Después de conocer su local, nos dirigimos a la casa que Mark y Louella Tuckey comparten con sus dos hijas. Y que se parece mucho al sueño de una vida de libertad
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Con el picnic a bordo comprado en Avalon (la siguiente cuenta en el rosario de las Northern Beaches), Louella pone rumbo a Clareville para ir a su casa, a cinco minutos. Salimos de la ruta que bordea la playa y nos internamos en un camino vecinal que se oscurece con los árboles, pero nos deja pescar el destello del mar en sus tantas curvas. Seguimos bajando hasta el "garaje" de los Tuckey: un lote de tierra y arena que los fines de semana usarán, al margen de los vecinos, los pocos alertas que conozcan el sendero a esta playa de cuento que bordea una larga hilera de casas discretas, bajas y con tupidos jardines al frente.
"Este es un lugar genial para que crezcan las chicas. Quise que tuvieran la misma infancia de naturaleza que yo", dice Tuckey.
Durante los años en que los Tuckey vivieron en Melbourne –donde se conocieron–, no sólo empezaron a transformar la marca de muebles creada por él, sino que también nacieron sus hijas: Chilli e Indigo. Y los chicos, se sabe, cambian desde nuestros horarios hasta nuestro modo de mirar el mundo, y eso vale para todos los pasaportes. Así es como, un día en que vinieron a visitar a la familia de él, se miraron de repente y se dijeron: "¿¡Qué hacemos allá!?" En seis meses levantaron campamento, se mudaron y abrieron su segundo local en Newport. "Este es un lugar genial para que crezcan las chicas. Quise que tuvieran la misma infancia de naturaleza que yo", dice Tuckey.
Empieza la producción y Louella sube a seguir con sus llamados; pero antes, pone buena música y nos sirve té, algo que a su ser inglés le dice que tenemos todo para sentirnos a gusto. Cada tanto aparece –no para espiar, sino porque se nota que piensa mejor mientras camina–, pregunta si está todo bien, se presta sin caprichos para la foto y, mientras se sirve otro té, nos muestra a las cacatúas que la visitan cotidianamente en su jardín trasero para que les dé pan en el pico. Y se ríe, encantada de que alguien lo presencie y maravillada de que vuelva a ocurrir todos los días.
Enviadas especiales: Mariana Kratochwil | Inés Marini.
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