolabis en la casa principal, y luego fuimos llevados al inmenso galpón que aloja las barricas. Entramos casi totalmente a oscuras, hasta se podría decir que tanteando. Allí intuimos que había una larguísima mesa, donde nos fuimos ubicando libremente. De pronto, a un gesto de Hervé, se prendió una parrilla de iluminación propia de estudio cinematográfico, y apareció en todo su esplendor la mesa repleta de copas servidas, todos con vinos tintos. Y lógicamente anotador y lápiz. En una cabecera se ubicó Hervé con el joven enólogo Gonzalo Carrasco, y en la otra Nicolás escoltado por el agrónomo Gustavo Ursomarso.
Hervé estaba pletórico, encantado, feliz como un director de orquesta que veía que había llegado la hora de la verdad. Con su mejor frañol fue explicando todos y cada uno de los vinos que había en la mesa, que se iban alternando en forma de cata vertical -que consiste en probar los mismos vinos pero de distintos años-, un Malbec seguido de un Cabernet, y así sucesivamente. En un recorrido de terruños que iban de Perdriel a Las Compuertas, y de allí a Agrelo.

Cuando comenzamos a probar el primer Malbec, un 2008, se prendió un foco sumamente intenso y en medio de la oscuridad descubrió a un violinista que atacaba con el tango
Por una cabeza.
Los presentes no pudieron reprimir un
"¡aaaaah!"
y comenzaron a probar el primer vino. En ese año del 2008 hubo una helada el 14 de abril que felizmente no afectó a Las Compuertas. El resultado es lo que
el presidente de
llama un "vino cashemere" por su suavidad.
Acto seguido, probamos un Cabernet Sauvignon 2007, y al momento de llevar la copa a los labios, ¡paf!, se prende otro foco en el otro extremo de la mesa, y de la oscuridad surge un violoncelista que nos iría regalando obras de Haëndel, Bach, Mahler y otros maestros.
Así, los vinos fueron pasando por nuestros paladares, mientras los focos iban alumbrando a cada ejecutante en su turno, con violinista para los Malbec y violoncelista para los Cabernet Sauvignon. Siempre rodeados de una penumbra que permitía intuir a las 3000 barricas con las que compartíamos el espacio. Como si fueran nubes, al mirar hacia el techo se observaban a los gigantescos humidificadores liberando de tanto en tanto vapor para mantener el aire debidamente climatizado. No para nosotros, sino para las barricas, claro.
El tercer vino fue un Malbec 2006; seguido de un Cabernet Sauvignon 2005, un año que resultó emblemático. Luego vino otro Cabernet Sauvignon 2002, con una presencia tánica y una frescura que parecieran inacabables. El violín nos recordó que seguía un Malbec, en este caso 2001, un año lleno de dificultades, pero que a la persistencia de sus aromas específicos suma una coloración rubí, que llamó la atención de nuestro sector de la mesa. Mi impresión es que es un vino para esperarlo 10 años y seguirse sorprendiendo gratamente.
El siguiente paso fue probar un Cabernet Sauvignon 1999. Según Hervé muestra su edad como un cuarentón, pero su color asimilable al de una teja no debe engañarnos, porque está preparado para acompañar cualquier comida. Este año es en el que claramente los enólogos toman un mayor protagonismo. Menciono el color porque es lo que nos anticipa la presencia de taninos todavía vivos.
La prueba de fuego fue el último vino: un Malbec de las Compuertas de 1997. Aquí Hervé se quebró un poco, porque recordó que este vino lo llegó a hacer él 15 años atrás. ¿Cómo no sorprendernos de la acidez que conservaba con su color totalmente volcado a la teja? Este vino muestra el acierto que significó la incorporación que se hace a partir de 1992 del uso de barricas nuevas, que es cuando Mendoza comienza a hablar del tipo de tostado de sus maderas y de la forma en que esto impactará en el resultado final.

<b> El final </b>
No sé si llamarlo final o segundo acto, porque fue trasladarnos todos hacia el edificio que alberga los tanques de acero inoxidable, y nos aguardaba una nueva sorpresa: una impactante mesa con candelabros encendidos donde se desarrollaría la cena. Inmensos calefactores hacían tolerable el frío externo, y oportunos reflectores volvieron a mostrar una cuidada escenografía, apoyada en la vieja construcción de la bodega, que lucía todo el esplendor de una restauración que la ha mantenido lozana.
El menú preparado por Nadia –la chef de Terraza de los Andes- volvió a encantarnos doblemente. Y fue doble porque apenas apareció el Lomo de salmón ahumado con crema ácida, uno de esos focos misteriosos, que seguramente fueron imaginados por Nicolás, volvió a mostrar que no estábamos solos y que la música que escuchábamos provenía de una orquesta de cámara presente en el lugar. Así siguieron desfilando los platos, un lomo de ternera relleno de leberbush, acompañado de papines andinos. El plato de quesos anticipó la llegada del postre, una torta de manzanas y mango.
Los vinos que acompañaron fueron el Terrazas Reserva Chardonnay 2010; el Single Vineyard Malbec 2008; el Single Vineyard Cabernet Sauvignon 2007; y el Afincado Tardío Petit Manseng 2008, cerró la noche.
<b> Conclusión </b>
La gira no terminó allí. Hubo visita a los viñedos con sus hojas otoñales, si bien no pudimos cosechar como hubieran deseado nuestros anfitriones, y el premio a nuestro estoicismo de escuchar atentamente la charla de los expertos al pie de los surcos, fue beber un vino caliente frente a una hoguera que hacía la experiencia más llevadera. Siguió una selección manual de uvas antes de que fueran molidas, con una interesante prueba de los mostos recién cosechados, compartiendo con los enólogos la experiencia de ese momento crítico de imaginar su futuro. Mi paladar, junto con algunos murmullos que escuché entre las plantas, me anticiparon que esta cosecha 2012 dará que hablar. Solo me resta desear estar dentro de 20 años probando esos vinos, con instrumentos de cuerda amenizando la experiencia. ¿Será así?
<b> Miscelánea francesa. </b>
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